Muerte en Toledo 11 #4
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Ahora, ante sí, se perfila el pabellón regio, y frente a él, sentado en un hermoso sitial de alto respaldo cubierto por un dosel de seda azul, está el rey vestido con una cota de armas, es decir, con una túnica de brocado en la que, cuartelados y sobre fondos rojo y blanco, se alternan castillos dorados y leones rampantes y encarnados.

La prenda, de largas mangas ribeteadas de armiño, se ve cubierta en los hombros y la espalda por un manto azul también forrado con finas pieles, mientras que la testa real luce la corona abierta de oro y gemas azules, rojas y verdes engastadas en el sencillo aro del que brotan, simétricamente espaciados, florones agudos.

A su vera, como siempre, están sus oficiales, y entre ellos, destacando como un águila despiadada, el conde de Lara.

Cincuenta pasos más allá, a la derecha, asistido por cuatro escuderos y aguardando sobre su enorme caballo negro, está Carlos de Bayeux, el normando que sirve al de Lara como lobo guardián y de quien se cuentan historias que pocos se atreven a repetir en voz alta.

Carlos de Bayeux aún no se ha puesto el yelmo.

Es un hombre feo, y eso no le importa lo más mínimo.

A él, a Carlos, el Jabalí Furioso, solo le importa poner miedo en el corazón de los demás, pues el miedo siempre le ha abierto paso y le ha entregado todo lo que ha deseado.

Bajo el sol de aquella tierra que no es suya, ofrece la estampa precisa que tendría el terror si se armara como caballero, ya que lleva una doble cota de malla esmaltada de negro y su yelmo está coronado por un penacho de plumas tintas, mientras que la divisa que lucen su escudo y su sobreveste es un jabalí negro.

Colgando de los lomos de su caballo, pueden admirarse sus armas: un formidable espadón de mano y media y una pesada maza con cabeza de hierro esférica salpicada de púas.

Varón grande y brutal, Carlos de Bayeux nació para la guerra y, desde que pudo subirse a un caballo, el combate ha sido su único gozo verdadero.

Mercenario de quien pueda pagarlo, salteador inmisericorde cuando no está a sueldo, caballero errante sin más honor que el de usar como nadie la espada, el hacha y la maza, en su violento vagabundeo terminó, tres años atrás, por llegar a uno de los castillos del señor de Lara y entró allí a su servicio a cambio de crecida paga.

Carlos pelea por eso y por el simple placer de hacerlo, y si ese placer, además, le permite matar, doblemente lo disfruta.

Entonces suenan trompetas y añafiles, y el estruendo de los atabales 4 se les suma para indicar que la hora del duelo se aproxima.

Sentado en su alto sitial, Alfonso X ve a Tello Bermúdez y se admira de la magnífica estampa que ofrece su caballero, y a su lado, su médico judío, Yehuda ben Moshe, vuelve a susurrarle al oído, y luego, con un gesto muy serio en el rostro, le señala en dirección a una nueva comitiva que baja desde el alcázar y entra en escena.

Es la que preside el canónigo Martín Pérez, que, como juez pesquisidor, marcha delante del reo, el maestro al-Ricutí, al que, como ya no pueden sostenerlo las piernas, llevan en volandas dos recios peones.

Mientras que otros seis, empuñando sus armas, los escoltan, y dos más, que caminan delante de todos, les abren paso con la férrea amenaza de sus azconas 5 .

Lo que había sido estruendo y emoción se transforma en odio y violencia.

Todos en Toledo tienen noticia del terrible asesinato del sabio Julián de Ávila y, al ver al moro que los hombres del rey llevan sujeto por los brazos, todos, erigidos en jueces y sin dudar un ápice de la sentencia, lo condenan a fuer de insultos y maldiciones.

Así, maldecido, condenado por el gentío, al-Ricutí, matemático, astrónomo y filósofo, fundador en Murcia de una escuela trilingüe y a quien el rey Alfonso llamó «amigo» e invitó a Toledo, es arrojado a los pies de su soberano, que, alarmado por las heridas que muestra el cuerpo del maestro, lanza una reprobadora mirada al canónigo Martín Pérez.

—Mi señor rey, procedí como vos ordenasteis —se apresura a excusarse recordándole a Alfonso la incómoda verdad—. Y el acusado, tal y como sospechaba, no tardó mucho en confesar su crimen —concluye sin evitar la satisfacción debida a lo que considera un «trabajo bien hecho».

Lógico que confesara: al-Ricutí tiene los hombros horriblemente dislocados y los brazos llenos de hematomas, mientras que sus muñecas y tobillos presentan feas heridas que todavía sangran.

En ese momento, tirado en el suelo, con el rostro desencajado de dolor, el murciano trata de alzar una de las manos en un gesto de súplica, pero es evidente que, con los miembros descoyuntados y los tendones desgarrados por el tormento, no puede hacer ningún movimiento controlado.

—Soy inocente... —logra murmurar.

—¿Inocente? ¡No fue eso lo que confesaste cuando estabas colgado de la viga, con las manos a la espalda y los pesos de hierro sujetos a tus pies! —le espeta el canónigo con tanta furia y encono que se le escapa saliva al escupir las palabras.

Alfonso se siente mal. Sabe que la culpa es suya.

Cree que la ambición le nubló el juicio y ordenó que sometieran a tormento a este hombre que ahora sufre y al que, sin embargo, admira por su sabiduría.

Se siente un sabio lamentable y, con todo y con eso, al-Ricutí, presa de la fiebre, de la agonía más pura, lucha con sus miembros dislocados para obligarlos a entregarle una petición de perdón, de auxilio, de piedad.

—¿Mi señor rey? —Quien de nuevo reclama su atención para sacarlo de su abstraído y reprobador ensimismamiento es Yehuda ben Moshe.

Alfonso no se gira hacia el médico, sino que aguarda a que el anciano judío le susurre lo que tenga a bien al oído—.

No os castiguéis en exceso, majestad. Un rey toma decisiones, y eso siempre entraña el riesgo de equivocarse.

Ahora lo que importa es que el duelo judicial que os exigió Tello Bermúdez os permitirá salir del entuerto y restablecer en su inocencia y puesto al maestro al-Ricutí.

Alfonso no se siente mejor por oír eso. De hecho, mientras Yehuda se lo decía, no podía quitar los ojos del sufriente maestro andalusí, y la amargura de tal visión, la muda acusación que implica, le llena el paladar de hiel y casi lo mueve a un ataque de histeria que lo obliga a reprimir una enloquecida carcajada.

¿Restablecer en su puesto al maestro al-Ricutí?

Puede, pero lo que quizá ya no pueda devolverle es el uso de unas torturadas manos que ahora, de nuevo, pugnan por elevarse hacia él en un patético ademán de súplica.

—¿Estáis bien, mi señor rey?

Quien ahora le habla es el canónigo, y Alfonso tiene ganas de gritarle que no, que no se encuentra bien y que se encontraría mejor si pudiera pedir su espada para decapitarlo con ella allí mismo, delante de todo Toledo.

Pero eso sería otra injusticia, pues Martín Pérez solo ha hecho lo que él, su rey, le ordenó, cegado por la ambición y el brillo de una montaña de plata que quizá se esconda tras los enigmas que plantea un libro maldito.

Alfonso no responde al canónigo y, mientras calla, Yehuda vuelve a susurrarle al oído cosas que ni siquiera escucha, pues no oye nada, no huele nada, solo ve, y eso que ve es un hombre roto por su culpa.

«Quizá —se sincera consigo mismo en el silencio de su corazón—, quizá me he engañado durante demasiado tiempo y, en verdad, también esto, ser injusto, sea gobernar».

Pero todo está dispuesto. El juicio de Dios ha sido invocado y será él, Dios, quien decida lo que es justicia y lo que es iniquidad.

Pues ahora, allí sentado, bajo el sol de invierno, rodeado de su pueblo, Alfonso tiene de súbito la profunda convicción de que aquel duelo no solo se librará por la vida de un sabio acusado de asesinato y por el honor de una dama, sino por su propia soberanía, que Dios sancionará o condenará, en función de si su caballero, Tello Bermúdez, es bendecido con la victoria o castigado con la derrota.

Con ese pensamiento, sin responder al atribulado canónigo Martín Pérez, ni atender a lo que en ese momento le dicen su consejero, el conde de Lara, y los demás nobles y oficiales que lo rodean, Alfonso se pone en pie y alza la mano para que, de una vez, todo dé comienzo y Dios decida.

Tello ha visto al rey alzar el brazo. Su soberano tiene el gesto demudado y una sombra parece atenazarlo.

No sabe qué le pasa a Alfonso, pero tampoco es momento de averiguarlo, sino de obedecer el regio requerimiento.

Presionando los costados de Granizo con las rodillas, Tello conduce a su bestia de batalla hasta llegar a veinte pasos del altar que se ha erigido en una esquina de la rústica palestra.

Allí, bajo un dosel de rico paño, aguarda el arzobispo Sancho de Castilla con una gran Biblia dispuesta sobre la sagrada mesa que acaba de bendecir.

Tello desmonta y otro tanto hace el gigantesco Carlos de Bayeux.

Los dos llevan el yelmo bajo el brazo, y el sol que sueña mediodía los baña con su luz sin reserva, mientras caminan hasta ponerse frente al episcopal hermano del rey, que, con la mitra y el báculo, los recibe con gesto serio y ojos repletos de emoción.

Por muy obispo que sea, en el fondo no deja de ser un joven de veintitantos años al que la promesa de un duelo entre afamados caballeros hace hervir la sangre.

—¡Vos, Tello Bermúdez, caballero del rey Alfonso, vos sois el retador!

¿No es cierto? —pregunta el arzobispo, y Tello, con voz que le suena ronca, se lo confirma—.

¡Poned pues vuestra mano diestra sobre las Sagradas Escrituras y jurad que vuestra causa es justa!

—ordena a Tello, quien coloca sobre el evangelio de San Juan la pesada mano enguantada en cuero y acero, y fija sus ojos en los del arzobispo.