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Tello Bermúdez ha vivido mucho. Batallas en las que la tierra temblaba bajo el peso de los caballos de guerra y en las que el aire se condensaba en torno a él en forma de negras saetas, codiciosas lanzas y crueles espadas.
Combates y duelos dadores de gloria y terrores; aventuras sin cuento en los reinos de los moros y en Occitania, Francia e Italia...
Y también ha sabido de la pobreza, del hambre y del frío, y, por el contrario, ha disfrutado de festines y alegrías, dormido en palacios y galanteado a hermosas damas en días de fiesta repletos de cantos de trovadores y danzas cortesanas.
Ha vivido mucho, pero nunca había sostenido un duelo que estableciera el juicio de Dios.
Y tiene miedo. Y por Santiago Apóstol, no se lo tiene al campeón del conde de Lara, sino a Dios.
No lo estará tentando, se dice a sí mismo una y otra vez.
No estoy poniendo a prueba a Dios, sino a mi valor, y, si lo hago, es por una causa justa.
Está persuadido de que la vida de un hombre inocente y el honor de una dama que además es su hermana bien merecen que libre combate.
Y por eso está allí, en la sala de su modesta casa, tratando de sujetar sus miedos mientras se reviste de metal para librar una solitaria batalla que puede ser la última.
Lo primero que le colocan a Tello su escudero, Ramiro López, y su sobrino, Alvar, son las solleras, esto es, los zapatos de cuero cubiertos de malla de hierro.
A continuación, su escudero le sujeta a las piernas las brafoneras hechas de cota de malla y, sobre ellas, dispone a continuación las grebas que protegerán las espinillas.
Después, entre su sobrino y su escudero, le ponen el aparatoso gambesón de fieltro acolchado que salvaguardará su piel del roce de las anillas de metal de la cota de malla, y, de inmediato, Ramiro le ajusta el collar de cuero que hará lo propio con su cuello.
Detrás de ellos, Isabel y Sancha ya no lloran, sino que, tomando ramitas de romero, las pasan por la llama de una vela, las encomiendan a Santiago Apóstol y se las remeten a Tello entre el collar de cuero y la piel de la garganta, tal y como exige la arcana costumbre que considera aquello signo propicio que atraerá sobre el caballero la protección del santo.
Mientras así proceden, Isabel besa a su hermano, y Sancha, encendidas las mejillas, solo logra dedicarle una sonrisa desmañada y una mirada brillante de lágrimas.
Las mujeres dan un paso atrás y llega entonces el momento en que Ramiro y Alvar envuelven a Tello con un coleto o camisa corta de cota de malla y, a continuación, el muchacho y el escudero suman fuerzas para colocarle encima la pesada cota de malla que, con sus setenta y seis libras 2 de miles de apretados anillos de hierro lombardo de primera calidad, constituye una armadura perfecta.
La cota de malla de Tello, confeccionada en Milán, es su orgullo, y pocas la igualan en Castilla.
Cuenta con almófar o capucha de cota de malla, es de largas mangas y su faldón llega hasta debajo de las rodillas.
Hecho esto, su sobrino le coloca un bonete de cuero acolchado en la cabeza antes de ponerle el almófar y sujetárselo a la barbilla con unas correas de fino cuero.
A continuación, Ramiro le sitúa la loriga o coraza de placas de Alemania, forjada en Augsburgo en lámina de hierro y que allí, en Espanna, es novedad que muy pocos pueden pagar y que él posee gracias al soberbio premio que obtuvo en el torneo de Pisa.
Y tras esto, su escudero y Alvar le sujetan al cuello el gorjal de hierro que le protegerá la garganta, para continuar luego con las hombreras de barba de ballena, cuero y metal, con los avambrazos, con las roderas y con los guanteletes, piezas de armadura que guardarán sus brazos, codos y manos.
Ahora es un hombre de hierro. Desde el hogar, la lumbre juega a sacar chispas de las piezas de su armadura y, acompañado de esos fulgores, Ramiro le pone el gran yelmo chapado en plata, el cual, coronado con la argéntea figura de un oso feroz, solo deja los ojos de Tello al descubierto.
Al fin, cubren el hierro con una nueva sobreveste de seda roja bordada, meses atrás, por Isabel y Sancha con hilos de oro y plata, y que debía haber estrenado en un día de gran celebración, pero que ahora lucirá en uno en que se jugará la vida.
La prenda, brillante, muestra las armas de Tello: un dorado oso rugiente flanqueado por bermejas cruces patadas.
Entonces, para completar su gloria guerrera, Tello se deja ceñir un pesado cinturón de cuero cordobés tachonado de plata del que pende una vaina de idéntica factura en la que se aloja su gran espada, la misma que siempre ha llevado a la batalla y que antes de él empuñara su padre.
Luego, con solemnidad emocionada, Tello se santigua y abraza a su hermana y dedica una mirada y una inclinación de cabeza a Sancha, quien, llevándose las morenas manos a la cara, se vuelve porque no puede soportar seguir mirándolo.
Sale al patio bajo la luz de un sol que pide cénit y que lo envuelve en centellas de acero.
Allí le tienen ya dispuesto su enorme destrero, su bravo Granizo.
El soberbio caballo de guerra está también aparejado para la batalla, lleva en la equina cabeza una testera de barba de ballena y cuero, reforzada con placas de metal, y porta sobre el ancho pecho un petral de cuero endurecido y recubierto con cota de malla, mientras que en los flancos y en la grupa va protegido por las flanqueras y la grupera, confeccionadas ambas en fieltro acolchado y adornadas con sedas tejidas en la mora Granada en las que van bordadas también el oso dorado y rugiente, y las cruces encarnadas.
Todo ello le da al gran caballo de batalla el aspecto de un monstruo salido de las canciones de gesta.
Por lo demás, el noble animal lleva sobre el fuerte lomo una rica silla de montar italiana de cuero acolchado salpicado con plata.
Para subir a ella, Tello se agarra al alto arzón de la silla y, con el auxilio de su escudero y su sobrino, logra encaramarse a su destrero.
La silla es de alto arzón, dotada de perillas de una de las cuales pende su arma auxiliar: una maza de hierro.
Encajado en aquel sitial, con los pies bien asentados en los largos estribos, Tello es ahora centauro reencarnado.
Debajo, Granizo, que parece ventear el combate, relincha con fuerza y caracolea, lo que obliga a su caballero a sujetarlo firmemente de las riendas.
Calmado el noble bruto, Tello puede soltar las bridas y extender el brazo izquierdo para que Ramiro le sujete el escudo.
Se trata de un excelente pavés de tablazón de madera de tilo envuelta en cuero encolado y encerado, que muestra el áureo oso rugiente y las cruces rojas.
Dos correas de cuero lo sujetan al brazo y una tercera, más larga, le pasa por el cuello para repartir mejor el peso.
Se aproxima el momento de partir. Tello pide su lanza y Alvar se la entrega con los ojos echando chispas de orgullo por su tío.
La lanza larga que posee Tello es magnífica: la pértiga o asta es de madera de cornejo, y la punta, de buen acero de Toledo.
El arma mide sus buenas cinco varas castellanas 3 y, en su último tercio, dispone de un gocete o disco de madera que impedirá que, al impactar contra el contrario, la lanza se le escape al caballero.
En fin, un gallardete con los colores de los Bermúdez de Toledo adorna el arma, cuya pértiga va pintada con espirales rojas y doradas.
—¡Por Santiago! —grita Tello sintiendo en su pecho que todo lo que podía hacerse ya ha sido hecho para que pueda enfrentar la gran prueba.
Se encomienda de nuevo al santo que tantas veces ha invocado en batalla, obliga a girar a su caballo con la presión de las rodillas y lo encamina hacia el lugar dispuesto en la ciudad para el duelo.
Tras él y de inmediato, montadas sobre dos mulas ensilladas con presteza por las gentes de la casa, lo siguen Isabel y Sancha, y, escoltándolas, Ramiro López y Alvar sobre sus caballos de silla.
Es un trayecto corto, pues la hacienda de Tello no está ni a tres mil pasos de las puertas de Toledo y, ante ellas, en el llano de la Vega Baja, con el alcázar y la ciudad alzándose sobre todos como halcón de presa, se apiña una muchedumbre clamorosa que los escolta con sus gritos de entusiasmo.
Pues las gentes de Toledo, emocionadas por el espectáculo que se les va a brindar, se han reunido en gran número sin atender a su origen ni condición.
Aquí y allá, en la Vega Baja, se ve todavía algún viejo muro romano.
Y es que, aunque ya nadie lo recuerda, allí estuvo la espina del circo y se alzaron sus gradas.
Ahora todo eso es pasado, y entre las huertas y el prado se han levantado pabellones y un palenque, y la improvisada palestra parece arder en gozosas llamaradas de pendones y gallardetes.
Tello agradece que sea un día frío, ya que bajo tanta rica tela, hierro y cuero se siente como si estuviera metido en un horno y, a través del pesado yelmo, el rugido de la multitud es como un canto lejano y sin brío.