Muerte en Toledo 11 #2
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11 #2

—En esta misma sala, el canónigo Martín Pérez nos desveló a todos las contundentes pruebas que halló contra el maestro al-Ricutí.

Tuve la ocasión de conocer al desdichado maestro Julián de Ávila y su terrible muerte me sobrecogió.

Ningún hombre merece tal suerte, y me horroriza que el culpable, pues no me queda duda alguna de que el moro malvado fue el responsable de tan cruel asesinato, pueda ahora librarse de su justa condena por mor de la destreza guerrera de este caballero.

No es justo, mi señor rey, y por eso invoco mi derecho de presentar un paladín que pueda defender la justicia que aquí, torcidamente, se trata de esquivar.

—¿Torcidamente? —brama Tello Bermúdez, y sus grandes ojos castaños, tan serenos, son ahora tempestad.

—¡Defendéis la causa del moro porque es el amante de vuestra hermana!

—escupe el señor de la casa de Lara, y Tello, fuera de sí ante el nuevo e insufrible insulto, se abalanza hacia él, y si los guardias del rey no hubieran sido rápidos en sujetarlo, la sangre se habría derramado a los pies del soberano de Castilla.

—¡Calmaos los dos, os digo! ¿Es esto una taberna o la corte de vuestro rey? ¡No consentiré que se pronuncien aquí más ofensas! —ruge Alfonso, y nadie osa contradecirlo.

Impuesto el silencio, Alfonso lanza una furibunda mirada que recorre la sala y que se detiene, ardiente, primero, en el conde y, luego, en Tello Bermúdez. Ya se sabe que el rey no es hombre que admita que se le rete.

—Duras palabras han sido aquí pronunciadas.

Me apena que dos hombres tan nobles, a mi servicio y a los que en tan gran estima tengo, estén entre sí tan mal avenidos.

Pero el juicio de Dios ha sido invocado, y será Él, suprema justicia, quien establezca la verdad del crimen que hay que esclarecer y de las ofensas que han sido lanzadas en público.

Tello Bermúdez combatirá por la inocencia de su amigo, el maestro al-Ricutí, y sus armas defenderán también la virtud de su hermana.

Si Dios le da victoria, el maestro al-Ricutí será liberado y el conde de Lara tendrá que disculparse por ofender el honor de la dama y pagar crecida reparación por ello.

Pero si Tello Bermúdez es vencido, establecida quedará la culpabilidad de su amigo y sancionado el deshonor de su hermana.

Entonces, al-Ricutí será sentenciado a muerte por el asesinato de Julián de Ávila y doña Isabel Bermúdez será señalada por la infamia de la impudicia. Así digo y así será cumplido.

Las palabras del rey son justas, sin duda, pero también son como pedernal recién tallado: afiladas, peligrosas, ominosas, como espada de Damocles aguardando destino que casi puede tocarse en el odio que dos hombres, el conde de Lara y el caballero Tello Bermúdez, se intercambian con la mirada.

—¿A quién elegís como paladín, señor conde de Lara? —pregunta el rey.

—A Carlos de Bayeux. —Y con eso el conde lo ha dicho todo, dado que Carlos de Bayeux, mercenario normando a su servicio, es la muerte revestida de hierro.

La gran sala queda vacía. Y el día se transforma en noche, y esta, que no puede detener la luz, se aparta ante una nueva mañana que hiere el oriente con rosados y cobres que parecen promesa de batalla y sangre.

Y en los campos de Toledo, las alondras vuelan en espiral hacia el último azul profundo, antes de que el sol en esplendor se apodere por completo del mundo y encienda los campos de tierra roja sacando resplandores de estaño de las hojas quietas de los olivos y brasas avivadas de los pastos helados que se cobijan bajo las encinas.

A las afueras de la ciudad, en la puerta de su casa, enmarcados de frío y escarcha, dos hermanos se abrazan como si su cariño pudiera detener lo que ya ha sido escrito por el ángel al que Dios encargó anotar la suerte de los hombres en el libro del destino.

—¡Te suplico que no te sometas a la ordalía del combate!

Eso ha gritado Isabel mientras llora abrazada a Tello y aparta un poco su hermoso pero demacrado rostro, y le vuelve a pedir que se desdiga de su empeño en librar duelo judicial para demostrar la inocencia de al-Ricutí.

De paso, y por mor de la ofensa del conde de Lara, su honor como dama.

Están solos, bajo el fresno que crece junto al pozo que da agua fresca a su casa.

Un poco más allá, bañada de sol y de inquietud, se puede ver a Sancha fingiendo que se afana en tareas en vez de llorar desconsolada.

La muchacha, de grandes ojos oscuros y piel de bronce, se esfuerza por no hacer lo que el corazón le pide: abrazar a Tello y rogarle que no arriesgue la vida en el duelo que, en breve tiempo, entablará en Toledo.

No lo hace porque ella es solo una simple sirvienta que, desde niña, ha servido a su señora, la bondadosa Isabel, y amado en silencio a su hermano.

Tello no responde a su hermana. No puede aportarle nada, pues todo está dicho.

Isabel es inteligente como pocos pueden serlo y, por eso, en el fondo, sabe que su hermano no puede desdecirse, pues eso supondría que al-Ricutí quedaría un paso más cerca, si cabe, de la condena a muerte.

Amén de que quedaría dañado para siempre el honor de caballero de Tello y, peor aún, también quedaría en entredicho el de ella, Isabel.

La mañana, una vez consolidada, es espléndida.

Sol dorado que parece haberse engalanado para asistir al duelo y una brisa helada que dispersa las escasas nubes blancas que empañan el azul que sobre ellos impera.

A veinte pasos, serio, aguarda sus órdenes su escudero, el bueno de Ramiro López.

A lo lejos, sobre su roca, el alcázar guarda Toledo, y a sus pies, el Tajo lo ciñe de plata.

Parece inverosímil que en un día así dos hombres luchen a muerte, pero claro que es posible. Los días, por hermosos que sean, no se oponen a la muerte, ni a la locura que habita en la roja sangre.

En Toledo, en la Vega Baja, al pie de la peña desde donde la ciudad y el alcázar se asoman al Tajo, allí donde mil años atrás los romanos vibraban con las carreras de cuadrigas, se levantan improvisados pabellones y gradas para que el rey, sus nobles y el pueblo puedan asistir al juicio de Dios que en apenas dos horas hará retumbar el hierro forjado en las armas de dos caballeros que se batirán sin tregua hasta que resplandezca la verdad o se tiña de sangre.

Y mientras todo se dispone, en el palacio que ocupa el señor de la casa de Lara, una mujer que fue su niña siente que se le desgarra el alma.

—¡No podéis hacer esto! —grita Juana.

La bofetada que le impone silencio le echa la cara hacia atrás con violencia. Se la ha dado su padre, el conde de Lara, que ahora la sujeta para que no se caiga, y la fulmina con la mirada.

—¿Te atreves a interceder por ese perro?

¿Crees que no sé que tu virtud fue mancillada por ese rufián?

¡Por Dios y por la Virgen, a quienes pongo por testigos, he ordenado a Carlos de Bayeux que le arranque el corazón para poder arrojárselo a los perros!

¡Pagará con sangre y con el deshonor de su hermana la ofensa que en tu doncellez me hizo!

¡Eres una zorra y yo un necio por seguir queriéndote!

¡Debería revelarle al señor de los Cameros que le entrego como futura esposa a una puta y no a una virgen!

La deja allí, con los labios partidos y sin poder hacer más que llorar. Sintiéndose sucia, impotente, maldita por provocarle este dolor a su padre y también por haber tenido que hacerle tanto daño al único hombre al que puede amar: Tello...

—Siempre te amaré —susurra con la voz quebrada—. Siempre... —pronuncia muy despacio, entre sollozos.

Pero siempre es una palabra que te impone un precio muy alto, y en su corazón de mujer ella lo está pagando.

Mientras llora, en su cabeza, una y otra vez, se repiten los insultos.

Sí, es una puta. Eso la ha llamado su propio padre, pero una puta que ama con toda su alma a un hombre que ha sido condenado a muerte.

Juana conoce a Carlos de Bayeux y sabe que el gigante normando es el verdugo implacable de cuantos se atreven a enfrentarlo.

Imagina la muerte de Tello y una punzada le golpea las sienes como si se las alcanzara una lanzada.

La fría mañana la hace temblar. ¿O es la muerte que también viene a buscarla a ella?

Sí, mejor así, ya que la vida los ha separado, que los una la muerte.

Sin dejar de llorar, sin que pueda cesar de temblar, loca de miedo y sufrimiento, corre en busca de su arpa y de algo más que se mezcle con su dolor, con su música y con sus lágrimas.

Así ha llegado la hora de Tello. En su casa, en un silencio denso, mientras Isabel y Sancha lloran abrazadas, el caballero se reviste con sus armas.

Es más que eso, es una ceremonia, un ritual sagrado que precede al combate y que, asistiéndolo, también ejecutan su escudero, Ramiro, y su sobrino, Alvar, que, en este día de juicio, también ha entrado a su servicio para iniciar el que, Dios así lo quiera, será su largo camino de futuro caballero.