Muerte en Toledo 11
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—Mi señor rey, es grande mi dicha, pues habéis consentido en recibirme.

—Sois fiel servidor, buen caballero, y no he tenido ocasión de recompensar como deben ser vuestras hazañas en Italia —se excusa Alfonso, que observa ahora que, además de descolorida, la sobreveste de seda que viste su caballero tiene algún que otro discreto remiendo—.

Pero, mirad, la generosidad que se hace esperar suele ser la más cumplida, y ahora mismo ordenaré que se os haga un presente digno de vuestro arrojo y de tantos años de esforzados combates peleando bajo mi estandarte.

Salta a la vista que nos estamos haciendo viejos, buen caballero, y ya no somos los jóvenes que militaron juntos bajo las murallas de Murcia, y la madurez exige de los hombres que salden sus cuentas pendientes, y la mía con vos es grande.

Es una gran merced la que se acaba de hacer a Tello: que el rey reconozca ante toda la corte, con tantas y tan hermosas palabras, sus casi veinte años de servicios, y ello, sumado a la promesa de una inmediata recompensa, debería bastar para satisfacer a cualquier caballero.

Pero no a Tello. Ahora, al contrario que hace tan solo unos días, no desea recibir de su rey una recompensa en tierras, sino el favor de la justicia.

Así son las cosas de este mundo: suspiras durante años por algo y, de repente, cuando lo tienes a mano, deja de ser tan importante para ceder su sitio a otra cosa que, hasta ayer por la tarde, ni siquiera habías pensado.

—Vuestra generosidad me turba, mi señor rey, y no es merecida. Mi espada y mi lanza están a vuestro servicio, y mi juramento de fidelidad es inquebrantable, pues con plata y tierras o sin ellas os he de servir hasta el final de mis días, y ello porque sois mi rey y porque os admiro y amo.

Ante esas nobles palabras, los cortesanos y oficiales que flanquean el trono asienten satisfechos y murmuran entre ellos.

Es lo debido y lo que se espera de un caballero del rey, y eso, lo debido y lo esperado, siempre son de general agrado.

Alfonso X también está complacido. Levanta la mano derecha y llama al escribano de cámara para que acuda con sus tablillas enceradas y su estilete a tomar nota de lo que va a disponer.

Luego, ese mismo escribano redactará un documento en papel de minuta y este último, una vez revisado por el notario de la cancillería, será copiado en buen pergamino y sellado por el rey para que se cumpla lo dispuesto y quede constancia de ello.

—Yo, Alfonso X, por la gracia de Dios rey de Castilla, de León, Toledo, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia y Jaén, señor de Baeza y Almería y de toda la tierra de Cádiz y de los Algarbes, rey de los romanos y emperador electo, ordeno que le sean cedidas a mi caballero, don Tello Bermúdez, las tierras que...

Y sigue hablando, diciendo aquello que durante tantos años Tello mucho ansió escuchar: las palabras que ordenan que se le entreguen tierras y privilegios que harían de él un rico caballero y que le permitirían que Isabel y su sobrino tuviesen una vida desahogada.

El rey habla y sus palabras son la justa retribución por tantos años de batallas, de penalidades, de heridas, de miedos vencidos, de fatigas sin cuento...

Eso ansiaba escuchar, eso deseaba obtener, y ahora todo quedará en nada.

—Mi señor rey, no es tierra ni privilegio alguno el que deseo recibir de vos en pago de mis servicios y hazañas, sino tan solo una gracia que nada os costará y que librará a vuestro reino de una tremenda injusticia.

Ya está dicho. Tello acaba de renunciar a todo.

Su semblante, serio, firme, enfrenta a su soberano, que, desconcertado, no sabe si sentirse o no indignado.

Quienes no tienen duda de cómo han de sentirse son los nobles y oficiales del rey que asisten a tan singular escena: aquello de que el monarca, después de dar, vea rechazado su regio presente es tan inaudito, tan falto de cortesía, que lo que un momento antes fueron murmullos de aprobación y rostros satisfechos se torna muro de reconvención y rechazo.

Pero Tello se siente bien. Es extraño, pero está en paz consigo mismo.

Ha hecho lo que deseaba hacer, y ese deseo era lo que le imponía su honor de caballero, la amistad que siente por al-Ricutí y el amor que profesa a su hermana.

Por todo ello, aunque en torno a él los hombres critican su osadía y su falta de gratitud, en su interior palpita esa extraña fortaleza con la que uno se dota a sí mismo cuando actúa conforme a aquello en lo que cree: «Lo correcto, Tello, es más fuerte que el acero».

Le solía decir su padre cuando era niño, y, en efecto, así es.

Aguarda en paz lo que el rey disponga, su asentimiento o su rechazo airado.

Tello entretiene la mirada mientras contempla la gloria de aquella gran sala de techos de madera finamente dorada en la que se han tallado estrellas y flores de ocho puntas y cuyas paredes de piedra estucada aparecen engalanadas con pinturas al temple que, en oro y azul intenso, dibujan figuras geométricas que juegan con las pintadas armas del rey, y, entre ellas, aquí y allá, colgando como sueños, se ven ricos tapices con las historias de los antiguos héroes bordadas con mano diestra y vivos colores.

Y mientras Tello aguarda, Alfonso reprime el desagrado que la respuesta de su caballero le ha provocado.

¿Cómo se puede ser tan desagradecido? Pero este que tiene delante, después de todo, es uno de sus mejores hombres de guerra y le debe un poco de paciencia y comprensión.

—¿Injusticia decís? Hablad, pues, caballero, y, si está en mi mano daros satisfacción, la tendréis.

Tello casi suspira de alivio al escuchar aquello.

Después de todo, parece que tendrá una oportunidad.

Manteniendo el control, medita un instante lo que va a decir y, mientras lo hace, atraídos por el revuelo, más nobles y oficiales del rey entran en la gran sala para no perderse lo que allí acontece.

—Mi señor rey, invoco mi derecho como caballero a entablar un duelo judicial.

Alfonso se remueve en su trono. No es amigo de tales costumbres y, aunque en su reino los duelos judiciales se practican en muchas ciudades, su voluntad es que vayan siendo relegados al olvido.

Son los suyos, los tiempos de Alfonso, tiempos nuevos, y en ellos deben regir las leyes que emanan de la razón y no las maneras de antaño asentadas sobre la fuerza de la espada.

Pero se ha comprometido con Tello Bermúdez y, a regañadientes, se dispone a darle satisfacción.

—Si es eso lo que queréis, os lo concederé. No es cosa que yo considere oportuna para establecer la verdad, pero, aun así, justo es concluir que la costumbre os asiste. Decidme, ¿por quién o por qué pretendéis combatir?

Aquel es el momento supremo, y Tello lo sabe: ganará o perderá con las palabras que se dispone a pronunciar.

Envolviéndolo, siente la tensión que reina en la gran sala y que parece amalgamarse con la luz perezosa que se filtra por las vidrieras que cierran las grandes ventanas.

Sujetando los nervios, tomando aire, mirando a su rey, Tello responde.

—Combatiré por la inocencia del maestro al-Ricutí.

Eso no se lo esperaba Alfonso, y la sorpresa que le produce es tan manifiesta que Tello se apresura a explicarse.

—Es hombre piadoso y bueno, y ha sido acusado de forma injusta. Por añadidura, es amigo mío y, como médico diestro que es, ha visitado a mi hermana para tratar de sanarla del mal que la aflige. Estoy en deuda con él y mi honor de caballero me exige defenderlo.

Eso ha dicho Tello Bermúdez, y Alfonso, en otras circunstancias, no le negaría lo que pide. Pero ahora al-Ricutí está en las mazmorras del alcázar siendo interrogado por el canónigo Martín Pérez, y de ese interrogatorio puede depender que sus sueños de ser emperador coronado se hagan o no realidad.

—No puedo daros esa satisfacción... —comienza a decir el rey, pero Yehuda ben Moshe, su médico judío, se le aproxima presto y le susurra algo al oído.

Sí, algo que detiene la lengua del rey y que arquea sus cejas en un gesto que parece indicar que no era consciente de un importante detalle.

—Os debo mucho, Tello Bermúdez —retoma el rey, tratando de que no se le note que se corrige a sí mismo, con un tono que comienza siendo vacilante, pero que cobra seguridad—.

Y os concedo ese duelo judicial que tanto deseáis.

Que sea, pues, Dios, mediante la ordalía del combate, quien establezca la inocencia o culpabilidad del maestro al-Ricutí.

La sentencia del rey levanta nuevos murmullos de aprobación, pues la corte es amiga de novedades y hace muchos años que no se ha visto en Toledo una ordalía por combate. Esta, además, será digna de cantares de gesta, pues la va a entablar el más diestro caballero de Castilla.

Sin embargo, no todos están satisfechos por la estimulante novedad. Allí, con ceño fruncido, también se encuentra el conde Nuño González de Lara, y, en su corazón, el odio que siente por Tello tiene un nuevo motivo para tornarse fuego oscuro.

—¿Puedo hablar, mi señor rey?

La pregunta del señor de la casa de Lara impone silencio en la gran sala.

El rey, tan sorprendido como el resto, se gira para mirar a su consejero y, al ver su duro semblante y la intensa mirada que dirige a Tello Bermúdez, se percata de que, por alguna razón que se le escapa, don Nuño odia al caballero.

Girándose entonces de nuevo, contempla cómo Tello no esquiva el ocular golpe del conde, sino que lo enfrenta con determinación. ¿Qué hay entre estos dos?

—Hablad, conde —concede para saberlo.