Muerte en Toledo 10 #2
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En cualquier caso, Nuño González de Lara quiere saber más y, por largo rato, continúa tratando de conseguir que la luz rasante le revele más letras, más palabras condenadas a ser ocultadas por el traicionero traductor y copista.

Y su perseverancia, sumada a la luz de la mañana, le entrega algo más: lo que parece ser el dibujo de una lechuza.

A continuación, logra leer una cifra: 380, y luego, una palabra que, de nuevo, parece griega: kaikías , y, tras ella, al final de la línea, un nuevo dibujo que apenas sí puede reconocer pero que parece ser una suerte de serpiente monstruosa con cabeza humana dotada de revueltos cabellos, amén de con un rostro feroz colmado con siete ojos y siete bocas.

Y en la siguiente línea..., no puede asegurarlo, pero parecen estrellas, ángulos, cifras...

¿Quién puede saberlo?, pues el texto subyacente está demasiado dañado y oculto por las letras que fueron escritas encima.

Eso es todo y, aunque nada puede sacar en claro de todo ello, llega a la conclusión de que el libro original, el viejo códice griego que el muy necio de Samuel de Madrid vendió a Julián de Ávila y que ahora, gracias al asno de Martín Pérez, está en manos del rey, solo puede ser descifrado por alguien que sea maestro en astronomía, en matemáticas y, además y ante todo, buen conocedor de la vida y obra de Aristóteles.

Pocos hombres hay en el mundo con semejantes saberes, pero algunos de ellos viven en Toledo, y uno, quizá el que más sabe de todas esas disciplinas, está en las mazmorras del rey Alfonso: el maestro al-Ricutí.

—Si consigo el libro, moro, te liberaré y te obligaré a entrar a mi servicio para que descifres sus secretos para mí.

Pero si no puedo hacerme con la obra griega, me aseguraré de que seas condenado y mueras.

Es harto probable que sin ti Alfonso no pueda encontrar las claves que lo conduzcan a ese maldito tesoro —susurra, reflexionando para sí, como lo haría una serpiente si los ofidios pudieran hacer tal cosa.

Y entonces se da cuenta de la suprema ironía y estalla en una carcajada que alerta a los criados que laboran en otras estancias de la gran casa y que detiene los ágiles dedos de su hija Juana sobre las cuerdas de su triste arpa: el juez pesquisidor que someterá a tormento a al-Ricutí, el que escuchará antes que nadie su confesión, el que influirá más que nadie en el rey sobre si debe o no condenarlo a muerte, es el canónigo Martín Pérez, y ahora, tras colmarlo con oro y miedo, es su hombre y no el del rey.

En ese momento, en una oscura mazmorra del Alcázar de Toledo, al-Ricutí llora en silencio mientras trata de acomodar, de la mejor manera posible, las cadenas que lo sujetan a las argollas ancladas a la pared.

Tiene ya en carne viva las muñecas y los tobillos, pero no es eso lo que convoca sus lágrimas, sino el pesar que le embarga: terminar así, acusado de asesinato, sepultado en vida en la oscuridad y sin posibilidad alguna de volver a ver a Isabel.

Verla... El corazón del hombre, al contrario que los astros del cielo y las fuerzas que gobiernan la tierra, nunca ha podido ser descifrado.

¿Cómo se enamoró de Isabel? No lo sabe. Pero sí sabe que la ha perdido para siempre.

Tampoco la había tenido alguna vez y sabía que no la tendría nunca...

, pues ella es cristiana y de noble cuna por añadidura, y él, un musulmán hijo de un zapatero, y ningún caballero castellano, aunque ese caballero fuera el gentil Tello Bermúdez, consentiría en entregar a su hermana a un moro sin linaje.

Mas no le importaba, pues le bastaba con verla, con conversar con ella, con arrancarle una risa clara o aposentarle una sonrisa en los labios.

No hay visión más hermosa para él que la de verla feliz, ni tenía propósito más firme que el de rescatarla de la extraña enfermedad que la atenaza y la empuja al sepulcro.

Ahora solo hay oscuridad y dolor. Y ella es tan inalcanzable como lo es la luz en este pozo de sombras que es su mazmorra.

Pues no se engaña, el canónigo Martín Pérez lo llevará al tormento y a la muerte.

Al-Ricutí conoce bien el alma humana y lo único que vio en la de su juez pesquisidor fue maldad.

No confía en que el rey, demasiado bueno, demasiado confiado para ver las temibles bestias que se agazapan en lo más profundo del corazón de los hombres que lo rodean, sea capaz de darse cuenta de la injusticia a la que se le está sometiendo.

Y respecto de Tello, el caballero es su amigo, es cierto.

Envió a su escudero, Ramiro, a trasmitirle aliento.

Fue hermoso escuchar el mensaje de Tello, palabras de aliento, de esperanza, de amistad que lo conmovieron en profundidad, pero palabras sin sentido.

Y todo porque el duelo judicial que Tello se propone invocar nunca será consentido por el canónigo, y el rey, tan puntilloso con los procedimientos legales, no irá en contra de las razones que, sin duda, aducirá Martín Pérez.

Y entonces se descorren cerrojos y la luz ciega a al-Ricutí, y, cuando se sobrepone a ella y puede volver a enfocar la mirada, enmarcado por el fuego de dos antorchas, está el rostro anguloso e implacable del canónigo Martín Pérez.

—El rey ha ordenado que seas sometido a tormento. —Es lo único que le dice, y no hace falta más, pues lo demás ya lo dice la siniestra sonrisa que luce.

Él ni siquiera puede gritar. Y no lo paraliza el miedo, sino el impacto del mal en estado puro.

Mientras lo arrastran cargado de cadenas hasta la sala de tormento, le estiran de forma salvaje los brazos para atárselos a la espalda y luego le pasan una gruesa cuerda que atan a una viga, lo izan bien alto, le cuelgan pesos de frío hierro de los pies para estirar al máximo sus articulaciones y le provocan un dolor que se torna insoportable agonía, al-Ricutí sigue viendo, abra o cierre los ojos, la perversa sonrisa de Martín Pérez: la sonrisa de quien disfruta viendo sufrir a otro y no encuentra mayor gozo que ese en el mundo.