10
Egidio de Portugal ha vendido su alma al diablo, a uno con título condal y mucho oro al que entregó su alma, su tiempo y lo poco que de bueno quedaba en él.
A veces los echa de menos... y también echa un poco de menos al buen y viejo tonto de Julián de Ávila.
Pero la vida de un nigromante está llena de sinsabores y pequeñas desgracias que uno tiene que esforzarse en contrarrestar, y él, por lo pronto, las contrarresta gozando de Beatriz la Loba y con la tranquilidad de saber que tiene la bolsa bien repleta de monedas de oro.
A su lado, en la mullida cama, Beatriz ronronea como una gata y se estira satisfecha. Desde que se le mostró sin su disfraz de mora, Egidio no puede hacer otra cosa que desearla. Algo muy caro, por cierto.
—¿Qué opinas del conde? —le pregunta Beatriz, que gira y se le sube encima para luego besarlo.
Ahora que los dos saben que trabajan para el mismo hombre, se van sondeando, por así decir, para saber quién de ellos está más cerca del conde y quién sabe más sobre lo que en realidad se trae entre manos.
Medidas de seguridad podrían llamarse, ya que ambos saben que el otro no parpadearía siquiera si el señor de Lara le ordenase acabar con su compañero para así salvar el propio pellejo.
Y es consciente también de que don Nuño González de Lara solo los ve como «herramientas útiles», y ya se sabe lo que uno hace con ellas cuando dejan de serlo.
—Mi señora puta, yo no opino, sirvo y vivo. Eso es todo. Lo que el señor conde esté tramando o dejando de tramar es cosa suya. Yo obedezco, recibo oro, miro hacia otro lado y de esa manera pretendo vivir muchos años.
Beatriz no se molesta por tan esquiva respuesta, pues ella respondería de la misma manera. Pero decide pinchar un poco al brujo.
—¿Fuiste tú quien lo asesinó? —lanza la Loba, y en su pregunta, muy al fondo, vibra algo muy oscuro y decadente que excita al nigromante.
—Te gustaría que fuese así, ¿verdad?
Ella se sorprende de la perspicacia de Egidio y luego, descarada, arquea la espalda, se echa a reír y le ofrece su magnífica estampa de hembra de senos altivos y maldad sin ataduras.
—No. No fui yo. Si quieres conocer al asesino, tendrás que preguntarle al conde —replica Egidio, sintiendo que el deseo que esta mujer le provoca está más trufado de infierno que el que habita el diablo.
—No hace falta que se lo pregunte —le replica ella—. Solo era una inocente curiosidad la que quería satisfacer.
Siendo honestos, si alguna vez hubo inocencia en Beatriz desapareció al poco de parirla su madre. Pero eso no importa a Egidio, que, descabalgándola y poniéndose encima, vuelve a tomarla con esa fuerza que a ella tanto le gusta.
Y mientras yacen, en su palacio don Nuño González de Lara termina de leer la incompleta copia del libro que le consiguiera Beatriz la Loba por intermedio del nigromante.
Esos dos, medita don Nuño, han sido, después de todo, una buena «adquisición».
Cuando Beatriz, que ya estaba a su servicio, vino a informarle de lo que el maestro Julián de Ávila tenía entre manos, para confirmar, por así decir, lo que ya sospechaba gracias al mercader de libros Samuel de Madrid, todas las alertas resonaron, cual trompetas de batalla, en su mente: si el viejo loco tenía razón y el rey se veía favorecido por tal descubrimiento, todos sus planes se irían al traste.
Un Alfonso con plata suficiente en sus arcas podría, después de todo, ganarle la mano a Ricardo de Cornualles, y aunque en teoría él servía en secreto al inglés a cambio de oro y apoyo, en realidad era Ricardo de Cornualles quien le servía a él.
Lo hacía desgastando los recursos de Alfonso, menguando su fama de hombre justo, minando su prestigio, debilitando su posición ante las ciudades, los nobles y obispos de Castilla...
En suma, la carrera por la corona imperial y el fracaso del rey ante su rival inglés fortalecían al conde y, cuando llegase el momento, lo señalarían como el único capaz de poner fin a las locuras de Alfonso y, por ende, de gobernar Castilla como esta se merecía.
Y la cuestión no era solo cómo merecía ser gobernada, sino más bien quién debía gobernarla.
La respuesta era breve y contundente: Lara, don Nuño González de Lara.
Vuelve a fijar sus cansados ojos en el pequeño y destartalado volumen que tanto oro le ha costado obtener.
Según le contó Beatriz la Loba, Egidio el nigromante, amigo de Julián de Ávila, poseía poderes ocultos y los usó para tal fin.
No cree en eso, desde luego, más bien considera que el brujo usó su astucia y su íntimo conocimiento del difunto para hallar el ingenioso escondite del pequeño libro: un doble fondo situado en la base de la tinaja de agua, al que se accedía apresando con los pies la parte inferior, mientras se hacía girar al resto con las manos.
De tal guisa era liberado el oculto espacio que quedaba entre la base y el resto del recipiente.
En cualquier caso, este no es el libro que busca.
No es un sabio, pero sí un hombre tan culto como pueda serlo el rey, y de la lectura que acaba de concluir deduce dos cosas: lo que vale la pena saber sobre el Tesoro de Alejandro no fue traducido, ni copiado por Julián de Ávila en este miserable ejemplar.
Y que el texto original no será fácil de descifrar.
Dos opciones se le plantean a partir de esas premisas: la primera, confiar en que las claves contenidas en el libro original escrito en griego no puedan ser descifradas y, por tanto, Alfonso fracase en su empeño de hacerse con el tesoro; la segunda es, simplemente, apoderarse del libro para tratar de descubrir lo que oculta.
Medita sobre las dos posibilidades, pues es hombre reflexivo.
A lo lejos, como cada amanecer, se oye la voz dulce de su hija cantando una triste cantiga de amor.
Al escucharla, endurece el gesto: adora a su hija.
De hecho, el amor que por ella siente es lo único limpio que en realidad alberga su alma, y por eso no perdona el daño que ese maldito caballero del rey, Tello Bermúdez, le ha hecho a Juana.
Su niña, por supuesto, no sabe lo mucho que él, su padre, conoce sobre su romance con el caballero.
Pero don Nuño es tejedor de telas de araña y en una de ellas quedó enganchada la confesión de una amiga de su hija.
Desde entonces, labora en secreto para perder al caballero que se llevó la doncellez de su niña.
¡Por Cristo que ese perro perderá la vida!
Sí, la perderá, y como ese precio no parece suficiente para pagar el rencor que contra él alberga, también le quitará su hacienda, para que así aquellos a los que tanto quiere Tello Bermúdez, su hermana enferma y su sobrino, se vean reducidos a la mendicidad.
Pero se está extraviando... La venganza contra el caballero Tello Bermúdez llegará en su momento, ahora debe centrarse en el libro, ya que este contiene la clave para que Alfonso triunfe o fracase y, por eso, también es la llave para que él se abra camino hasta conseguir que Castilla quede por completo en sus manos.
Sus largos y delgados dedos tamborilean sobre la mezquina tapa de cuero del volumen en el que el asesinado Julián de Ávila copiaba y traducía al latín el texto griego original.
Entonces, sin casi darse cuenta de lo que hace, abre de nuevo el volumen y sus ojos, cediendo a algo que podríamos llamar impulso, se fijan en una página que, justo con la luz rasante del amanecer que entra por la ventana, desvela que el escriba redactó lo que ahora se puede leer sobre un texto anterior que trató de eliminar raspando con el scalprum el pergamino.
Pero fue descuidado y no aplicó luego la piedra pómez para acabar con los últimos restos de tinta antes de volver a escribir encima y, por eso, si uno pone ahora el folio en el ángulo adecuado para que la luz revele el texto subyacente, entre letra y letra, entre palabra y palabra, se puede medio reconstruir lo que el redactor se arrepintió de escribir y quiso eliminar: «14 Daisios...
14 heliostásion... Delphinus ad litora tormenti mei signat atque praevalet».
Eso es todo lo que puede leer y, como conoce bien el latín, sus labios, trémulos, comienzan a traducir.
Primero lee «14 Daisios y 14 heliostásion».
No entiende esas dos palabras, pero todo indica que son transcripciones literales del griego.
Pero lo que viene a continuación es buen y comprensible latín: «...
El Delfín señala y prevalece a orillas de mi tormento...
». Eso es todo lo que puede rescatar del texto original que Julián de Ávila redactó y que luego, arrepentido, trató de borrar y suplantar por otro.
¿Qué es lo que quiere decir? No lo sabe.
Lo que sí sabe es que, si Julián de Ávila quiso eliminarlo, es porque consideró que solo para él debía quedar y no para la copia que, sin duda, pretendía entregar al rey. ¡El muy cabrón!