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Cansado de dar vueltas en el lecho, se lava la cara con el agua fría de la jarra que hay en su dormitorio, se pone el negro hábito y llama a su criado, porque justo decide ir a inspeccionar de nuevo la maldita estancia donde asesinaron a Julián de Ávila. Existen las corazonadas.
Al llegar al claustro a medio terminar de la catedral y dirigirse a la habitación del asesinado, se topa allí con los hombres del rey, quienes, al verlo venir alumbrado por la vacilante luz de la linterna que sostiene su criado, le abren paso para que penetre en la estancia y se la encuentre sin muebles y con el suelo levantado.
—El rey así lo ordenó, pero nada hemos hallado —le dice un caballero que no conoce y que, al ver su rostro contrariado, se ha apresurado a informarlo de la causa del destrozo.
Martín Pérez no dice nada, sino que se limita a adentrarse en la habitación y, con cuidado de no caerse al andar por aquel suelo ahora irregular y tomando en sus manos la linterna que le tiende su criado, tienta paredes sin el menor resultado: no hay en ellas sillar suelto, ni resquicio, ni nada que indique un escondite oculto.
Exasperado, eleva los ojos al cielo. Inútil, allí no están los ángeles, sino un sencillo techo de vigas y tablas de roble.
Pero su mirada frustrada se queda enganchada en una de las vigas, una que presenta una escueta grieta antinatural, pues es recta como el camino al infierno.
—¡Traed aquí algo donde pueda subirme! —ordena presa de la emoción.
Le traen una mesa en la que, no sin dificultad, se encarama.
Ahora, con la linterna de nuevo en la mano, y la extraña grieta a un palmo de la cara, está seguro de que allí hay algo escondido, pues parece como si una sección de la aparente maciza viga hubiera recibido un golpe que la hubiera movido un milímetro de su anterior posición.
Con presteza, entregando la tea a su criado, presiona con los dedos, y lo que debía ser madera sólida y gruesa resulta ser una suerte de tapadera encajada tras la cual, al ser retirada, aparece un hueco, y en él, asido a dos aspillas o salientes, un paño encerado con algo envuelto.
—¡Jesús y su Santa Madre! —exclama—. Ese Julián de Ávila era un zorro astuto y un hueso duro de roer.
De hecho, debía de ser tan duro como el granito, pues los asesinos no lograron hallar el escondite del libro, y eso quiere decir que el muy cabrón aguantó la tortura —murmura, sin poder contenerse, mientras desenvuelve el lienzo encerado y ante sus ojos aparece un viejísimo códice de vitela repleto de dibujos de astros, símbolos y cifras trazados con brillantes tintas de ultramar, cinabrio, oro y plata.
Así se desencadena un torbellino: el caballero al mando envía, a toda prisa, a uno de sus hombres a dar nueva de lo ocurrido al rey y el resto de los presentes estallan en mil conversaciones cruzadas que aturden un tanto al canónigo, quien, sopesando la nueva situación, se pregunta si no debería haber buscado la forma de revisar aquella maldita estancia a solas.
Mientras se lo cuestiona, sus ojos no pueden apartarse del libro.
No sabe griego, pero no necesita saberlo para percatarse de que la obra está incompleta: no tiene final.
No, no lo tiene, y el canónigo presiente que los misterios que encierra aquel códice tampoco lo tendrán.
Con cuidado de no caerse y romperse la crisma, Martín Pérez baja de la mesa sin soltar el libro.
No quiere que nadie lo vea bien, por si acaso —acaba de ocurrírsele— fuera conveniente cambiarlo, con discreción, por otro.
Bueno, eso si se le da tiempo para poner en marcha tal añagaza, cosa improbable, pero nunca se sabe...
Ni lo sabrá. Unos momentos más tarde, el rey, con más prisa de la que nunca nadie le conoció, entra en la destrozada habitación a la luz de antorchas que arrancan brillos acerados de las afiladas armas y las pulidas armaduras de sus caballeros.
—¡Reverencia, entregadme ese libro! —exige.
La mano tendida del rey aguarda, imperiosa, y el canónigo, con una profunda inclinación, le hace entrega del vetusto volumen.
Cuando alza los ojos, ve al soberano examinando con gozosa ansiedad las ligeras páginas de vitela y, a su lado, clavándole los ojos con dureza despiadada, a don Nuño González de Lara.
—No sé suficiente griego como para leer esto —masculla el rey, ajeno al cruce de miradas entre su consejero principal y su juez pesquisidor—.
Pero hay a mi servicio maestros en sabiduría que no tendrán dificultad en hacerlo.
—Y girándose, sin despedirse siquiera y dando órdenes a voces, se retira a palacio—.
¡Llamad de inmediato a mi presencia al maestro Juan de Aspa y a mi médico, el sabio Yehuda ben Moshe!
—grita mientras se aleja, y, tras él, deseosos de saber y de servir, van la mayoría de los hombres que llenaban la estancia.
Pero no el consejero del rey, don Nuño González de Lara, ni el juez pesquisidor, el canónigo Martín Pérez. Los dos hombres siguen escrutándose, el primero con rabia en los ojos, y el segundo con más miedo del que le va a confesar al otro.
—Sois un necio, señor canónigo, un necio os digo. ¿No podíais esperar a estar solo para buscar el libro?
El reproche ya se lo había hecho él, pero le duele más el del conde.
—¿Sabéis griego?
La nueva pregunta coge de improviso al canónigo, que tarda en negar con la cabeza.
—Allá vos. Sepáis o no, tendréis que buscar la manera de acceder a ese códice y de informarme de su contenido —le espeta—. Es cosa vuestra, pero quiero saber si en realidad contiene las claves para hallar el tesoro de Alejandro. ¿Entendido?
Martín Pérez asiente atribulado y el conde, sorprendiéndolo nuevamente, se quita un grueso anillo de oro macizo en el que luce una esmeralda y se lo entrega.
—Ponéoslo, reverencia —ordena al desconcertado canónigo, que obedece y se coloca el anillo en el dedo índice de la mano derecha.
El oro, pesado y bruñido, canta su brillo, y la esmeralda, intensamente verde y bien pulida, recoge los resplandores de las teas y los hace hipnótico prodigio para los ahora embelesados ojos de Martín Pérez.
¿Cuánto costará este anillo magnífico? Eso es lo único que ahora puede preguntarse mientras, como hechizado, no puede apartar la mirada de su dedo extendido y adornado con tan increíble joya.
Y entonces, junto al verde centelleante, aparece el rojo sangre.
Allí se ha manifestado el severo resplandor de una daga cual si fuera rayo castigador: el conde le ha cercenado de forma limpia la primera falange del dedo.
—El anillo es para que su reverencia sepa cuánto puede ganar estando a mi servicio; la mutilación, para que nunca olvide qué puede acontecerle si me falla —le explica.
Y nada más: un canónigo trata de pararse la hemorragia con las lágrimas saltadas de puro dolor y un conde lo deja allí, solo y plantado en la habitación de otro clérigo al que cortaron en pedacitos por negarse a entregar un libro.
Un libro... El rey lo tiene ahora, y pronto uno de sus sabios, Juan de Aspa, le lee la frase con que el destino se vuelve a poner en marcha: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable.
Se hizo de este modo para que los secretos que contiene solo puedan ser desvelados por un rey amante de la sabiduría, que con este “tesoro” gane plenitud y felicidad».
Al escuchar aquello, Alfonso enmudece. Sin duda, piensa, la mano de Dios lo está señalando. Eso es lo que cree y lo que ahora no puede quitarse de la cabeza.
—Yo soy, sin duda, ese «rey amante de la sabiduría» —susurra, y en sus ojos calmos y reflexivos hay ahora una nueva luz que acuna cosas que no deberían estar allí—.
Mío, pues, será ese «tesoro», y con él «ganaré plenitud y felicidad» —añade, y concluye—: seré yo, por tanto, quien desvele sus secretos.
Y su tono, crecientemente enronquecido por el delirio de creerse tocado por Dios, alerta a Juan de Aspa, que busca con la mirada al médico del rey, Yehuda ben Moshe, quien arquea las cejas alarmado.
Yehuda, a su vez, ensombrece su expresión.
Quiere a Alfonso como si fuera un hijo y jamás pensó verlo así, consumido por un mal que ningún médico de este mundo puede curar: el de ser presa de una ambición egoísta que ya no empuja, sino que lastra a quien la sufre.
Porque sucede que, cuando un gobernante deja de ambicionar para todos y se centra por completo en sí mismo, lo que pudo ser su fuerza se troca en su debilidad.