Muerte en Toledo 9
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La noticia ha corrido por el palacio del alcázar y sus dependencias militares: el rey, airado, ha ordenado la búsqueda a toda costa de un libro maldito relacionado con el asesinato atroz de uno de sus sabios, así como el apresamiento y tormento inmediatos de cuantos puedan estar relacionados con el volumen en cuestión.

Al escuchar tan sorprendentes nuevas, el caballero del rey, Tello Bermúdez, sabe que su amigo, al-Ricutí, está un paso más cerca de ser condenado.

¿Quién puede zafarse de la desgracia de ser culpable cuando te someten a tormento e imponen también semejante pena a otros, buscando que confiesen pruebas del supuesto crimen que has cometido?

Se halla en una de las grandes torres exteriores del alcázar, al mando de la guardia que allí vela por la seguridad de la corte.

Si mira a poniente, ve cómo se juntan negras nubes, y, si se vuelve a oriente, el sol sigue triunfando, pero no por mucho tiempo.

El viento empuja los nublos y el frío arrecia.

Ante la gélida arremetida, Tello se cierra el manto y piensa en su hermana, Isabel, que tanto aprecia al maestro moro y que ahora, al saber de su nueva desdicha, sufrirá un nuevo golpe, el de perder su última esperanza.

Y es que al-Ricutí seguía alentándola con su búsqueda incesante de un remedio y enviando carta tras carta hasta al último médico célebre conocido en demanda de auxilio para Isabel.

Entonces sus ojos se posan en el patio de armas que hay a sus pies y en dos bisoños aspirantes a caballeros del rey que se afanan en adiestrarse con las espadas, y se le ocurre la peor idea de su vida: solicitar del rey que le permita combatir por la inocencia de su amigo y, de paso, por qué no reconocerlo, mantener viva la esperanza de su hermana.

Pero va a ser difícil conseguirlo, pues, aunque en Espanna, desde el reino de Portugal al de Aragón, pasando por León, Castilla y Navarra, son muchas las ciudades y villas que tienen recogido en sus fueros el derecho de sus gentes a acudir a la ordalía del duelo judicial para buscar justicia, y pese a que la Iglesia siempre se ha mostrado favorable a tal procedimiento, el rey Alfonso no se muestra favorable al juicio de Dios por combate.

Aunque en sus leyes reconoce a sus caballeros el derecho al duelo por combate para defender su honor, y aunque acepta a regañadientes el de muchos villanos conforme a sus fueros, arguye que tal cosa es tentar a Dios y que, en todo caso, da preferencia al más fuerte sobre el débil, y eso, como buen sabio que es, le parece injusto.

No obstante, hay esperanza, pues, aunque en Castilla, al contrario que en Francia o Inglaterra, los juicios de Dios por combate no suelen ser presididos por los reyes, no son cosa en modo alguno ajena a sus costumbres y usos.

Sí, y de paso, tal vez también pueda librar a su hermana Isabel de sufrir una nueva y gran pena.

Además, nadie puede conocer lo que viene.

A lo mejor, si el médico árabe sobrevive y queda libre, puede que todavía sea capaz de hallar la cura del mal que empuja a su hermana a la tumba.

Eso es lo que importa, la posibilidad de librarlos a ambos, a su amigo y a su hermana, de una condena a muerte que se los llevará para siempre lejos de él.

Además, el rey se lo debe. Partió a Italia para defender su causa.

Allí se dejó sangre y fortuna, y, ciertamente, aunque es lo que se espera de un hombre del rey, también se espera que este lo recompense por ello.

Sin embargo, él, hasta la fecha, poco ha recibido, y por eso puede pedir ahora una gracia real: que se le deje demostrar con las armas de qué parte está en realidad la justicia.

Sin pensarlo más, da una seca instrucción a los ballesteros y peones que tiene a sus órdenes y, con una seña a su escudero, lo envía a las mazmorras del alcázar para informar al bueno de al-Ricutí de lo que pretende hacer y así fortalecer su ánimo.

Luego, saltando de escalón en escalón con la prisa de los locos que creen haber tenido una buena idea, corre a pedir audiencia a su rey.

Por el patio se cruza con el padre de Juana, don Nuño González de Lara, que, escoltado por su gente, intercambia con él una severa mirada cargada de odio.

El viejo, sin duda, sabe de sus pretensiones al amor de Juana y no se lo perdona.

¡Que se vaya al infierno! Cuarenta pasos más tarde, justo antes de pasar desde el recinto militar al palaciego, se cruza con una segunda figura: la del canónigo Martín Pérez.

El cura no se detiene a dirigirle palabra alguna, tiene prisa y, por lo visto, sigue el mismo camino que don Nuño González de Lara.

Tello no tiene tiempo de hacerse preguntas, tiene que buscar al portero real.

Aunque encontrarlo será fácil, conseguir convencerlo de que le dé acceso al rey no tanto.

Pero fácil o difícil, tiene que intentarlo, y aprieta el paso, pues es de esos hombres que, cuando decide algo, no retrocede ni se da descanso hasta llevarlo a término.

Mientras, la habitación de Julián de Ávila fue inmediata y nuevamente registrada. El colchón de la cama, rasgado; el escritorio, desmontado, al igual que el resto del austero mobiliario, pero no dieron con el libro.

Entonces, los hombres enviados por el rey comenzaron a levantar el suelo y, bajo las losas de piedra, tampoco hallaron nada. En definitiva, el libro no estaba en aquella estancia, o quizá nunca había estado.

O incluso podrían estar buscándolo donde no debían.

En esos mismos momentos, guardando el más riguroso secreto y en una choza destartalada del peor barrio de Toledo, Egidio de Portugal, el nigromante, recibe de una mujer una bolsa de oro a cambio de un libro.

La mujer, que lleva el velo de las moras y con él se tapa también el rostro, aprieta el libro contra su pecho y, escoltada por dos hombres de esos que es mejor no mirar a la cara, regresa a un lugar secreto en donde debe esperar a un hombre que llegará cuando lo hagan las sombras de la noche.

Llegan en la madrugada de Toledo acompañados por la niebla.

La puerta de la casucha resuena con golpes, y un hombre, envuelto en un manto negro, penetra en la escueta sala donde la mujer mora lo aguarda.

—¿Lo tienes? —es lo único que dice el desconocido.

La mujer asiente sin que se escuche salir nada de su boca, y desde debajo de su amplio vestido moro extrae un libro que el hombre toma a toda prisa entre sus manos.

Se trata de un volumen pequeño, de guardas toscas y a las que fueron mal cosidos un puñado de folios de pergamino de mediana calidad, rellenos con apretada escritura trazada con tinta vulgar de negro de hollín, y aquí y allá, con algunos dibujos de astros, ángulos y extraños símbolos perfilados con destreza, pero sin color que los avive.

El libro, por lo demás, no está terminado.

El hombre, alto y envuelto en negro vestir, menea la cabeza, frustrado, y dirige una furibunda mirada a la mora.

—Esto, Beatriz, es solo una copia inacabada —reprocha, y la mujer, la puta más célebre de Castilla, siente que se le aflojan las piernas.

—Es todo lo que Egidio el Nigromante pudo hallar con sus artes oscuras —se excusa, y como la mirada implacable del hombre se endurece aún más si cabe, añade, asustada, alzando las manos y retrocediendo—: ¡No me hagáis daño!

El canónigo Martín Pérez no ha pegado ojo en toda la noche.

A decir verdad, la conversación que sostuvo a solas con don Nuño González de Lara le hubiera quitado el sueño hasta a un lirón.

Aunque él es hombre con cosas que ocultar y nunca confesará, jamás habría imaginado que un corazón pudiera albergar tanta negrura como la que atesora el del conde de Lara.

Al señor de la casa de Lara el rey Alfonso lo tiene por su mejor hombre, por su amigo más fiel, por su mano derecha, por su consejero de confianza.

Cuando eran jóvenes, y en contra de la opinión de su padre, el entonces príncipe Alfonso lo nombró teniente de Écija y desde entonces no da un paso sin consultárselo.

Mas el de Lara ahora se lo está pagando con negra traición.

Y no va a ver al rey y se lo cuenta porque tiene miedo...

Bueno, y también porque el de Lara conoce sus vicios: el de frecuentar a Beatriz la Loba, y el otro, el que ni siquiera se atreve a pensar cuando está sereno y no poseído por el mal que lo oprime.

Además, como ese perro viejo del conde de Lara sabe mucho de las miserias de los hombres, ha añadido otro cerrojo a su silencio: oro.

Desafortunadamente, ante semejante argumento de peso no puede hacer nada.

Para alguien que sabe lo que es ser desposeído de sus bienes y tener que irse de niño a un convento a pasar penalidades sin cuento, el oro es cosa que tener en cuenta, y, además...

, Beatriz es hembra cara, y el otro, el otro vicio, aún más, y, aunque como canónigo tiene buenas rentas, nunca bastan.

Mientras que lo que el conde le ha dado y lo que le promete a cambio de su auxilio lo convierte en un hombre rico, y esa «transformación», mira tú por dónde, no le desagrada lo más mínimo y le facilita mucho guardar silencio ante la traición.

A cualquiera le resultaría inconcebible que el señor de la casa de Lara, al que llamaban el Bueno, estuviera en tratos secretos con el enemigo de su señor natural.

Nadie sospecharía jamás siquiera que don Nuño se entendiera con Ricardo de Cornualles para que el rey Alfonso no pudiera jamás alcanzar su más firme anhelo, la corona imperial.

Pero en eso anda el conde de Lara y sus razones tendrá.

Y si no las tiene, posee oro, y eso, al canónigo Martín Pérez, le basta y le sobra.