Muerte en Toledo 8 #2
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No solo eso, en el fondo de su mente y de su corazón, aunque nunca lo reconozca, también habita otra cosa además de la inteligencia y la astucia para desenmascarar a los malvados: el rencor contra los musulmanes.

Fueron los moros quienes mataron a su padre en la jornada de Las Navas.

Allí quedó tendido de una lanzada, y él, huérfano, empobrecida su familia, ya no pudo ser caballero, como lo hubiese querido su padre, sino que tuvo que conformarse con profesar la religión y entrar como novicio, y luego, a fuer de penalidades, privaciones, estudio y trabajo, ascender poco a poco dentro de la Iglesia hasta ser nombrado canónigo de la catedral de Toledo.

Pero ya haya sido su despierta inteligencia o su rencor el que terminara por señalar a al-Ricutí como culpable del asesinato de Julián de Ávila, ahora, al ver la reacción del rey, entre el asombro y la indignación, la pregunta de si ha ido demasiado lejos le acelera el pulso.

Pero ya está hecho. Así que solo le queda una opción si quiere salvar el buen concepto que, hasta este momento, el rey ha tenido de él: seguir adelante.

—Alteza, mi señor, rey de tantos reinos y verdadero emperador, jamás osaría acusar a uno de vuestros sabios si no contara con poderosas razones para hacerlo. Razones que os expondré de inmediato si me dais permiso para ello.

El rey, serio, pero más calmado, asiente.

—Mi señor natural y rey, cuento con el testimonio de testigos fiables que vieron cómo Julián de Ávila entregaba una bolsa con dinero a al-Ricutí después de que ambos discutieran de forma acalorada.

Como sé que eso no os bastaría, alteza, puedo añadir también que el herrero Hernán Mano Martillo, un rufián, ha confesado que ese sabio moro visitó su taller y le encargó hacer una copia de una llave.

—Y aquí, como buen conocedor de la retórica, el canónigo hace una larga y dramática pausa que centra en él toda la atención—.

Suponéis de qué llave se trata, ¿verdad?

¡En efecto, al-Ricutí encargó al herrero hacer una copia de la llave que permite abrir la cerradura que guarda la puerta del asesinado Julián de Ávila!

—Nueva pausa—. Y yo pregunto: ¿para qué quería esa llave?

—Y con esto de nuevo calla, y en su entorno todo es sorpresa, y en los rostros, una sola expresión: la repentina seguridad de que al-Ricutí, por muy sabio del rey que sea, es el asesino.

Pero el canónigo Martín Pérez aún no ha terminado. De nuevo siente que el triunfo es suyo y se apresura a retenerlo:

—Sumaré otra cosa más, mi señor rey: al-Ricutí ha confesado que sabía que Julián de Ávila andaba tras un libro de valor incalculable, el Secretum Secretorum de Aristóteles, el mismo por el que el gran Alejandro de Macedonia pagó ochocientos talentos de plata a su célebre maestro.

Un tesoro que nunca se halló, pero cuyas claves, según me declaró el maestro al-Ricutí, podrían estar ocultas en ese libro que, por tal causa, recibe también el nombre de Tesoro de Alejandro.

Ahora sí que el impacto de lo que acaba de decir el canónigo es notable y visible en los asombrados rostros de los nobles, de los oficiales del rey y de los maestros en sabiduría que están presentes, y, por supuesto, muy particularmente, en el del mismísimo rey, que, como buen conocedor de las cosas de los antiguos griegos y romanos, tiene la boca un tanto abierta y no por las revelaciones de Martín Pérez, sino porque su atención se halla ocupada tratando de calcular cuánto dinero representan ochocientos talentos de plata.

Y pronto tiene la respuesta: casi cinco millones y medio de maravedís burgaleses 3 .

Una enorme suma que representa la diferencia entre tener que renunciar a la corona imperial o poder hacerla suya, puesto que, con esa inmensa cantidad de plata en sus arcas, podría comprar el voto de todos y cada uno de los siete electores del Imperio y, con él, su coronación efectiva como emperador del Sacro Imperio Romano.

El canónigo Martín Pérez está desconcertado, pues esperaba que, tras sus revelaciones, el rey fuera todavía más consciente, si cabe, de su habilidad como juez pesquisidor, así como de la oculta maldad de al-Ricutí, para que, de esta guisa, sancionara su actuación.

Pero no. El rey está ahí, delante, imperturbable, con el rostro inexpresivo.

Así que el esforzado canónigo, ante el regio silencio, decide insistir un poco más.

—¿Qué más se necesita para señalar como culpable a al-Ricutí?

¡Creo, mi señor rey, que ese moro taimado, que se ha aprovechado durante años de vuestra generosidad, se volvió loco al pensar que el maestro Julián de Ávila, Dios lo tenga en su gloria, podía hallar semejante libro!

¡Y así fue como quiso arrebatárselo junto con la gloria de su descubrimiento!

El rey sigue en silencio, como si no lo escuchara, abstraído con sus argénteos cálculos.

Con aquellos números que, en su mente, lo llevan en volandas hasta Aquisgrán y Roma para ser coronado emperador.

Y tras los números, solo dos palabras han quedado de todas las pronunciadas por el canónigo, dos que resuenan sin cesar en el interior de Alfonso X y que se transforman, por así decir, en el pulso que hace vibrar la sangre en sus venas: plata y tesoro .

Pues los reyes, que nadie lo olvide, son hombres, y los hombres son presa fácil de sueños y ambiciones. Cuando los unos se ayuntan con las otras, ya no tienen en la cabeza sino una sola cosa: hacerlas realidad.

—¿Y el libro?

La pregunta del rey, sus primeras palabras tras la sensacional revelación de que el asesino era uno de los sabios que frecuentaban su scriptorium , su corte y hasta su compañía, deja a todos en silencio, y a Martín Pérez, con la boca abierta.

Se ve que este va a ser un día en el que ese gesto de sorpresa va a ser muy socorrido.

—El libro, digo. ¿No habéis oído, reverencia? ¿Dónde está el libro? —insiste el rey con manifiestos signos de que no se halla con ánimo de ejercitar la paciencia.

Pero Martín Pérez está desolado: el libro no está, y el rey, al fin y al cabo tan sabio, ha puesto el dedo en la llaga. El libro es la verdadera prueba de cargo, el móvil del crimen, pero nadie lo ha visto y nadie sabe dónde está.

—Registré la estancia donde vivía y fue asesinado el malogrado Julián de Ávila, mi señor rey, pero nada he hallado...

Evidentemente, el asesino se llevó cualquier libro que hubiese y hasta el último pergamino o papel.

Por supuesto, he ordenado que se registre la casa de al-Ricutí, pero tampoco se ha hallado nada en ella.

Pero mi señor rey, no os inquietéis: sin duda, cuando lo sometamos a tormento y juicio, confesará dónde lo escondió.

—¡No tenemos tiempo para esperar tanto! ¡Registrad esa habitación con más cuidado y aseguraos de que el libro no está aún escondido en ella!

¡No me importa que la echéis abajo, pero quiero ese libro!

Y si no está en esa estancia..., ¡entonces colmar de cadenas a al-Ricutí y colgadlo por los brazos hasta que se le rompan y confiese de puro dolor!

¡Y si el libro sigue sin aparecer, id en busca del pupilo de Julián de Ávila y de quien quiera que se viese con él antes de ser asesinado, y sometedlos a todos a idéntico tormento hasta que el libro aparezca!

Nadie se esperaba aquello. Nadie. Tampoco Martín Pérez. Ya no sabe si estar aliviado al ver que, por lo visto, el rey aprueba su actuación como juez pesquisidor, o preocuparse por lo que venga, pues esto, este extraño proceder del rey, puede traer inesperadas consecuencias para todos.

Otro tanto piensan muchos de los presentes.

Su señor es hombre calmo, reflexivo, afecto a la justicia y al buen hacer, y ahora un libro, el cual nadie ha visto, parece importarle más que la sangre de los hombres, ya sean culpables o inocentes.

Entre la pequeña multitud que rodea al canónigo y a Alfonso X, un noble regresa a la gran sala a toda prisa, mira con intensidad al rey y luego hace una discreta seña a Martín Pérez, quien, al advertirla, siente que se le hiela el corazón.

Sucede que quien le indica con discreción que debe reunirse con él a solas es don Nuño González de Lara, consejero principal del rey y, tras él, el hombre más poderoso de Castilla.

Y también el que tiene fama de ser el más despiadado.