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Alfonso X despide al conde de Lara. Don Nuño, con buenas razones, lo ha convencido de que no puede contar con más dinero que enviar a Alemania para abogar por sus derechos al trono imperial.
Pero las buenas razones no calman las ambiciones ni levantan los ánimos.
Como siempre que siente que la realidad lo constriñe, Alfonso da unos pasos hasta una de las ventanas de la gran sala orientada a levante y desde ella, como un águila, contempla el patio interior ajardinado, en torno al cual giran las dependencias de su palacio, que, con cuatro torreones en sus ángulos, ofrece al rey y a su corte un espacio bien delimitado.
Más allá se abre un patio exterior y, tras este, las dependencias militares encastradas en las formidables defensas de recios muros y grandes torres cuadradas del alcázar que se elevan desde el alto bastión de roca que las soporta y que permite dominar por completo la ciudad, el Tajo y los campos que se dilatan hasta tornarse horizontes.
Se siente bien aquí, en esta ciudad, en esta fortaleza y palacio que ha mandado reconstruir, ampliar y remodelar sobre la base de antiguas construcciones romanas, godas y árabes, para proclamar con sillares de piedra y fuertes bastiones su poder y el de los dos reinos que lo sustentan: León y Castilla.
León y Castilla... Antaño, en tiempos de los godos, había un solo reino: Hispania, a la que ahora todos llaman Espanna.
Luego, llegaron los conquistadores árabes, y frente a ellos se alzó Pelayo en Asturias.
De él descendieron los primeros reyes y después vinieron los de León y más tarde los de Castilla.
Y ahora, tras las batallas libradas por su bisabuelo, Alfonso VIII; tras las conquistas de su padre, Fernando III, y tras las suyas propias, las del décimo de los Alfonsos, en el solar de Espanna vuelve a alzarse un gran poder, uno tan fuerte que ha logrado que su soberano haya sido proclamado rey de romanos y pueda incluso aspirar a ser coronado emperador del Sacro Imperio.
Aspiraciones, sueños, desvelos, ambiciones...
Frente a todo eso, impidiendo que se concrete en realidades que Alfonso pueda ver con sus ojos y tocar con sus manos de rey, se alza un hombre taimado, astuto, despiadado y bárbaro: Ricardo de Cornualles.
Y lo peor de todo es tener que ceder ante ese principesco e imbécil inglés.
La sangre le hierve en las venas y lo nota, se gira, deja atrás la grácil ventana con parteluces para volver sus ojos hacia la gran sala que le sirve como lugar de audiencias, de celebración y gobierno.
Las paredes de piedra bien cortada recubiertas de tapices y pinturas brillantes, los suelos cubiertos de alfombras y los techos de madera ricamente tallada con motivos florales y geométricos, dorados primorosos y pintados por las diestras manos de los artesanos mudéjares, lo reafirman en la convicción de que es el más poderoso de los reyes de la cristiandad y que, por ende, solo a él debería pertenecer la corona imperial.
Por los altos ventanales que iluminan la gran sala, la luz de la mañana se precipita a raudales y, a través del gran arco que permite la entrada, se ve el pórtico y la escalinata que dan acceso al patio interior sembrado de jardines, en donde la blanca piedra de una fuente se entretiene acunando el agua.
Todo es tan hermoso... ¿Tendrá algo parecido Ricardo en Inglaterra?
¡Por supuesto que no, pues solo es un príncipe del bárbaro norte!
La ira que siente se le queda dentro. Ninguno de los nobles, oficiales del rey 1 o sabios que lo rodean en aquella gran sala lo verá perder los estribos ni oirá sus maldiciones.
No, él es un rey sabio, un hombre digno de los días antiguos, un par en virtudes regias y sapienciales de los Alejandros, los Césares, los Marco Aurelios y Justinianos de los felices tiempos de la Antigüedad, y, por ello, sabe dominarse y no dejar traslucir sus emociones.
Las embrida, es cierto, pero le arden por dentro, y por eso, aquí y ahora, no puede dejar de pensar en Ricardo de Cornualles.
Dos años atrás, el muy lobo se presentó en Aquisgrán para que lo coronasen emperador y, según le contaron sus espías, dijo ante los príncipes y obispos allí reunidos que el rey de Castilla, más que un rival, era una molestia.
¿Molestia? ¡Ja, Inglaterra es una pocilga si se la compara con el esplendor de Castilla!
Tras el nuevo estallido de rabia contenida, respira hondo y vuelve a decirse que es un sabio y que debe dominarse...
¿Por qué es tan difícil vivir y comportarse como un rey filósofo?
Calma, calma y dominio de sí mismo. Eso debe imponerse en estos días de frustración y zozobra.
Luego, con la mente clara, encontrará la manera de retomar «el gran juego», el «fecho del Imperio» y ceñirse la corona imperial.
No se rendirá, no olvidará su sueño; diga lo que diga don Nuño, conde de Lara, seguirá en la liza y, al cabo, triunfará.
Eso se dice para serenarse y convencerse, pero, en verdad, no puede engañarse, pues ese «porquero inglés» le está ganando la carrera por la corona imperial.
No es de extrañar, pues, según le contó el lenguaraz y joven sexto vizconde de Surrey, John de Warenne, Ricardo de Cornualles era un «magnífico hijo de puta» capaz de sangrar hasta al último caballero, comerciante, campesino o artesano que tuviera a mano para conseguir plata con la que pagar sus ambiciones.
El vizconde, cinco años atrás, acompañaba al príncipe heredero de Inglaterra, Eduardo Piernas Largas, cuando este último visitó Burgos para casarse con su hija, la princesa Leonor de Castilla, y, de paso, ser armado caballero.
Plata . Esa palabra, tan sencilla, tan corta, mueve los reinos de la tierra.
Plata y oro que alimentan lanzas y espadas, nutren ejércitos, sacian a nobles y obispos, hacen crecer a las ciudades y dan lustre a las cortes de los reyes.
Don Nuño González de Lara le ha insistido, hasta sacarlo de sus casillas, en que no se puede exigir más plata al pueblo y en que los nobles y la Iglesia ya han dado todo lo que podían dar.
Mas duda de ese todo ... ¡Los nobles y la Iglesia siempre ponen excusas!
Pero don Nuño lleva razón... Y si no la llevara daría igual, pues el noble, con mucho tacto, eso sí, le ha deslizado que, si se empeña en exigir más plata a nobles y obispos, podría generarse en el reino un «malestar peligroso».
Así expresó, tan suavemente, lo que no quiso decir con claridad: que se podía provocar una rebelión contra el rey si este insistía en obtener más dinero de ciudades, nobles y obispos.
Sintiendo que la airada irritación que lo embarga arrecia de nuevo y pone en riesgo su autocontrol, cierra un instante los ojos y respira de forma pausada antes de volver a abrirlos.
Al hacerlo, ve cómo la luz, imparable, arranca chispas doradas y argénteas de los tapices y las pinturas que adornan la enorme y lujosa sala.
Destellos de oro y plata, evanescentes, inaprensibles, que parecen burlarse de él y de su agónica sed de dinero, de plata y de oro...
Esa es su obsesión, esa es la verdadera e imperiosa cuestión. ¿Dónde hallarlos?
—Si su alteza, mi señor rey, da su permiso, el reverendo canónigo Martín Pérez solicita audiencia.
La ronca voz del portero mayor 2 sobresalta al rey, pero asiente y aguarda al ascético canónigo, quien, por lo que ve en su anguloso rostro, está satisfecho y deseando informarle de la causa de su satisfacción.
—Alteza, mi señor natural y rey, me hicisteis un encargo y creo haberlo cumplido —declara el clérigo inclinándose profundamente ante su monarca.
Frente a semejante declaración, en torno a ellos, los cortesanos y los hombres del rey se arremolinan atraídos por las nuevas que trae el canónigo y que les permitirán satisfacer la morbosa curiosidad de sus familiares y amigos.
Y es que todos en Toledo se hacen lenguas sobre el horrible asesinato del maestro Julián de Ávila, y, sin duda, es de eso de lo que el canónigo viene a informar al rey.
—Hablad, reverendo padre Martín Pérez. —Y la autorización real no va acompañada de mucho entusiasmo, porque, aunque Alfonso apreciaba mucho al difunto y quiere esclarecer su horrible asesinato, en su mente, obsesiva, sigue girando el brillo de la ansiada plata que pague sus sueños imperiales.
—He ordenado que el maestro al-Ricutí sea arrojado a una mazmorra del alcázar, pues tengo sólidos indicios de que él fue el asesino.
Ante semejante nueva, Alfonso no puede evitar que su rostro de sabio meditativo mude, con celeridad, al más desmedido asombro.
—¿Al-Ricutí? ¿Estáis seguro? Es hombre docto en muchas ciencias y saberes, amén de bondadoso y caritativo.
Lo mandé llamar de Murcia para que se trasladase a nuestra corte y lleva años bajo mi protección —dice, como si se viera obligado a excusarse por ello, y, dándose cuenta, se le revuelve el orgullo regio—.
¡Es imposible! Os digo que no puede ser, reverencia.
Debe de ser un error, pues he debatido a menudo con el maestro al-Ricutí de filosofía, astrología, medicina y matemáticas, y es hombre de buen carácter y alma sensible.
¡Os digo, pues, que es imposible que una persona como él perpetrara las atrocidades que se llevaron a cabo contra el desgraciado Julián de Ávila!
El canónigo aguarda a que el rey concluya. Quizá, piensa mientras Alfonso habla, quizá ha ido demasiado lejos llevado por sus prisas, por su deseo de sorprender al rey y a todos, con su perspicacia y habilidad como sagaz juez pesquisidor.