Muerte en Toledo 7
16%

7

Juana de Lara no escucha a su aya. La vieja Urraca, parloteando sin parar en torno a su joven señora, le pone en el pecho, bajo el rostro, paño tras paño de vivos colores, para ver cuál tela va mejor con el tono de sus cabellos y piel.

Cuando lo decida, llamará a la costurera y juntas tomarán las medidas del nuevo pellote y de la nueva aljuba que su señora lucirá en el próximo banquete cortesano.

Les dará tiempo a cortar y coser, pues, tras el terrible asesinato de uno de los sabios del rey, la corte no anda con ánimos para fiestas.

Tampoco los tiene Juana. No puede olvidarse de Tello, lo tiene tan presente, tan clavado en la mente que, la tarde del día anterior, las manos le temblaron cuando su prometido, Simón Ruiz, señor de los Cameros, se presentó para hacerle la corte y entregarle un rico presente.

Las lágrimas le inundaron los ojos y las palabras de agradecimiento se le murieron en los labios.

Por suerte, el señor de los Cameros, su padre y con ellos todos los presentes tomaron aquello como la emocionada reacción de una joven ante el magnífico regalo de su futuro esposo.

A decir verdad, no debería ser Simón Ruiz, tan taimado, blando y mezquino, sino su caballero, su Tello, tan fuerte, noble y generoso.

Al menos, se consuela mientras le ponen sobre el pecho una nueva tela carmesí, al menos su doncellez fue para él, para Tello...

Pero eso no la preocupa. No es tonta y sabe cómo debe fingir en su noche de bodas, de manera que ese necio pomposo de Simón Ruiz crea que es él quien le arrebata la virginidad.

—¿En qué estáis pensando, doña Juana?

La pregunta de su aya la sobresalta y atrae el rubor a sus mejillas.

—En nada, aya, en nada —se excusa sin mucho acierto.

—¿En nada? ¿Ahora se llaman así los caballeros del rey?

¡Niña tonta, no te he parido, pero casi!

¿Acaso no fui tu nodriza antes de ser tu aya?

Quítatelo de la cabeza, quítatelo. No niego que el caballero en cuestión no sea guapo y valiente, pero con eso, doña Juana, no llega lejos ninguna dama.

Además, ya lo sabéis, vuestro señor padre jamás consentiría.

Ella no replica y los lienzos, color tras color, tela tras tela, se suceden como las lágrimas que reprime.

Esa misma mañana, a al-Ricutí lo llama a presencia el canónigo Martín Pérez. El sabio andalusí se presenta en la estancia del asesinado con mala cara y semblante demudado, pues está claro que eso de ser interrogado en el lugar del crimen no es de su agrado. ¿Acaso puede serlo del agrado de alguien?

Para colmo, junto a Martín Pérez, tan ascético, tan severo, tan oscuramente revestido de eclesiástico hábito, está el caballero Tello Bermúdez, amigo del sabio moro y ahora, por azares del destino, hombre encargado de asistir a quien, por lo visto, ha sido designado como juez pesquisidor 1 .

—Buenos días, maestro al-Ricutí —saluda el canónigo sin entusiasmo, y el moro, vacilante, da dos pasos y se queda ante él, aguardando a que comience el interrogatorio.

Pero Martín Pérez no pregunta nada, sino que, haciendo una seña, ordena que pase a la habitación ensangrentada un inesperado cuarto hombre: Hernán Mano Martillo. El herrero, con las manos cargadas de grillos y cadenas, tiene mala cara. Presenta señales inequívocas de que lo han golpeado con saña.

—Lo animamos a confesar sus delitos —explica el canónigo Martín Pérez en un tono neutro, como el que habla en el mercado del precio de la harina o en la plaza del tiempo que hace—.

Veréis, hay hombres que necesitan ese «estímulo»; otros, por el contrario, se muestran más sensatos y confiesan sus crímenes sin que haya que someterlos a tormento.

Hay palabras y, sobre todo, voces que son como una cuchilla afilada, y la de Martín Pérez es de esas que dejan el rostro tan afeitado como el de un niño recién nacido.

Al-Ricutí se prepara y trata de calmarse.

Es inocente, se repite en el silencio de su corazón.

Además, es cierto, pero a veces, cuando nadie te cree y tienes mucho miedo, la verdad sirve de poco y uno debe comenzar por convencerse de que, además de decirla, debes interiorizarla hasta que forme parte de ti, para que así no te la roben nunca, aunque te aten las manos a la espalda y te cuelguen luego de una viga para que, a continuación, dolorosamente suspendido, comiencen a colgarte pesos de hierro de los pies con el objeto de descoyuntarte los hombros, los brazos y las piernas 2 .

—Maestro al-Ricutí, este es Hernán Pérez, herrero, y no de los honrados. ¿Lo conocéis?

El maestro andalusí examina a Hernán. Este es un hombre grande, de pelo enmarañado, barba enredada y ojos asustados. Luego, con lentitud, niega con la cabeza.

—Nunca he visto a este hombre.

—¿Estáis seguro?

—Lo estoy.

—Bien, ¿y vos, Hernán, habéis visto antes a este moro? ¿Acaso no es el mismo que os encargó la copia de la llave?

Hernán tiembla. Lo han molido a palos y luego le han enseñado el látigo con el que le arrancarán la piel a tiras y también la viga y los pesos de hierro con los que, si no confiesa, le dislocarán hombros, brazos y piernas.

—¡Este es, reverenda merced, este es el moro! —se apresura a gritar señalando al sabio musulmán, que, impactado, trata de decir algo.

—Este hombre, reverendo canónigo, está bajo los efectos del terror que causa el tormento. Acusaría a su padre si vos se lo sugirieseis —termina por decir el andalusí.

—¿Cuestionáis mis métodos y la justicia del rey?

Y ante esa pregunta, al-Ricutí baja la cabeza y se sabe un poco más perdido.

—Retírate, Hernán —ordena Martín Pérez, y el herrero, presto, cruza la puerta para ser de nuevo conducido a las mazmorras.

Mientras aguarda a que se retome su interrogatorio, el murciano al-Ricutí murmura una oración y dedica un fugaz pensamiento a la mujer que venera y ama en secreto y a la que, si no ocurre un milagro, jamás volverá a ver.

—Maestro al-Ricutí, en los días previos al asesinato de Julián de Ávila se os vio pasar mucho tiempo en su compañía —comienza a decir el canónigo—, tengo testigos que afirman haberos visto paseando junto al río, debatiendo en el futuro claustro, discutiendo, a veces de forma acalorada, sobre esta y aquella cuestión, en el patio interior del alcázar o en el scriptorium del rey, en donde ambos, vos y Julián de Ávila, trabajabais juntos con frecuencia.

—Martín Pérez busca anclar a sus ojos claros los negros del filósofo moro—.

Maestro al-Ricutí, ¿convenís en que lo que he oído y repetido hoy aquí ante vos es cierto?

Al-Ricutí sabe que va a perder. No tiene lógica, desde luego, pero hay dos cosas que se salen de ella, de la lógica, y lo van a condenar: que son muchos los que pueden testificar que lo vieron debatir de manera animada con Julián de Ávila y, más importante aún, el canónigo está ya convencido de su culpabilidad.

Lo sabe porque lo lee en sus ojos fríos, en el rictus cruel de su boca, en lo altanero de su gesto y en la posición que sus manos pálidas han adoptado sobre su escuálido regazo: las de un águila.

—Lo que habéis dicho, vuesa reverencia, es cierto. Conozco, conocía, quiero decir, al difunto maestro Julián de Ávila, y en los días previos a su cruel asesinato me frecuentó.

—¿Os frecuentó? —Y la pregunta se ve acompañada por las arqueadas cejas de Martín Pérez.

—Sí, pues quería saber más sobre las obras perdidas de Aristóteles y, en concreto, sobre una de ellas.

—¿Aquella por la que os pagó con oro?

Eso no se lo esperaba al-Ricutí. Estaban solos cuando Julián le entregó el puñado de monedas que le soltó la lengua.

—En Toledo, maestro al-Ricutí, nunca se está solo del todo —le aclara el sombrío clérigo—. Un mercader de especias, uno que acababa de cerrar su puesto, pero que aún no había atrancado la ventana de la tienda, os vio recibir una bolsa de dinero de manos del asesinado.

La noticia, de la que Tello Bermúdez tampoco sabía nada, cae como plomo fundido sobre el sabio musulmán y alienta al astuto canónigo.

—¿Sorprendido? Bueno, en vuestro rostro la sorpresa se ayunta con el miedo...

¿Tenéis mucho que ocultar, maestro al-Ricutí?

¿Estimuló vuestra codicia el oro que recibisteis de manos de Julián de Ávila?

¿Quisisteis más y, al no recibirlo, perdisteis los estribos y lo asesinasteis?

O mejor aún: el libro perdido de Aristóteles, el que seguramente poseía Julián de Ávila, ¿alimentó vuestro deseo y vuestra envidia y decidisteis arrebatárselo?

Al-Ricutí da un paso atrás, como si una mano invisible lo hubiera golpeado en el pecho y privado de aire y de palabra.

—¡No! ¡No, no fue así!

—¿Cómo fue entonces? —inquiere Martín Pérez, echándose hacia delante, como un lobo ansioso por morder.

Entonces el andalusí lanza una mirada suplicante, acorralada, a su amigo Tello Bermúdez. Durante un instante, los ojos del cristiano y del musulmán hablan por ellos, y luego, al-Ricutí, un poco reconfortado, se lanza a contestar al canónigo tratando de recuperar el control.

—No creo que Julián de Ávila tuviese el libro... —dice para comenzar.

—¿De qué libro estáis hablando? —lo interrumpe Martín Pérez, que no está dispuesto a que el moro halle seguridad alguna en lo que diga.

—Del más famoso de cuantos escribió el gran Aristóteles. Aquel que redactó por encargo del rey Alejandro Bicorne de Macedonia, el Secretum Secretorum . El libro que enseña cómo gobernar, cómo dominar a los hombres y regirlos, tanto conforme a la justicia como por la fuerza.

El canónigo asiente muy despacio. Es un hombre culto y conoce el valor de hallar una obra perdida de Aristóteles, pero algo le dice que eso, por sí solo, no justificaría la saña con la que mataron a Julián de Ávila.

Al-Ricutí, interpretando mal la expresión de Martín Pérez y tomándola por desconcierto, se apresura a hacerle una aclaración:

—Ese libro también es conocido como El tesoro de Alejandro .

Esa palabra, tesoro, parece avivar al canónigo, que, incluso, se pone en pie abandonando la robusta silla que ocupa y que preside el centro de la ensangrentada sala.

—¿Tesoro?

—Lo llaman así porque, en efecto, la sabiduría que contenía era un «tesoro» precioso.

Pero también, según dicen, porque la obra en cuestión mereció que el gran Alejandro Bicorne premiara a su antiguo maestro con ochocientos talentos de plata.

Dicen, pero Dios sabe más, que Aristóteles redactó una segunda copia de tan preciado libro en la que ocultó las claves para hallar su tesoro, porque, cuando su protector murió, tuvo que huir a toda prisa de Atenas y esconderlo.

Silencio. Tello está tan asombrado como el canónigo, y al-Ricutí, tras hablar tanto y tan de corrido, respira con dificultad mientras se comienza a preguntar si no ha hablado demasiado, pues Martín Pérez lo mira de forma extraña.

—¡Llevadlo a prisión! ¡Retomaré allí su interrogatorio! —ordena por sorpresa el canónigo.

—¡No podéis hacer eso, reverencia! —protesta Tello Bermúdez interponiéndose entre los soldados y su amigo moro.

—¿No puedo? —Y la pregunta, acompañada de una mirada feroz, lo dice todo.

—No tengáis miedo, maestro al-Ricutí, intercederé por vos ante el rey —promete Tello echándose a un lado, aceptando su derrota y dejando que se lleven a su amigo, quien, espantado, con el rostro lívido de asombro y terror, apenas sí se sostiene en pie mientras lo llevan en volandas a las mazmorras del alcázar.

El canónigo y el caballero se quedan solos en la estancia del horror. Ellos y un silencio denso, asfixiante, que no tarda mucho en ser roto.

—No sé qué buscáis actuando así, reverendo, pero sí sé que por mi honor de caballero no permitiré que hagáis daño a un hombre inocente.

El canónigo, encarándolo, sonríe con crueldad.

—¿Cuánto creéis que dura la inocencia de un hombre cuando lo cuelgan por los brazos de una viga y uno comienza a colgarle pesos de hierro en los pies?

—La siniestra pregunta flota un instante en el silencio y luego, como un mal viento, se la lleva la siguiente—.

¿Sabéis, buen caballero? Puede, incluso, que el culpable, así «alentado a hablar», también os señale a vos.

He visto a muchos en situaciones semejantes y, creedlo, una vez comienza el dolor, están dispuestos, si se les pregunta, a implicar en sus crímenes hasta a sus más queridos amigos.

—Y, diciendo aquello, lo deja allí, solo, entre paredes manchadas de negra sangre y veladas amenazas.

Tello aguarda allí largo rato. Rodeado de esa extraña atmósfera con la que el mal impregna los lugares en donde ha sido desatado.

Entonces, como si se desencadenara una ola de rabia en su interior y tuviera que hacerla romper contra algo, da un fuerte grito y alza los brazos al cielo envueltos en impotente cólera.

De paso, estampa una de sus manos contra una de las vigas del techo y lo hace con tal fuerza que se hiere con la madera que resuena en el silencio, y parece incluso ceder un tanto ante la fuerte embestida del caballero.

—¡Ay, maldita sea! —aúlla de dolor, ya que el techo de vigas descolgadas de buen roble está demasiado bajo para un hombre de su altura.

Se lleva la mano dañada a los labios y se la besa como cuando era niño.

Ha sido un buen golpe el que se ha llevado en el dorso y se ha levantado la piel.

De reojo, mira la viga y cree advertir en ella una grieta.

Imposible. Ni siquiera él, hombre fuerte como pocos, podría causar tal daño. Sin duda, la viga estaba ya resentida.

Aparta la mirada del techo y vuelve a maldecir, recriminándose la estupidez cometida. Ahora, a la cólera debe sumar el dolor.

Bufa como un gigantesco gato, echa una resentida mirada a la viga con la que se ha herido la mano y abandona aquel lugar maldito.