Muerte en Toledo 6 #4
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Un poco después, Sancha, que en secreto siempre ha estado enamorada de su señor, le sirve la cena. Tello entretiene a su hermana, le cuenta los avatares de tan extraña jornada en Toledo.

—Temo, Tello, que ese canónigo tratará de cargar de manera injusta la culpa sobre el pobre al-Ricutí —concluye, y su hermoso rostro, tan pálido por el mal que la aqueja, se ensombrece con la preocupación.

Isabel aprecia mucho al médico moro, quien, sin querer cobrar por sus servicios, la ha visitado en varias ocasiones y tratado de poner freno al mal que la debilita, amén de ofrecerle una leve esperanza.

Además, el hombre, decidido a hacer todo lo posible por restablecerle la salud, no se rinde y sigue buscando un remedio para el mal que la golpea y, mientras busca, ha escrito a otros médicos de lejanos países explicándoles los síntomas de Isabel y solicitándoles pronóstico y remedios para su enfermedad.

Así que entre ellos, entre los dos hermanos y el andalusí, ha surgido una sincera amistad.

—Pienso lo mismo, hermana... Pero no temas. Si en algo se estima mi juicio, estará al servicio de la verdad y, por ende, al lado del bueno de al-Ricutí.

Los dos hermanos se miran largamente. Se parecen mucho: los mismos cabellos lacios y de color castaño claro, los mismos ojos grandes, expresivos y del tono que posee la miel de naranjo, la boca bien definida, la nariz recta, ni grande, ni pequeña...

Si, a partir de un mismo bloque de caliza, uno de los maestros canteros que trabajan en la catedral de Santa María de Toledo hubiera querido esculpir dos figuras iguales para luego distinguirlas entre sí solo con los atributos de cada sexo, no podría haber logrado mejores resultados que los que la naturaleza obró con ellos.

—¿Quién crees tú que fue el asesino?

La pregunta de su hermana ya se la había hecho él al leer, de reojo, la lista de sospechosos de Martín Pérez, el canónigo.

Vuelve a reflexionar sobre el asunto mientras sus ojos sopesan la austeridad de la sala donde la familia hace la mayor parte de su vida diaria y, como siempre, se siente impotente de no poder ofrecerle a Isabel un lugar mejor en el que tapices, alfombras y bonitos muebles atemperasen la tristeza de sus días y favoreciesen su bienestar.

Pero las cosas son como son, y allí solo están ellos dos, la fiel Sancha, el fuego y las frías piedras que cubren paredes y suelo.

Luego, al regresar a la cuestión que los ocupa, se limpia los dedos en el lienzo que de forma oportuna le tiende Sancha, apura la copa de vino y contesta.

—Lo mataron por lo que estaba escribiendo. De eso no hay duda. Así que la pregunta es: ¿quién mataría por eso?

Isabel asiente despacio y reflexiona a su vez. Pero su respuesta no es la que esperaba Tello.

—Un hombre poderoso con maestros del saber a su servicio.

Tello abre mucho los ojos, pues él había llegado a otra conclusión: otro sabio.

—¿Y por qué no otro sabio? Solo a ellos les interesan las cosas relacionadas con el saber.

—¿De verdad? ¿Por qué crees entonces que los reyes, los obispos y los grandes señores mantienen a su lado a tantos maestros del conocimiento?

¿Crees de verdad que es porque aman el saber?

No, hermano, no es por eso, sino por el poder.

La filosofía, la astrología, la medicina, la historia, las matemáticas...

no son solo ideas, conocimiento, palabras o números, sino, ante todo, poder.

Poder que guarda lo que está oculto, que preserva la experiencia, que enseña cómo proceder.

Poder, en fin, para gobernar, para enriquecerse, manipular, engañar, castigar, sanar o dañar...

Así que lo que ese desgraciado de Julián de Ávila tenía entre manos no debía de ser algo baladí, sino extraordinario y precioso.

Por eso quisieron arrancárselo a toda costa y antes de que se lo entregara al rey, y, por eso, tras su cruel asesinato, solo puede haber un hombre poderoso, porque esa clase de hombres nunca están saciados y siempre buscan más, sin importarles causar la desgracia de otros.

Tello, como viene pasándole desde que son niños, se queda con la boca abierta. Su hermana siempre ha tenido mala salud, siempre ha sido frágil, pero es también terriblemente inteligente y suele ser norma que acierte, para su dicha o desdicha, con lo que sus reflexiones le anticipan.

—Te diré una cosa más, Tello. Julián de Ávila era, ante todo, un hábil traductor y un esmerado copista.

Sea lo que sea aquello en lo que estaba trabajando cuando lo mataron, está relacionado con un libro.

En concreto, con uno muy buscado y tan valioso que despertó al demonio que habita en todo hombre poderoso y ambicioso.

Al escuchar mencionar al maligno, Sancha, temblando, casi derrama la jarra de vino que retira, pero Tello, rápido, sujeta la mano de la criada y le sonríe con calidez para calmarla.

La muchacha, azorada, se retira, y los dos hermanos, de nuevo en silencio, dejan que los serene el crepitar de las llamas del hogar y el rítmico sonido de la profunda respiración del dormido Alvar, debido a que el muchacho, a sus catorce años, ya no duerme con su madre, sino en un diminuto cubículo que, mediante una simple cortina de cuero, queda aislado de la sala principal.

—¿Sigues pensando en ella?

La pregunta de Isabel le llega como desde la última llama que se alza en el hogar antes de quedar reducida a latente ascua. Pero nunca han tenido secretos entre ellos y nunca han dejado de abrirle al otro la puerta de su corazón.

—¿Puedo hacer otra cosa?

No, no puede hacerla, y ella, Isabel, que tres años atrás perdió en Italia, combatiendo junto a Tello, a su esposo, a su amor, al padre de su hijo, bien lo sabe. Por eso, porque los dos lo saben, comparten lágrimas, y la noche, mutada en madrugada, los abandona.