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—Así es, y sería conveniente que ambos pudiésemos seguir haciéndolo...
—conviene el caballero. Pero, mientras lo dice, el canónigo advierte que no afloja la presión de su mano de hierro sobre la empuñadura de la enorme espada de dos filos con la que carga sin esfuerzo alguno—.
Al-Ricutí es amigo mío, en efecto, y no creo que un hombre como él haya podido cometer crimen semejante.
En cuanto a sus visitas a mi casa y a las atenciones médicas que dedica a mi hermana, eso no os incumbe ni a vos, reverendo, ni a nadie, y si alguien se entromete para deslizar la más mínima insidia contra mi honor o contra el de mi hermana, se las verá con mi espada.
Por lo demás, reverencia, si tanto os molestan los galenos judíos y moros, recordad que nuestro señor, el rey, es atendido por ellos.
¿Criticáis también al rey por tal cosa? —termina por decir, y dejan en el aire una pregunta que desarma al canónigo.
Y silencio. Uno muy oportuno, por cierto. Al canónigo Martín Pérez le sirve para recuperar el ánimo y algo de saliva con la que poder tragar, ya que el susto le ha dejado la garganta tan seca como la superficie de una piedra pómez.
—Lo que vos penséis al respecto del sabio al-Ricutí no me importa, señor caballero. El rey confía en mi criterio como investigador y no en el vuestro. Seré yo quien decida, y lo haré sin que el miedo que pueda causarme un hombre, cualquier hombre, influya en mis conclusiones.
Tello sabe reconocer el valor cuando lo ve. No le gusta este canónigo un tanto presuntuoso, un poco malicioso y una pizca rencoroso. Pero a fe suya que es hombre astuto y que tiene arrestos.
—Sospecha, señor canónigo, no es igual a condena —replica muy despacio—. Mi amigo al-Ricutí demostrará su inocencia, pues las pruebas que contra él esgrimís no son sino simples coincidencias.
—Por ahora, caballero, por ahora.
Eso es todo. Por ahora, siempre por ahora.
Después llegan pasos entre las sombras que, en la noche, gobiernan las tortuosas calles de Toledo.
Hace frío y la niebla, insaciable, sube desde el Tajo, lame las piedras del palacio del rey, se enrosca en los pórticos de las iglesias, se agazapa bajo los arcos que dan paso a las mezquitas y se congrega entre los dinteles de las puertas de las sinagogas.
Calle a calle, desde un barrio a otro, desde la judería a la catedral a medio construir, la niebla amortaja las sombras, y estas, a su vez, prestan su negrura al eco de los pasos de un caballero.
Tello tiene treinta y cinco años y más heridas en el cuerpo y en el alma de las que merece la pena contar.
Hijo de un caballero de la mesnada de Fernando III el Justo 3 que murió combatiendo a los enemigos de su rey cuando aquel tenía quince años, la noticia fue tan demoledora para la madre de Tello que la pobre mujer se dejó morir de pena.
Huérfano y a cargo de su hermana, dos años menor, Tello tuvo que hacer frente a tan tierna edad a la voracidad de acreedores y de familiares interesados en despojarlos de todo.
Casi lo lograron. Pero Tello demostró ser un hueso duro de roer y la protección del buen caballero Sancho López, que había formado una lanza 4 con el padre de Tello en innúmeras campañas, le permitió abrirse paso por la vida y, con el tiempo, ser armado caballero y servir bajo el estandarte del soberano de Castilla y León.
Servicio repleto de hierro y sangre, pues eran los días en que el buen rey Fernando combatía sin descanso en las tierras de la frontera de Andalucía, en donde los restos de los almohades y los nuevos reyes de taifas andalusíes se disputaban el poder entre sí, a la par que combatían contra las huestes castellanas.
En Murcia o en las disputadas nuevas fronteras de Jaén y Córdoba con Granada, hizo el joven Tello muchas hazañas.
Pero fue durante el gran asedio de Sevilla cuando logró fama de caballero arrojado y, con ella, el costurón que le recorre desde el hombro derecho hasta el pecho.
Este se lo abrió un alfanje almohade a la vera de la torre del Oro, mientras combatía allí en la cubierta de una nave.
Aquella reñida batalla fue en la que, al fin, los barcos del almirante Ramón de Bonifaz lograron romper la cadena que pendía de la dorada torre y, sujetando un pontón de barcas, cerraba el Guadalquivir a los cristianos, impidiéndoles tomar la ciudad 5 .
Más tarde, en los campos de Jerez, su gloria se elevó aún más si cabe, al vencer en duelo singular, uno tras otro, a dos campeones moros, lo que le atrajo, definitivamente, el favor del rey.
Pero «el favor real» no termina nunca de traducirse en una mejora notable de su hacienda, que, aunque suficiente, es menguada, y alcanza apenas para sostener su casa con el decoro debido a un hijodalgo con rango de caballero real.
Por eso, para mejorar su situación, aceptó gustoso la orden del rey de partir a las guerras de Italia, y en ellas siguió acrecentando su fama, pero no el peso de su bolsa.
Ahora, con más hazañas en su haber que maravedís en su poder, camina de regreso a los establos del rey en donde dejó a su buen Granizo, su caballo gris de batalla y galope de tormenta.
Es un noble animal que ganó en el torneo que, dos años atrás, celebrara en Pisa el conde de Donoratico, Ugolino Della Gherardesca, para celebrar sus triunfos en Cerdeña.
Aquel fue uno de los días más gloriosos de su vida.
No lejos de la inclinada torre de Pisa 6 , ante miles de personas, cruzó armas con tres caballeros y, de todos, uno tras otro, salió triunfante.
Aclamado, exaltado más allá de toda medida, su hazaña la cantaron trovadores y poetas.
El conde de Donoratico le entregó, con su propia mano, las riendas de Granizo.
Un soberbio destrero, esto es, un caballo de guerra, que había sido valorado en ochenta libras de plata, lo que en moneda castellana equivalía a sus buenos siete mil trescientos sesenta y ocho maravedís burgaleses 7 .
Fortuna inmensa para un caballero del rey tan venido a menos como Tello Bermúdez y que, para colmo, vino acompañada de una excelente silla de montar de cuero rojo guarnecida de plata y unos arreos de similar calidad, amén de una armadura equina completa y digna del caballo de un noble de alto linaje.
De modo que, de repente, Tello se tornó un hombre rico.
Pensó en vender tan magnífico animal y, de esta guisa, solventar todos sus problemas económicos y, de paso, hacerle a su hermana, Isabel, un regalo tan fastuoso que le devolviera la sonrisa tras largos meses de viudez y penurias.
Pero cuando montó en Granizo y fue consciente de su fuerza y nobleza, cuando miró a sus grandes ojos serenos y ambos se reconocieron, no como dueño y bestia, sino como camaradas en la batalla, supo que no podría jamás desprenderse de él.
No fue mala idea, teniendo en cuenta que, en los tiempos que vinieron, en más de una ocasión, en algaradas, duelos y batallas, debió la vida a la rapidez, a la fiereza y a la lealtad de Granizo.
Ahora, cabalgando en la noche, piensa en todo eso y en la locura que lo acosa y enajena, pues, tras ser rechazado por Juana, se le pasó por la cabeza vender el gran caballo y obtener así dinero con el que volver a presentarse ante su dama, con un regalo digno de ella, y suplicar que no rechazara su amor.
¿Locura? Por supuesto, y sabe que, de haberla cometido, nada hubiera cambiado, pues Juana se lo dejó bien claro: él era poca cosa para ella y no quería volver a verlo.
De todas formas, fue una suerte que no se decidiera a cometer tamaña estupidez, dado que, de haber vendido a Granizo, un caballero como él no podría hacer nada sin su caballo destrero.
Preguntas, pensamientos tan inútiles como ociosos y estúpidos.
Mientras se suceden en su mente confundida de hombre enamorado al que su amada rechazó, se ha plantado ante la entrada de su casa, una vieja casona de recios muros escoltada por un granero, un molino de aceite y un establo, rodeado todo ello de huertas y circundado por un olivar, unos sembrados y una nava poco extensa que, resguardada entre dos cerros, da pastos al ganado.
Conjunto que, con sus frutos y rentas, sostiene a su familia.
Su familia... Una hermana enferma y viuda y un sobrino de catorce años que solo sueña con lo que él soñaba a su edad: con ser armado caballero y correr mundo en busca de aventuras.
Los tres alanos que guardan la casa salen a recibirlo. Los enormes perros saltan en torno a él cuando desmonta, se rozan con sus piernas, le lamen las manos y alertan a los dos viejos criados, Guzmán y Gonzalo, quienes, junto con sus familias, labran las tierras.
Tras saludarlo, Sancha, la criada que asiste a Isabel, le franquea la puerta de la casa y lo conduce hasta su señora, que, hilando a la luz de la lumbre y de una candela, lo aguarda pese a lo tardío de la hora.
—Dios te guarde, hermano —lo saluda Isabel, y por la palidez de su rostro, Tello deduce que, una vez más, ha estado vomitando.
¿Qué mal aqueja a su hermana? Ningún médico termina de curarla, ni siquiera de pronosticarlo 8 . Pero día tras día, la enfermedad la consume y, aunque nunca hablan de ello, ambos saben que el otro piensa que la enfermedad, a no mucho tardar, se la llevará a la tumba.
Saber que Isabel morirá pronto le arde a Tello en las entrañas.
Quiere a su hermana pequeña con locura y siempre la ha protegido.
Sin duda, de nada sirven las armas, la fuerza y el valor frente al mal que corre por sus venas.
Además, cuando ella se vaya, tendrá que ocuparse en soledad de su sobrino, y eso, ciertamente y aunque tampoco se lo confiese a nadie, también lo aterra.
—¿Sancha?
—Mi señora.
—Trae la cena del señor caballero. Es tarde, pero supongo que mi hermano aún no ha cenado.