6 #2
Mientras vuelve a su casa, Samuel se pregunta, ya lo ha hecho mil veces desde que tuvo noticia de la horrible muerte de Julián de Ávila, si la información que había pasado al conde de Lara había sido la causante del asesinato.
Esperaba que no fuera así... Pero, en cualquier caso, la culpa del homicidio no recaía sobre él, sino sobre quien lo hubiera ordenado y sobre quien lo hubiese ejecutado.
Eso se repite una y otra vez, pero sin lograr convencerse del todo, y esa noche, Samuel, tampoco puede dormir bien.
De igual modo, Martín Pérez no durmió, ya que se fue a visitar la forja de un herrero.
Se le vino a la mente la llave... Esos objetos, pequeños y de hierro, los hacían los herreros, y el canónigo había visitado a todos y cada uno de ellos, excepto a este último, al que ahora, en mitad de la noche, para sobresaltarlo un poco, va a ver escoltado por seis peones y dos ballesteros de la mesnada real mandados por Tello Bermúdez, caballero del rey 1 .
La comitiva es la que es porque el asesinato de Julián de Ávila, por expreso deseo del monarca, no ha sido puesto en manos del alguacil mayor, sino del canónigo Martín Pérez, al que se le ha otorgado el derecho de servirse del auxilio de las tropas reales.
Mientras camina junto al canónigo Martín Pérez, Tello Bermúdez no lo hace de buen humor.
No logra quitarse de la cabeza las desdeñosas palabras con las que lo despidió Juana.
Pero si esa cuita no bastara, se le suma la del cielo, que amenaza lluvia y, como siempre que eso se avecina, le duele de forma espantosa la herida que un lancero genovés le abrió en la cadera.
Para colmo, necesita con urgencia dinero, ya que la cosecha que dieron sus escasas tierras fue menguada.
Así que, cuando una rata tan grande como un gato se le cruza, le da una patada a la bestezuela.
El bicho, negro como el infierno, salta por los aires y va a estamparse contra la pared de la herrería, justo dos pasos a la derecha de la puerta que da acceso al taller de Hernán Mano Martillo, herrero de dudosa moralidad y peor fama que, al ver cómo un caballero y ocho soldados uno tras otro y bien armados penetran en su forja, se queda helado, con el pesado martillo en alto y las tenazas aferrando un hierro al rojo vivo puesto sobre el yunque.
La sorpresa no se le acaba, ya que, tras los hombres de armas, penetra en su herrería un canónigo que viste hábito oscuro, luce unos ojos claros y un rostro afilado que recuerdan, mira tú por dónde, a un lobo astuto y hambriento.
—¿Hernán Mano Martillo? —pregunta, aunque no hacía falta, el alto caballero.
Hernán asiente. Le gusta trabajar de noche...
No es que le guste, es que determinados trabajos, como liberar de sus grilletes a un fugado o a un esclavo, hacer copias de llaves robadas o alterar armas sustraídas para volver a venderlas como nuevas, son actividades que requieren de sombras y cautela.
Por eso mismo, que se llene el taller con gente armada y con un canónigo al servicio de la justicia del rey es una mala, pésima, deplorable nueva.
—Veo que estáis volviendo a forjar una espada. ¿No es cierto?
La pregunta, hecha con una de esas sonrisas que te quitan las ganas de sonreír, la ha hecho el canónigo vestido de negro, que, adelantándose al caballero y a los soldados, se ha acercado al yunque para ver la espada robada que estaba modificando.
—Constato que aún conserva la marca de su anterior propietario. —Apunta el canónigo Martín Pérez, con tono ligero, pero tan malicioso que el herrero siente un escalofrío.
Sí, y, de paso, la necesidad de salir corriendo.
Esgrimiendo las tenazas que tienen sujeta la hoja al rojo vivo que estaba modificando, lanza con ellas un golpe contra el sorprendido canónigo.
Es un borrón candente dispuesto a destrozarle la cara a Martín Pérez, pero la espada de Tello Bermúdez lo detiene.
Logró desenvainarla muy rápido y parar el inesperado ataque, ambas cosas posibles únicamente cuando desde los ocho años te pasas los días adiestrándote y desde los quince te lanzas al ancho mundo a matar y a tratar de que no te maten.
El caso es que la espada del caballero no solo detiene el golpe del herrero, sino que gira, retrocede y regresa, todo en un único, fluido y centelleante movimiento. Golpea de nuevo, desarma a Hernán y termina en el pescuezo del asombrado rufián.
—Puedo abrirte en canal como a un cerdo —advierte Tello, en un tono bajo, repitiendo, sin alterarse, algo que ya había dicho su espada.
Y Hernán no necesita más. Lo han cogido.
Una noche tenía que pasarle y ha sido esta.
Después hubo preguntas, golpes y la amenaza del tormento.
No hizo falta más. Hernán reconoció que había hecho la copia de la llave que le mostró el canónigo.
Se la había encargado un hombre embozado, con acento sureño, moro, para más señas.
Ante aquella confesión, Martín Pérez saca su lista y hace una cruz al lado del nombre de al-Ricutí.
A continuación, extrae de un pliegue de su hábito la llave de la celda de Julián de Ávila, y se la tiende al caballero Tello Bermúdez.
—Miradla bien, buen caballero —le dice adoptando una expresión de esas que esperan que tú seas incapaz de atisbar siquiera lo que es evidente para él.
Tello examina la llave de hierro: una cabeza tosca, pero que quiere imitar la estilizada figura de un perro, y una dentadura bastante compleja, llena de salientes y huecos que encajan en los wards 2 de la cerradura para la que se forjó.
En suma, una llave sencilla, pero hecha para una cerradura especialmente segura.
—Es un buen trabajo. El blanco de hierro fue bien forjado, la cabeza fue doblada y cincelada con habilidad, y la dentadura, cortada con precisión mediante la técnica del punzón y luego limada con destreza.
La cerradura a la que estaba destinada era la que encargaría un hombre deseoso de mantener una puerta bien cerrada.
Martín Pérez arquea las cejas sin poder contener su sorpresa. Al fin y al cabo, este caballero, fuerte como un toro y diestro con la espada como pocos, también posee seso.
—¿A dónde os lleva eso?
Tello vuelve a clavar sus grandes ojos castaños en la llave y la sopesa antes de contestar.
—Puesto que la llave original es tan elaborada, ese rufián de Hernán Mano Martillo no pudo hacer la copia en un descuido, sino que necesitó tiempo, y ese tiempo, demasiado tiempo, hubiera alertado al desdichado Julián de Ávila de que le habían sustraído la llave.
—¡En efecto! Sois hombre sagaz, señor Tello. ¿A dónde nos lleva ahora esa conclusión?
—Es obvio, vuesa reverencia, que debieron de sustraerle la llave, pero que el tiempo de ese hurto fue breve y, por lo tanto, debieron de aprovecharlo para hacer un molde de cera que luego llevaron a ese bellaco de Hernán para que, a partir de esa muestra, forjara la copia para entrar en la estancia de Julián de Ávila.
—Martín Pérez asiente. A decir verdad, él ha llegado a la misma conclusión: uno de los asesinos tenía trato con Julián y aprovechó esa intimidad para sustraerle la llave el tiempo suficiente como para presionarla contra un trozo de cera y dejar así un apresurado molde.
—Señor caballero, me han dicho que hace unos días, junto al río, os encontrasteis con el asesinado Julián de Ávila y con el sabio al-Ricutí —suelta el canónigo con un repentino endurecimiento del gesto—.
También he oído otra cosa: que sois amigo de ese erudito árabe y que, desde vuestro regreso de las guerras de Italia, pasáis mucho tiempo conversando con él e incluso, no pude dar crédito a esto último, que visita vuestra casa y se interesa por la salud de vuestra hermana viuda.
¿Es que no halláis por ventura médicos cristianos que atiendan a la dama?
—añade, y la malicia va en aumento en el tono de su voz, como lo hace el granizo tras el trueno que desencadena la tormenta en una asfixiante tarde de fines de verano—.
Por cierto, vuestras manos son extraordinariamente grandes, fuertes y duras como granito.
Unas manos así... —concluye, y deja las palabras más peligrosas sin pronunciar, pero llenan el aire entre los dos de cortante sospecha.
Tello se tensa y cierra con fuerza la mano en torno a la empuñadura de la espada. Que alguien se atreva a insinuar siquiera su participación en un crimen es ofensa que no va a permitir, ni a este cura ni a ningún otro hombre sobre la faz de la tierra.
—¿Sabéis? Fuimos quinientos los caballeros de Castilla que el rey envió en socorro de la ciudad de Pisa para que combatiésemos en sus filas contra Génova y Florencia.
Fue una guerra dura y despiadada. Tanto que en ella no se respetaba siquiera el refugio a sagrado que debían ofrecer las iglesias, ni el resguardo que los hábitos debían dar a los curas...
¿Os llegáis a imaginar, reverendo señor, cuánta implacable brutalidad he tenido que contemplar?
Al principio, los de Castilla nos escandalizamos al ver cómo se degollaba a los curas sin remordimiento alguno.
Con el tiempo, aunque os parezca increíble, uno se acostumbra a todo —concluye.
Y lo dice tal cual como quien cuenta algo a un amigo en voz queda, pero con tanto fuego en los ojos, hasta entonces serenos y amables, que Martín Pérez no tiene duda alguna de que, en verdad, Tello Bermúdez «se acostumbró» por completo a no detener su espada ante la protección que, en teoría, deben dispensar los hábitos sacerdotales.
—¡Calmaos! —se apresura a decir el canónigo Martín Pérez ante la torva mirada que los ojos del caballero le lanzan—. ¡Mi obligación es indagar y preguntar, no lo olvidéis! ¡Vos servís al rey con la espada, yo con la mente y la palabra!