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Hacer la lista llevó tres intensos días de trabajo al canónigo Martín Pérez; a cambio, obtuvo con ella muchas jugosas novedades, y algunas de ellas fueron, podría decirse, incluso sorprendentes o escandalosas, si no para todos, al menos para los que creían conocer al difunto y malogrado Julián de Ávila.
Así, por ejemplo, entre los nombres de la lista definitiva figuraba, en dos ocasiones, el de la meretriz más famosa de Toledo: Beatriz la Loba.
Junto a ese nombre tan poco apropiado para acompañar el recuerdo de un clérigo en teoría dedicado en cuerpo y alma al estudio, también figuraban el del comerciante judío Samuel de Madrid y el de tres eruditos al servicio del rey y de su scriptorium : el judío Yehuda ben Moshe, astrólogo y médico del soberano; Juan de Aspa, un experto en astronomía, y el matemático y médico musulmán al-Ricutí.
Por último, para completar la lista, otro nombre poco apropiado: el del nigromante Egidio de Portugal.
Seis nombres. Seis sospechosos: una puta, un nigromante, un comerciante judío y tres maestros al servicio del rey Alfonso.
La cuestión ahora estaba en cómo abordarlos.
El canónigo Martín Pérez tenía experiencia en el asunto: interrogar, intimidar y confrontar.
Esas eran sus tres premisas y las puso en práctica de inmediato.
El primero en ser llamado a presencia del canónigo fue el comerciante Samuel de Madrid.
Martín Pérez lo recibió en la habitación del asesinado para poner nervioso al interrogado.
Era una estratagema que solía dar buenos resultados.
En efecto, los restos —nunca una palabra fue más apropiada, porque eso, restos, era lo único que los asesinos habían dejado del pobre Julián— habían sido retirados y cristianamente sepultados, pero el canónigo Martín Pérez había exigido que no se limpiaran las manchas de sangre oscura que salpicaban las paredes y colmaban la cama, el escritorio, el taburete, la gran vasija y cualesquiera otros objetos de aquel matadero en el que solo el suelo permanecía extraña e inquietantemente limpio.
Aquello, ser recibido allí, intimidó desde el principio a Samuel de Madrid.
Pero el hebreo tenía mucho mundo y era hombre con aplomo, y allí estaba, con sus mejores ropas y gesto controlado, ante un inquisidor de rostro ascético y mirada tan afilada como la de una espada recién salida del taller de un espadero de Toledo.
Ante las preguntas de Martín Pérez, el hebreo declaró haber atendido a Julián de Ávila diecisiete días atrás y haberle vendido una pluma de cuervo, pergamino de poca calidad y un libro titulado Liber ignium ad comburendos hostes .
Un viejo códice escrito en pergamino, ricamente iluminado y atribuido a un tal Marcos el Griego.
Una obra que versaba sobre la fabricación y el uso de sustancias inflamables útiles para la guerra.
—¿Cuánto os pagó por él? —inquiere Martín Pérez, como si eso, el precio del libro, tuviera algo que ver con que descuartizaran en vida al pobre Julián.
—Treinta y dos maravedíes burgaleses, señor canónigo.
La respuesta, precisa, clara, es la esperada en alguien que no tiene nada que ocultar y que, por ende, no titubea al trasladar datos, pormenores o detalles.
Martín Pérez conoce, desde luego y desde hace años, a Samuel de Madrid, y tiene pocas esperanzas, por así decir, de que sea el asesino, pero nunca se sabe...
Por eso mantiene un hosco silencio que ponga un poco más nervioso al mercader de libros y, mientras aguarda sus efectos, endurece el gesto y fija sus implacables ojos claros en los del hebreo.
—No hallamos ningún libro en la habitación del desgraciado Julián de Ávila —apunta al fin, rompiendo la intimidante paz y señalando con severidad con la barbilla al judío para que crea que lo está acusando de mentirle—.
Treinta y dos maravedís es una buena suma.
¿No os parece extraño que Julián de Ávila, tras pagar semejante cantidad, perdiera el libro?
—concluye, lanzando la insidiosa pregunta mientras se echa hacia delante en la silla que han dispuesto para él y, de inmediato, tras una corta pausa, habla de nuevo, haciendo un imperioso ademán para señalar una porción del suelo de la habitación—.
¡Mirad, justo ahí dejaron la cabeza mutilada del pobre Julián!
Lógicamente, Samuel se sobresalta. Pero sostiene la inquisitiva mirada del canónigo sin perder el ánimo.
Samuel es un hombre maduro, pero aún recio, y tiene poderosos protectores en Toledo y, entre ellos, no pocos grandes señores de la corte en cuya protección confía.
Pero luego, al desviar los ojos hacia el lugar del suelo que le ha señalado su interrogador e imaginar la cabeza cortada del viejo Julián de Ávila, siente que las piernas le flaquean un tanto.
En efecto, es hombre astuto y sabe que aquello, el aludir, sin venir a cuento, a algo tan horrible, no es sino una treta del canónigo para desequilibrarlo, pero, aun así, se desequilibra.
—Le vendí el libro —insiste—. Lo que con él hiciera ya no me compete, señor canónigo.
Era una obra que, según el pobre Julián, podía interesar a los hombres de guerra que comandan las fuerzas del rey.
Por eso, se la llevó con la intención de hacer una copia para ellos en la lengua romance de Castilla, ya que pocos capitanes y caballeros saben leer el latín y menos aún tienen algún conocimiento de alquimia. Eso es todo lo que puedo deciros.
Y de nuevo silencio. Silencio entre paredes encostradas con sangre oscura y que Martín Pérez aprovecha para sopesar bien lo que acaba de oír.
Y es que, aunque la voz le ha temblado un poco al hebreo, lo cierto es que su respuesta, directa, concisa, certera, no ofrece resquicio alguno para continuar con el interrogatorio, y eso fastidia un poco al canónigo.
Como buen canónigo de la catedral, le tiene un poco de ojeriza a los judíos de Toledo y no le hubiera importado echarle a uno la culpa de tan tremebundo asesinato.
Pero el rey quiere la verdad, y la verdad del asesinato que investiga, por lo visto, no tiene nada que ver con este judío.
—¿Estáis seguro de que no le vendisteis nada más al asesinado? —pregunta ahora, un poco a la desesperada y pillando con la guardia baja a un Samuel que, ante la expresión facial que había adoptado su interrogador, se creía ya a salvo de él.
El comerciante se toma ahora más tiempo del que se podría considerar necesario para responder con veracidad y luego, con un tono de voz menos seguro que el que usara antes, confiesa:
—Bueno... Es embarazoso decir esto, señor... —comienza a argumentar, azorado, indeciso, balbuciente.
—¿Me habéis mentido? —Y en el tono de la pregunta se avista el deseo de que así sea, y también un poco de rabia.
—¡No, no! Veréis, es que omití algo por piedad hacia la memoria del pobre Julián.
—¿Algo? ¡Estáis bajo juramento! —estalla Martín Pérez golpeando con la mano uno de los brazales de la silla donde está sentado.
—Lo sé, canónigo... Pero la decencia...
—¿De qué estáis hablando?
—El clérigo Julián de Ávila era aficionado a...
los placeres carnales, y en mi tienda, ya lo sabéis, no solo se venden libros, tinta, papel, pergamino, perfumes y especias, sino también drogas llegadas de Oriente, y alguna de ellas, si se sabe usar, es favorable, digámoslo así, a que el miembro viril de un hombre vuelva a ser capaz de satisfacer a una mujer.
Martín Pérez baja la cabeza como escandalizado, y el propio Samuel, con el rostro oportunamente encarnado, hace otro tanto.
Silencio, ahora uno incómodo y largo que, de nuevo, se ayunta con las paredes manchadas con la sangre del hombre de cuya intimidad hablan, y cuando Martín Pérez vuelve a alzar los ojos, en su clara mirada hay severidad, y su rostro, anguloso y un tanto ascético, está repleto de pretendida dignidad.
—Está bien, Samuel de Madrid, podéis iros. Pero os exigiré algo.
Ante aquello, Samuel se pone rígido y nota un repentino malestar que muta en un sudor que se reúne en las palmas de sus manos y le corre por la espina dorsal.
No es para menos, ya que el hombre que tiene enfrente, el canónigo, tiene fama de duro y sagaz, y el rey le ha dado poder para investigar, detener y hasta someter a tormento con el fin de descubrir quién asesinó a Julián de Ávila.
Un hombre con esos poderes y ese carácter puede meter mucho miedo, sobre todo cuando exige algo.
—No quiero que nadie más sepa que Julián de Ávila frecuentaba vuestra tienda en busca de semejantes sustancias. ¿Entendido? Era un clérigo y, por añadidura, un sabio al servicio del scriptorium del rey. Su memoria tras su terrible muerte debe permanecer limpia de toda mancha. ¿Queda claro?
Samuel asiente con la cabeza antes de bajarla y, al hacerlo, se permite una oculta y desdeñosa sonrisa: hipocresía. Eso es lo que rige el mundo de los poderosos que hablan en nombre de Dios, con independencia de si escriben su nombre como Yahvé, Cristo o Alá.
—Por supuesto, podéis contar con mi discreción, señor canónigo —contesta, alzando de nuevo el rostro, que ya no luce la oculta sonrisa, sino una conveniente y comprensiva expresión.
Y se va. Aliviado de abandonar la habitación colmada con el aroma de la muerte y, ante todo, de salir con bien de aquel trance al lograr mantener en secreto tres cosas: que había vendido un segundo libro al asesinado Julián de Ávila; que todavía conservaba en su poder el primero de los códices que el finado compró, el tratado sobre sustancias inflamables de Marcos el Griego; y lo más importante, que se había apresurado a informar al todopoderoso consejero del rey, don Nuño González de Lara, de que el libro que finalmente se había llevado el clérigo tenía algo que ver con un thesaurós , esto es, con un tesoro.