Muerte en Toledo 5 #2
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5 #2

—Acerca la antorcha a esa mancha amarilla, muchacho —ordena con voz calma al asustado Miguel.

Acompañado de la luz, Martín Pérez examina la marca y luego, para sorpresa de Miguel, pega la nariz al suelo y olfatea.

—Orina. Esto es orina —dice reflexivo mientras se pone en pie y se sacude las manos blandas de erudito—. ¿Qué quiere decir todo esto, joven Miguel?

Pero el joven Miguel se limita a tragar saliva con dificultad y a mirarlo con ojos dilatados de puro terror. Así que Martín Pérez chasquea la lengua ante tan poco carácter y se explica:

—Tu maestro, justo antes de morir, trabajaba en una copia o en cualquier otra labor de escritura.

Entonces, cuando ya se hallaba en la limpieza y guardaba sus útiles de copista, lo sorprendieron por la espalda, lo arrastraron hacia atrás tapándole la boca y lo colocaron en el taburete justo ahí, sobre esa mancha de orina.

La orina de Julián de Ávila. Luego, probablemente para evitar que los meados de tu maestro lo salpicaran, el asesino lo arrastró un poco más allá —señala junto a una de las encostradas paredes— y dio inicio a la orgía de sangre —continúa Martín Pérez con una serenidad y una frialdad que pocos pueden poseer.

—¿Cómo podéis saber eso, señor canónigo? —se atreve a preguntar el muchacho, estimulado, por así decirlo, por la calma y reflexiva actitud de Martín Pérez.

—Es evidente, Miguel. Si el asesino hubiera comenzado a herirlo cuando a tu maestro se le soltó la vejiga, la sangre se hubiera mezclado con la orina y, teniendo además en cuenta cuánto se preocupó el asesino por limpiar del suelo cualquier rastro de sangre, no habríamos podido detectar la marca amarilla.

El joven se queda con la boca abierta ante la explicación.

Aquello sigue dándole mucho miedo, desde luego, pero Martín Pérez, el canónigo, muestra tanto aplomo y tanta sagacidad, y lo explica de manera tan lógica, que el gusto por el saber que siempre ha poseído a Miguel comienza a alentar su interés y a amortiguar el terror que lo embarga.

El muchacho mira en dirección a Martín Pérez y lo ve examinando de nuevo el suelo y las paredes: el primero tan limpio; las segundas, tan repletas de sangre.

A la luz de la vela y la antorcha, Miguel ve a un hombre de cincuenta y tantos años, enjuto, con cabellos entrecanos que flaquean en la coronilla, rostro agraciado, bien afeitado y ojos pequeños, vivaces y de claro y cambiante color.

—Sí, definitivamente. El asesino o los asesinos se tomaron la molestia de quitar la sangre del suelo —vuelve a decir Martín Pérez—.

Fíjate, Miguel, ¿no ves que la vasija, esa grande de ahí, no tiene ni una pizca de agua?

Salta a la vista que la usaron para limpiar el suelo, y emplearían también esas sábanas que hay ahí tiradas en un confuso montón y que tan sucias parecen —dice ahora señalando con la vela las cosas que nombra—.

Pero eso, joven Miguel, nos debería llevar a la gran pregunta.

—¿La gran pregunta? —balbucea el joven.

—¿Por qué?

Miguel trata de pensar en la respuesta, de veras que sí.

Pero entonces su mirada termina por posarse en la cabeza cortada de su maestro, que, sin ojos en las cuencas, parece hacerle también la misma pregunta: «¿Por qué?

». Así que se le seca la boca, primero, le sube una náusea, después, y, oh fatalidad, vuelve a inclinarse para vomitar.

Así que Martín Pérez, meneando la cabeza con fastidio mientras su improvisado ayudante se alivia, termina por contestar él mismo a su propia pregunta:

—No fue un asesino, sino al menos dos, los que se cebaron con el desgraciado Julián de Ávila.

El demonio no estuvo aquí. El diablo no necesita borrar huella alguna.

Los hombres sí. Piensa en esto cuando termines de echar fuera la cena, muchacho.

Si solo hubiera intervenido un asesino, no le habría importado que viésemos sus huellas.

Pero, por el contrario, se afanó en borrarlas todas, las suyas, las de Julián de Ávila y las de su compañero.

Lo que quería ocultar era que no actuaba solo.

—¿Cómo entraron en la habitación sin que mi maestro se alertara de ello y gritara? Habéis dicho que estaba guardando sus útiles de escritura cuando lo sorprendieron —pregunta ahora el joven, quien, por lo visto, tiene más clara la mente tras aclararse también el estómago.

—¡Buena pregunta! ¿Cómo crees tú posible semejante cosa?

Miguel se toma su tiempo. Lleva, llevaba, cuatro años aprendiendo y trabajando con Julián de Ávila, y pocos hombres eran tan metódicos y cuidadosos como su finado maestro, y entre sus muchas manías cuidadosas estaba la de cerrar con llave la puerta de su habitación cuando se quedaba a solas.

—Mi maestro siempre echaba la llave si estaba aquí dentro —afirma convencido—. Pero la puerta, eso lo comprobé yo mismo, estaba abierta y no estaba forzada.

—¿Eso a dónde nos lleva? —inquiere Martín Pérez, alentando con un gesto de la mano que porta la vela y con su aguda mirada al ahora huérfano discípulo.

—Bueno... Si mi maestro no abrió la puerta, si no se percató de que entraban y si la puerta no fue forzada...

—¡Tenían la llave o una copia de ella! —completa Martín Pérez, quien, por lo visto, es de los que no esperan—. ¿Y a dónde nos lleva eso?

—¡El asesino... o, mejor dicho, los asesinos, conocían a mi maestro o lo frecuentaban lo suficiente como para robarle la llave!

—¡En efecto, muchacho! Así que vamos progresando: primero, aquí no hay diablo que valga.

El diablo no necesita limpiar sus huellas, ya que no es un ser material, ni tampoco necesita hacerse con ninguna llave para traspasar una puerta.

Segundo, fueron dos o más los asesinos y tenían interés en que ese dato no se descubriera.

Tercero, Julián de Ávila fue sorprendido.

No esperaba el ataque y lo sufrió justo cuando terminaba de trabajar.

Cuarto, los asesinos habían tenido acceso a la llave de su habitación y, por ende, o conocían al asesinado o compartieron con él espacio y tiempo.

Y quinto, y muy importante: el móvil del asesinato fue lo que tu maestro estaba escribiendo.

¿Por qué? —pregunta, pero es pura retórica, pues ya tiene la respuesta—.

Porque, como ves, muchacho, en esta habitación no ha quedado ni un papel, ni un folio de pergamino, ni un libro...

¡Nada! Los asesinos, evidentemente, se llevaron todo aquello que pudiera dar soporte a unas líneas de escritura.

Miguel asiente, un tanto bobalicón, por cierto, ya que aquello, una vez más, lo ha dejado con la boca abierta.

Y es que, en efecto, la estancia de su maestro estaba, por lo general, repleta de hojas de papel y pergamino, de libros a medio leer o a medio copiar, de apuntes...

En suma, de escritura que ahora, allí, en presencia de tanto horror y tanta sangre, no aparece por ninguna parte.

Entonces, un brillo metálico, proveniente de un rincón, atrae su atención y, dando unos pasos, se agacha y recoge el objeto en cuestión para gozo de Martín Pérez: una llave.

—¡Magnífico, muchacho! ¿Sabes lo que significa eso?

—Y como Miguel niega con la cabeza, se lo aclara—: Puesto que la llave sigue aquí, abandonada, lo más lógico es pensar que no la necesitaron para abrir la puerta.

Dicho de otro modo, la abrieron con otra, con una copia, y eso indica que el crimen fue planeado con tiempo.

Tiempo para robarle la llave a Julián sin que se diera cuenta y tiempo para hacer una copia a toda prisa, antes de que echara de menos la original.

—Y al llegar a ese punto, Martín Pérez se queda mirando a Miguel con otros ojos, y, cuando el chico comienza a ponerse nervioso, se acerca a él, lo toma por la barbilla y lo taladra con la mirada.

—¿Te llevabas bien con tu maestro?

Miguel tarda en responder. En primer lugar, porque no le salen las palabras de tanto miedo que le imprime la inquisidora mirada de Martín Pérez, y, en segundo lugar, porque, ciertamente, pese a que a veces era un poco excéntrico, adoraba a su maestro.

—Era para mí como un padre, señor canónigo —responde al fin.

—¿De veras? Bueno, lo comprobaré. Ahora, por lo pronto, vamos a preguntar a todo el mundo y a confeccionar con sus respuestas una lista de todas las personas con las que Julián de Ávila pasó tiempo durante sus últimos días.

Te diré una cosa, muchacho: entre ellas hallaremos a los asesinos de tu maestro.