5
Miguel de Zamora tiene diecisiete años y adora el conocimiento.
Precisamente por eso es discípulo y aprendiz de Julián de Ávila, y por eso también, porque es un muchacho despierto y de buen corazón, decide ir a ver qué le pasa a su maestro, al que lleva sin ver dos días con sus respectivas noches.
Así que deja el scriptorium y se encamina a la estancia que ocupa su maestro y, tras llamar a la puerta sin obtener respuesta alguna, se atreve a empujarla, lo que le hiela el corazón.
Julián de Ávila nunca, nunca se deja la puerta abierta cuando está dentro de su habitación.
Está dentro... ¡Vaya que si lo está! Esparcido por todos lados y casi irreconocible.
Su cuerpo ha sido salvajemente mutilado y la carnicería resultante, con su rosario de partes cercenadas, sangre coagulada y entrañas desparramadas, golpea los ojos, la mente y el estómago del pobre Miguel, quien, al ver aquello, se dobla en dos y vomita el desayuno.
Cuando logra enderezarse, solo tiene aliento para hacer dos cosas: ponerse a gritar y salir corriendo.
Fue el comienzo de un día extraño. ¿Cómo denominar si no a uno en que se tiene claro que ha aparecido el diablo?
Aquello, la espantosa muestra de crueldad y barbarie que representa el cadáver mutilado de Julián de Ávila, solo al demonio puede atribuírsele.
¿Por qué tan terrible ser se cebó así con un pobre clérigo?
Algunos recordaron entonces, alarmados y con un comedido tono de reproche —pues uno no empieza a hablar mal de los muertos cuando están aún de cuerpo presente, aunque el susodicho esté despedazado—, que Julián había sido discípulo del mago Miguel Escoto y que frecuentaba, de tanto en tanto, al oscuro y mal afamado nigromante Egidio de Portugal, y, claro, ya se sabe que quien tienta al diablo lo encuentra.
Otros apuntaron en dirección al pecaminoso gusto por las mujeres que el difunto tenía y que, aunque trataba de ser discreto, era cosa tan notoria como escandalosa y, quizá también, digna de recibir castigo.
En cualquier caso, habladurías aparte, la mala nueva alarmó a todos y corrió como la primavera en abril hasta llegar a la corte y a los oídos del rey.
Cuando Alfonso recuperó el ánimo en sus habitaciones, fue capaz de reflexionar de nuevo con cierta tranquilidad y llegó por sí solo a la única conclusión racional: la crueldad desmedida es atributo que pertenece a los hombres en exclusiva.
El diablo se limita a empujarlos en la dirección del mal, pero son las manos humanas las que causan el dolor y las que de sangre se manchan.
Dicho de otro modo, un asesino andaba suelto y lo mínimo que podía hacer por el alma del pobre Julián de Ávila era descubrirlo, apresarlo y someterlo a justo castigo.
Nadie había visto ni oído nada y nadie conocía razón alguna para tan cruel asesinato, ni se sabía nada sobre un enemigo manifiesto que pudiera haberlo llevado a término con semejante mala saña.
Por otra parte, no era fácil hacer con un hombre lo que con Julián de Ávila habían hecho.
Para llevar a cabo algo así, se necesitaba habilidad con el cuchillo, desde luego, pero también conocimientos de anatomía y medicina.
Y es que el cuerpo, o lo que de él quedaba, mostraba señales de haber recibido no solo heridas, sino también apresuradas curas que impidieron que se desangrara antes de tiempo.
Aquello era, en suma, no solo un horrendo asesinato, sino también un enigma, y Alfonso, tras la cena, decidió llamar al más sagaz de los hombres del reino para resolverlo: a Martín Pérez de Zamora.
Canónigo de la catedral, médico, jurista, teólogo y astrónomo, y, además, un hombre avezado en enfrentarse al mal y en descubrir dónde se esconde.
Martín Pérez de Zamora tiene cincuenta y cuatro años y un buen dolor de cabeza.
Es una combinación perfecta para que tuerzas el gesto si alguien, a las once y media de la noche, se pone a aporrear tu puerta y a gritar tu nombre para sacarte de la cama.
El primer impulso es mandar a paseo a quienes profieren con tanto ímpetu su nombre, pero entre las voces Martín Pérez distingue la de alguno de los hombres del rey, y entre sus palabras a gritos reconoce un mensaje claro y que no se puede desatender: el rey Alfonso ordena que acuda de inmediato a su presencia.
La extrañeza y el miedo se mezclan en sus pensamientos mientras trata de vestirse a toda prisa.
El hecho de que un rey, por muy sabio que sea, exija tu presencia al filo de la madrugada suele traer malas nuevas, de esas que acostumbran a venir acompañadas del filo del hacha.
Semejante ira real la ha despertado con algunas cosas que espera que nadie sepa y que ahora mismo, mientras se calza las austeras sandalias, ruega a Dios que nunca se conozcan y que el rey siga ignorando.
Tiembla, quizá de frío, quizá de miedo, quizá de ambos.
Abre al fin la puerta y la luz de tanta antorcha lo ciega un instante y lo obliga a parpadear, los ojos claros se le llenan de lágrimas que, Cristo Bendito así lo quiera, espera que no sean un anticipo de las que tenga que llorar si las cosas van mal.
Sin embargo, no van mal, o al menos no para él.
Durante la apresurada caminata que emprende escoltado por los hombres del rey, a su asustada mente llegan retazos de confusas informaciones que mezclan cosas tan extrañas como pueden serlo el diablo, la muerte de uno de los sabios que trabajan bajo la protección del rey y también, con todo ello, nigromancia, misterio y crueldad sin límites.
Todo así, de corrido, medio gritado, medio mascullado y sin que pueda ordenarse en algo que tenga pleno sentido.
En este estado, atribulado, tiembla y trata de guardar una calma que no tiene.
Lo llevan en presencia del rey. Lo acompaña don Nuño González de Lara y el joven arzobispo de Toledo, Sancho de Castilla.
Aquel lo aguarda envuelto en un pesado manto de lana cuartelado con las armas de sus reinos y bordado en oro sobre fondo carmesí.
—Os he convocado, mi buen Martín Pérez, para que esclarezcáis si el crimen que angustia a Toledo lo cometió el diablo, como algunos dicen o, como yo considero, algún malvado que permanece en la sombra.
Martín Pérez de Zamora casi suspira de alivio al comprobar que, efectivamente, aquello, después de todo, nada tiene que ver con sus faltas, sino con las de otros.
¡Vaya faltas! Cuando le cuentan en detalle lo que ha pasado, visita la habitación del crimen y analiza lo que allí encuentra, le tiembla el alma.
Aquello, en verdad, solo puede ser obra del diablo.
Está solo. Los hombres del rey que lo han llevado allí se han querido ahorrar tener que volver a lidiar con aquel desazonador y carnicero misterio.
En cuanto al tembloroso Miguel, el discípulo del fallecido, al que se ha ordenado que lo asista, ha preferido también quedarse junto a los hombres de armas, en la puerta de la estancia.
Al verla, a Martín Pérez se le ocurren otros nombres más ajustados a lo que está viendo: matadero es uno de ellos.
Allí no se ha cometido un asesinato, sino que se ha llevado a cabo un ritual satánico o lo que uno pueda imaginar que se podría hacer si se quisiera agradar al mal más absoluto.
Por las paredes y muebles hay sangre encostrada y pedazos de carne humana, y en el centro, abandonada, mutilada, está la cabeza de Julián de Ávila.
Es una imagen muy inquietante para ser contemplada a la luz de una solitaria vela, la que sostiene en alto Martín Pérez.
Afuera, en silencio, aguardan los guardias y el discípulo del desgraciado sabio despedazado.
Las antorchas que portan también prestan algo de su luz al macabro espectáculo y hacen danzar sombras siniestras por la habitación, un espacio que Martín examina con cuidado y tratando de imponerse al miedo.
Lo primero que le llama la atención es que las paredes, el escritorio, el taburete, la cama, la vasija, la jofaina, la jarra, la mesita y hasta el último objeto y mueble de la habitación están empapados o salpicados de oscura sangre reseca, pero el suelo permanece totalmente limpio de ella.
Eso no es natural y obliga a Martín Pérez a agacharse y acercar la vela al piso de la estancia en busca de más información.
No la halla: el suelo, pulgada a pulgada, está limpio..., limpio de sangre. Demasiado. Es evidente que alguien se tomó la molestia de limpiarlo antes de dejar el escenario del crimen, y quien se toma una molestia busca ocultar algo.
—¿Miguel? —llama al tembloroso discípulo de Julián de Ávila, quien, a regañadientes, entra en la habitación sujetando, o eso intenta, una antorcha.
La suma de nueva luz afirma a Martín Pérez en su suposición: aparte de las marcas de vómito dejadas por Miguel y por el rey, el suelo está libre de sangre excepto por una mancha amarillenta situada a tres pasos del taburete volcado.
Con cuidado, Martín Pérez se acerca al escritorio y recoge del suelo una pluma de cuervo.
Al acercarla a sus ojos azules y penetrantes, observa que la fisura de la negra pluma está limpia de tinta 2 .
Evidentemente, Julián de Ávila, experto en las artes de la escritura, la limpió antes de...
guardarla. Dicho de otro modo, lo asesinaron justo cuando terminaba de concluir un trabajo de escritura.
Raudo, Martín Pérez examina con cuidado toda la habitación, pero no halla pergaminos, ni papeles que justifiquen que Julián de Ávila acabara de terminar de escribir cuando el asesino —o asesinos— se le echó encima.
Una idea le acude entonces a la cabeza. Se gira con brusquedad, se encamina al sólido escritorio y observa la posición del taburete caído y, un poco más allá, la de la extraña mancha de color amarillo: la única que, junto con las de vómito, mancilla el suelo limpio.