Muerte en Toledo 4
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Frío, noche, luz y un libro. Todo eso junto y un hombre al que la ambición ha trastornado tanto que la soledad le parece ahora palacio, y el futuro, un paraíso que lo aguarda con las puertas abiertas.

Vuelve a mojar en el tintero la pluma negra de cuervo y repasa de nuevo el texto del viejo códice, continúa adelante con su censurada copia, la que entregará al rey y no contendrá nada que pueda conducir al tesoro.

Una noche más de trabajo. Una más... Cuando llega la mañana, agotado más allá de toda medida, Julián se levanta, toma el viejo códice y lo oculta en el lugar secreto que ha dispuesto para tal fin. Luego, sin recoger nada más, se tiende en la cama y se queda dormido.

Despierta por la tarde. Tiene hambre y, como no quiere perder tiempo, en vez de ir a comer algo, se contenta con roer un trozo de pan duro que le quedó de la cena y que acompaña de una pizca de queso que guardó.

Fortalecido, extrae el libro de su escondite y trabaja de nuevo en su desciframiento y en la copia parcial que de él hará.

Una hora, dos horas, tres.... Símbolos que desentrañar, cálculos que repasar, mediciones que hacer, trayectorias que trazar, palabras que traducir y, finalmente, tras tantos días y noches, descubre, ya sin duda alguna, el lugar a donde tendrá que ir a buscar su tesoro.

Su tesoro. Solo suyo será. Está tan feliz, tan satisfecho de sí mismo como astrónomo, matemático y geógrafo que decide de inmediato darse descanso y alegría.

Por hoy no trabajará más, sino que irá a casa de Beatriz la Loba a solazarse, a cenar como Dios manda y a festejar que, en unos meses, sí, en tan solo unos meses, será uno de los hombres más ricos del mundo.

Decidido, eleva los ojos como para dar gracias a Dios, esconde con cuidado el viejo códice, oculta también la copia y traducción que lleva a cabo y, una vez hecho esto, puede asearse.

Para ello, la gran vasija repleta de agua, la jarra que junto a ella descansa y la jofaina dispuesta en una mesita, y, sonriente como un niño, se pone a recoger sus utensilios de escritura.

Entonces le tapan la boca. Una mano recia y callosa se la cierra a la par que tira con fuerza de su cabeza y lo hace caer al suelo.

Espantado, Julián trata de morder la mano, pero un fuerte golpe en el costado de la cabeza y el pinchonazo de una daga en las costillas le advierten de que no es buena idea.

Lo ponen en pie sin dejar de taparle la boca, y tiene tanto miedo que se mea encima.

Los ojos se le desorbitan, ya que quien lo sujeta con tanta violencia acaba de deslizar la hoja del cuchillo hasta su entrepierna para clavársela en los testículos.

El aullido de dolor que entonces lanza es ahogado, y en el terror que viene después, Julián comienza a comprender que va a morir, pero no antes de sufrir lo indecible.

Por alguna razón, oculta en ese lugar incomprensible que toda alma humana alberga, la certeza, la de una muerte dolorosa, no lo lleva a la desesperación, sino que lo provee de un inesperado asidero de valor.

No dirá nada, se espeta a sí mismo antes de que comience la carnicería.

No, no dirá nada. El tesoro, ahora que no va a ser suyo, no será de nadie.

El dolor regresa. Una y otra vez. Sangre, miedo, obstinación y muerte en Toledo.

Y oculto, allí mismo, un libro por el que se mata y por el que se muere.

Así, tras el sufrimiento, tras el pánico, las lágrimas y la sangre, el silencio, y, con él, Julián emprende el largo viaje que le profetizó su amigo Egidio de Portugal: el que da comienzo cuando se abre la puerta que franquea la muerte.

Entonces la noche se quiebra en frenética búsqueda: la de los asesinos que ansían aquello que Julián se ha negado a revelarles pese a la tortura que sin misericordia le infligieron.

Pero por más que revuelven, destrozan, examinan, comprueban, no hallan lo que buscan, y, frustrados, tres horas antes del amanecer, se van como vinieron, entre sombras y en silencio.