Muerte en Toledo 3 #3
9%

3 #3

—¿Propósito? El devenir de los hombres solo tiene uno: la muerte, y de ese, Julián, no puedes triunfar.

Ante aquella respuesta, Julián, fastidiado, chasquea la lengua y aguarda a que Egidio deje de inhalar vapores y se le acerque.

Cuando lo hace, el portugués tiene los ojos desenfocados y enrojecidos, pero a la vez extrañamente vivaces e intensos y con pupilas tan dilatadas que parecen salírsele del rostro oscuro.

—Andas trabajando en un libro. Uno que está maldito —le susurra Egidio, en teoría poseído.

—Siempre ando con libros y todos pueden ser, según convenga, maldecidos o santificados.

Tales cosas no dependen de ellos, sino de los hombres que los leen.

¿Qué clase de patético demonio te ha poseído que solo es capaz de revelarte lo que es evidente?

—se mofa Julián, molesto e hiriente, ya que aquella pantomima no le impresiona lo más mínimo.

Egidio no le responde de inmediato. Ahora los ojos le parpadean a toda velocidad y de sus labios brota una espumilla teñida de un alarmante rosa sanguinolento.

—Este libro es y será distinto... —añade Egidio, con un cambio en la voz—. Lleva cosas ocultas consigo y te llevará a emprender un largo viaje. El más largo de cuantos has hecho.

Eso sí que agrada e impresiona a Julián de Ávila. Si su secreta empresa tiene éxito, si descifra por completo el libro, ciertamente emprenderá un largo viaje para hallar el tesoro de Alejandro.

—Con eso me basta... Toma los doce maravedís que me pediste, y ahora deja de hacerte el poseído e invítame a un buen vaso de vino —espeta, con sorna, pero satisfecho, a su viejo compañero de estudios.

Egidio reprime las palabras airadas que se le juntan en la lengua y, tras los labios, se esfuerza por sonreír, toma las monedas y rebusca en un arca destartalada un par de vasos que luego llena con el contenido de una jarra de vino.

Le molesta que Julián se burle de sus artes oscuras, pero necesita dinero.

La vida de un nigromante, en contra de lo que suele creerse, es bastante penosa.

Leer el futuro, en estos tiempos, da para poco, y en cuanto a invocar demonios, tampoco suele ser vehículo que llene de plata una bolsa vacía.

Así que no le va a hacer ascos al dinero de su viejo compañero, sino todo lo contrario.

Fuerza una sonrisa descarada y se sienta de nuevo junto a Julián.

Luego, en silencio, alzan los vasos y beben.

Dos sabios compartiendo recuerdos de juventud.

Eso es todo. Pero cuando Julián deja la cueva, Egidio aviva el fuego que calentaba la olla y, cuando los vapores vuelven a surgir de sus metálicas entrañas, torna a aspirarlos para que la mente se le abra y le muestre los secretos en los que, realmente, se encuentra trabajando Julián de Ávila.

Julián sigue a su tarea. Noche tras noche, entre sombras y secretos, labora hasta el agotamiento.

Una madrugada, con la mente embotada de tanto estudiar, copiar y traducir, Julián siente que necesita evadirse...

Se para a pensar en cuánto tiempo lleva sin poseer a una mujer.

La respuesta le llega a la entrepierna en forma de molesto calambre.

Así que decide «hacerse un regalo» y acudir a la casa de Beatriz la Loba, una joven viuda, bella como un atardecer y que, por un precio crecido, pero justo, recibe en su casa a quien tenga oro para pagar sus servicios.

Julián lo tiene. Así que, discretamente, se encamina a la casa de Beatriz y, durante una hora, bendita hora, se olvida del libro y del tesoro que guardan los astros en él dibujados con costosas tintas.

Beatriz sabe más que ninguna otra mujer de Toledo de las artes de Venus.

Una fémina con semejantes mañas consigue que un hombre ya satisfecho se vuelva imprudente.

Julián no es la excepción: tendido sobre la cama de Beatriz, agotado y dichoso, deja fluir sus pensamientos y deseos, ya que tiene la necesidad de vaciar, por así decir, su enfebrecida mente.

No es que sea un necio, pues cree estar a salvo mientras habla en latín, y Beatriz, aburrida ante semejante e incomprensible cháchara, se incorpora y se entretiene peinándose los largos y rubios cabellos.

Su espléndido cuerpo desnudo ofrece una estampa tan maravillosa como tentadora, y el rijoso Julián se deja llevar en tan placentera contemplación.

Se engaña al convencerse de que, cuando tenga en sus manos el tesoro, podrá vivir sus últimos años en gozo cada día con aquella magnífica hembra.

Tal pensamiento logra algo que no había ocurrido en los últimos veinte años: que el miembro viril del viejo sabio se reanime, vigorosamente.

Media hora más tarde, cuando Julián queda de nuevo satisfecho y Beatriz, solícita, lo ayuda a vestirse, ambos se despiden con una caricia y una sonrisa bien pagadas por el oro del sabio.

Luego, con premura, la meretriz regresa a su cuarto, se viste a toda prisa y sale a la noche, embozada en un amplio manto, para ir con prisa a la casa de un hombre que, al igual que ella, sabe latín.