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Tello Bermúdez tiene los ojos grandes y del color de la miel de naranjo, lleva el rostro afeitado, los abundantes cabellos lacios le enmarcan el rostro bien formado como lo haría la melena de un león, y todo en él parece señalar en una misma y única dirección: es un hombre fuerte, leal y bueno.
—Os veo ocupado, maese al-Ricutí —dice el caballero a modo de saludo—.
Me habían dicho que os hallaría por aquí, de paseo y cavilando, y os buscaba para que me contaseis más cosas sobre las guerras del gran rey Alejandro a cambio de que yo os hablase de Pisa, Florencia y Génova.
Pero veo que el célebre erudito Julián de Ávila está con vos. Así que no os importunaré.
—Buen caballero, vuestra compañía siempre es grata para mí.
¿Qué os pasa? Se os ve ojeroso y con mal semblante...
¿Acaso estáis preocupado por la salud de vuestra hermana, la dama Isabel?
¿Queréis que acuda de nuevo a atenderla como médico?
¿O sois vos quien ha caído enfermo? ¿Queréis que os examine?
Ante la amistosa y atropellada reacción del erudito andalusí, Tello Bermúdez sonríe tristemente y niega con la cabeza. Al-Ricutí no solo es un afamado matemático y un instruido astrólogo, sino también un diestro médico, pero el mal que él padece no tiene cura.
—No, pero os lo agradezco. He salido de la ciudad para ejercitar a mi caballo y despejar la mente, y ya es hora de regresar con mi hermana Isabel. Pero mañana, si os place, hablaremos en mi casa de Alejandro y de Italia —se despide y se aleja a medio trote. Deja a los dos sabios junto al río.
La noche llega, así que también ellos emprenden el camino de regreso a Toledo.
Pronto avistan las puertas de la ciudad y Julián cree entonces llegado el momento de retomar la conversación en el punto en que la habían dejado y que tanto le interesa.
Sin embargo, cuando el animado diálogo entra de lleno en el asunto de los misterios que la perdida obra de Aristóteles hubiera podido realmente contener, al-Ricutí se torna, por así decirlo, «más prudente».
Tanto que, cuando cruzan las puertas, sella sus labios en el preciso momento en que Julián se atreve a plantearle algo que empieza a sospechar y que le ronda la mente desde hace unos días: que el libro no solo contiene sabiduría para saber gobernar a los hombres y conocimiento astrológico, alquímico y mágico para dominarlos, sino también un tesoro, digamos, más «material».
—¿Calláis? —aguijonea al árabe, deseoso de que al-Ricutí responda de una vez y le desvele más cosas sobre el Secretum Secretorum .
—Hombres como nosotros, amantes del saber, no deben hablar de cosas profanas... —se excusa el andalusí.
—¿Profanas? —insiste Julián, deteniéndose en el punto en donde sus caminos deben separarse para conducirlos a sus respectivas moradas.
Pero al-Ricutí, tozudo, calla. Julián, audaz, se decide a actuar sin más dilación y, al tiempo que se saca la bolsa de debajo del sencillo hábito, toma las manos del sorprendido árabe y se la entrega.
Al-Ricutí es un hombre que gasta demasiado.
No le faltan caprichos en los que hacerlo y, para colmo, es generoso y tiene esa cara manía de ser piadoso en extremo y no querer cobrar a los enfermos por sus servicios como médico.
Así que siempre anda en busca de oro que complete el estipendio del rey.
Julián lo sabe y a sus sesenta años también es conocedor de otra cosa: de que el oro suelta todas las lenguas. Y la de al-Ricutí no es una excepción.
—Algunos afirman que Aristóteles hizo dos versiones del Secretum Secretorum , esto es, de la obra que escribió para Alejandro Bicorne 4 : la primera contenía solo la sabiduría que el rey le demandó y que le era necesaria para dominar y gobernar el mundo que había conquistado; mientras que la segunda, efectuada tras la muerte del gran rey, era, además, depositaria de las claves que permitían hallar el inmenso tesoro que envió Alejandro a su maestro y que este se vio obligado a ocultar cuando tuvo que huir de Atenas para salvar su vida.
Por eso, ciertamente y no por otras razones que se aducen de manera errónea, el libro recibió su segundo nombre: El tesoro de Alejandro . Se dice que permite encontrarlo.
—¿Tesoro?
—Sí, ¿acaso no recordáis que Alejandro envió a su maestro ochocientos talentos de plata?
Cuando Alejandro Bicorne murió de forma inesperada en Babilonia 5 , los atenienses, libres del miedo que le tenían, se revolvieron contra Aristóteles y quisieron condenarlo a muerte, tal y como, décadas atrás, habían hecho con Sócrates.
Pero Aristóteles, al contrario que Sócrates, no se quedó a defender su inocencia, sino que huyó a Calcis, en la isla de Eubea, para ponerse a salvo.
¿Y sabéis que nunca hallaron su enorme tesoro?
Y nadie lo hará. Ese tesoro quedó bien oculto y las pistas para encontrarlo quedaron, a su vez, crípticamente escondidas en un libro que, sin duda, fue destruido en Bagdad y que nadie podrá ya ni leer ni descifrar.
No hay más palabras. Julián se despide de al-Ricutí y el sabio musulmán se aleja en la noche mientras su compañero de paseo, pertrechado con tan reveladoras noticias, sonríe satisfecho. Ahora está más seguro que nunca de que tiene en su poder el auténtico El tesoro de Alejandro .
Envuelto en las sombras nocturnas, oye aún el eco de los pasos de al-Ricutí.
Julián tiene el loco impulso de ir corriendo a solicitar audiencia con el rey para mostrarle triunfante el maravilloso códice que el destino le ha entregado.
Pero cuando regresa a su habitación, de nuevo a solas con el libro, sus cansados ojos se enredan un instante en las posiciones que marcan sobre la suave vitela una serie de crípticas imágenes, cifras y palabras primorosamente trazadas y caligrafiadas con carísimos cinabrio, lapislázuli y malaquita, y es como si los ángeles bajaran del cielo para revelarle los secretos más ocultos.
Todo cobra entonces sentido. Tanto que la boca se le seca y se siente desmayar.
Lo que realmente revelan las enigmáticas imágenes, cifras y palabras es un lugar...
, uno muy especial, pues es aquel en el que Aristóteles, mil seiscientos años atrás, escondió su tesoro.
Aunque... los muertos no poseen nada... No, ese tesoro ya no pertenece al maestro de Alejandro Magno, sino que le pertenece a él, a Julián de Ávila.
Ahora, si consigue descifrar por completo las claves, pasará a ser suyo.
Así que se pone a trabajar de nuevo, como un poseso, sobre lo oculto que Aristóteles había escondido en lo secreto.
No puede darse tregua, pues ahora tiene un claro y urgente propósito: hará una copia del libro en la que eliminará, cuidadosamente, cualquier pista o indicación respecto a dónde se oculta el tesoro de Alejandro.
Esa será la copia que enseñará glorioso al rey y por la que recibirá una buena cantidad de oro.
Pero la auténtica copia del original aristotélico, la que contiene por completo el deteriorado códice que la fortuna ha querido guiar hasta sus manos, se la quedará él.
Le gusta pecar, y pecar es caro. Tanto que no le basta con lo que el rey le da o con lo que le pueda ofrecer, pero sí con lo que podrá hallar si parte en busca del gran tesoro que Alejandro el Grande entregó a Aristóteles.
Así se sucedieron sus días y sus noches.
Las de un sabio de sesenta años que, de repente, se niega a ser viejo y sueña con futuros de opulencia y dicha.
Un hombre transmutado por la ambición. Un erudito que se agota, jornada tras jornada, en el estudio de un libro escrito para desconcertar a los que se creen sabios.
En suma, un hombre que se anima a seguir adelante imaginando las inmensas riquezas que le aguardan.
Por supuesto, el suyo era un sueño descabellado.
Pero esos son los sueños que mueven a los hombres.
En cierta ocasión, nervioso más allá de toda medida, decide acudir a la compañía de un viejo amigo: Egidio de Portugal.
Antaño fue discípulo de Miguel Escoto. Ahora, su reputación está arruinada por su desmedida afición a la nigromancia.
Es un hombre marginado y excluido del círculo del rey.
Egidio tiene mala fama, pero esa «fama» señala que es el vidente, el adivinador más diestro de Toledo, y Julián, aunque no cree en esas cosas, se convence a sí mismo de que no perderá nada por beberse un vaso de vino con Egidio y, de paso, darle unos maravedís a cambio de que lo tranquilice leyéndole el futuro inmediato que le aguarda.
La casa de Egidio es, en parte, cueva. Bueno, también es «en parte» otras cosas menos recomendables y más oscuras.
Un athanor 6 en el que prepara sus pócimas e invoca a espíritus y demonios.
A «esos» sabe llamar el bueno de Egidio, y ahora, aquí, junto a su viejo compañero de estudios, trata de que semejantes entes lo tranquilicen, por así decir.
Pero, por lo pronto, Egidio ha llenado de agua un viejo caldero de cobre y le ha añadido mandrágora, cáñamo y laurel antes de ponerlo al fuego.
El agua hierve y carga de vapores aromáticos la estancia, y Egidio, preparado ya, insta a Julián a hacerle la pregunta cuya respuesta quiere conocer.
—¿Triunfaré en el propósito que ahora me ocupa? —interroga, ansioso, al concentrado Egidio, quien, sin decir nada, pero girándose e inclinándose sobre el caldero, parece dispuesto a olvidar su presencia.
Luego, tras largo rato, se gira de nuevo y responde con una voz que pretende ser de otro mundo.