Muerte en Toledo 3
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Nada más llegar a su habitación, Julián de Ávila echa la llave y, al tiempo que se sienta en la pequeña mesa, deposita en ella el misterioso libro y lo abre con manos temblorosas.

Ahora, al fin, está a solas con el viejo códice y junto a una vela.

Hombre, libro y luz. Una combinación que puede dar los resultados más insospechados y que, nuevamente y en este caso, los da.

En esa jornada de frenético estudio y en las que siguen, Julián de Ávila hace más comprobaciones y cálculos que en toda su larga vida, y los números y las pruebas que obtiene apuntan en una dirección.

Realmente parece que el azar ha querido que tenga en su poder una vieja copia, quizá la única auténtica, del libro más buscado de Aristóteles, el Secretum Secretorum o Tesoro de Alejandro .

Una obra de la que se ha hablado y escrito mucho, de la que circulan infinidad de supuestas copias, todas falsas hasta el momento, y de la que, en puridad, solo se sabían dos cosas: que Aristóteles la había escrito para uso exclusivo de Alejandro Magno y que este la consideró tan valiosa que, en agradecimiento, envió a su maestro la enorme suma de ochocientos talentos de plata con una misiva en la que, con suprema ironía, explicaba a Aristóteles que le entregaba aquella inmensa cantidad de plata para que pudiera «dedicarse a terminar tranquilamente sus investigaciones sobre los animales».

¿Tranquilamente? ¡Soberbio y conquistador cabrón!

¡La cantidad de plata que Alejandro de Macedonia envió a su maestro era tan absurdamente enorme que hubieran hecho falta para transportarla no menos de veinte carros tirados por bueyes!

Para lograr descifrar los misterios de aquel libro prodigioso Julián va a necesitar ayuda.

Eso, claro está, lo inquieta, ya que, si comparte con otros lo que ha descubierto hasta ese momento, se arriesga a ser traicionado y, por encima de todo, se verá obligado a compartir la gloria y la fama, y esa palabra, compartir , se le antoja ahora odiosa.

No, la gloria será solo para él. Si es necesario, trabajará en el libro hasta dejarse los ojos, pero logrará descifrar todos sus secretos y, cuando lo logre, cuando domine los misterios y la sabiduría que contiene, hará una traducción y, entonces, triunfante, se presentará ante el rey para entregársela.

A la luz de la vela, Julián imagina su éxito. Se relame como un gato y se ve a sí mismo portando el códice y su traducción, mientras se acerca al rey, que lo aguarda sentado en su trono al tiempo que el resto de sabios de Toledo contempla la escena con supremos celos y envidia.

Sin duda, medita, el rey lo colmará de oro y lo designará como el más célebre de los eruditos del reino.

Con tales visiones, con tal ambición, opta, ya sin duda alguna, por mantener el secreto y no revelar a nadie que posee una copia del legendario libro.

Mas, como necesita de lo que otros saben para poder progresar en su secreta labor, Julián también decide entablar, como de casualidad, discusiones y debates con otros sabios versados en el conocimiento de los saberes y las disciplinas de los antiguos griegos.

Es así como en los días que siguen ronda al viejo Juan de Aspa 1 , astrónomo de renombre, amén de experto en Aristóteles y, por lo tanto, hombre adecuado para informarle sobre el estilo y las maneras del viejo filósofo griego.

Julián también frecuenta la compañía del hebreo Yehuda ben Moshe 2 , el médico del rey, además de un hombre insufrible.

Sin embargo, sabe más que nadie sobre la disciplina de la astrología conforme a como la practicaban los antiguos griegos.

Gracias a ello, Julián puede progresar en el desciframiento de algunas partes del códice.

En fin, Julián ha tenido que recurrir también a la compañía del filósofo, médico y matemático musulmán al-Ricutí 3 .

En sus encuentros, Julián ha conseguido dirigir sus debates hacia cuestiones que versen sobre Aristóteles, Alejandro y la supuesta obra que el primero redactó para el segundo.

De esta forma tan taimada como ingeniosa, Julián de Ávila ha ido atesorando más y más información y, con ella, a la luz de la vela, en el silencio y secreto de la noche, puede avanzar en la lectura y comprensión del críptico y arcano Secretum Secretorum .

Con mucho, el sabio que más información le proporciona es el siempre confiado y vivaracho al-Ricutí.

Julián se ha sumado a uno de los largos paseos que al andalusí le gusta dar por las orillas del Tajo.

Los dos sabios, arrebujados en sus mantos, caminan hacia el poniente, el cual, encendido en cinco tonos de naranja, aguarda a la noche.

A su paso, al ruido de sus voces, los pájaros levantan el vuelo y de tanto en tanto alguna alimaña se escabulle entre la vegetación.

Y así, entre espantadas aves y despavoridas bestezuelas, con tacto y astuto disimulo, Julián termina por llevar la conversación hacia donde le conviene.

Y siembra la duda sobre qué sería lo que realmente ocultaba el libro conocido como Tesoro de Alejandro .

Julián tiene la sospecha de que esas páginas custodian varios misterios y de que pueden ser leídas de diversas formas.

—Si ese libro existió realmente —le comienza a responder al-Ricutí—, tuvo que ser escrito en clave.

—¿En clave?

—Era un libro destinado, en parte, a contener y transmitir el conocimiento hermético, y eso, amigo mío, significa que debía ser redactado de manera que los ojos profanos no pudieran entender lo que realmente se quería revelar.

Julián se detiene al escuchar esto último y asiente lentamente, como si conviniera con el sabio murciano que así debió de ser. Se felicita en el secreto de su corazón por haber acertado con sus sospechas de que el libro, si se poseen las claves, revela mucho más de lo que en apariencia cuenta.

—¿Creéis que ese tratado es algo más que una leyenda? —se atreve a preguntar mientras reanuda el paseo.

Al-Ricutí se acaricia la barba a lo largo de doce pasos y luego, como si se decidiera a revelar algo, se detiene nuevamente y mira hacia las aguas del Tajo antes de contestar.

—Por supuesto que existió. Seré sincero con vos: el califa al-Mutásim de Bagdad halló una copia en la ciudad de los romanos de Oriente que vosotros, los cristianos, llamáis Amorio, y la llevó hasta la biblioteca de la Casa de la Sabiduría, donde mandó hacer una traducción del texto.

Se dice que, cuando se dispuso a leerla, el califa, un hombre extremadamente sabio, comprendió los terribles peligros que implicaban los saberes ocultos del texto, por lo que empalideció y ordenó que destruyeran tanto la copia griega como la traducción, para salvaguardar así al mundo de la ambición de hombres menos escrupulosos que él.

Al escuchar aquello, que la única copia auténtica del Secretum Secretorum fue destruida cuatro siglos atrás, Julián se queda sin palabras y siente en el estómago un vértigo que ya le es familiar y, al mismo tiempo, una inquietud nueva: si lo que acaba de contarle al-Ricutí es cierto, no tiene en su poder el verdadero libro, sino otra falsificación más sin valor alguno.

—Entonces nunca podremos leer esa obra de Aristóteles... —se le escapa como en un doloroso quejido, y la decepción que portan sus palabras no necesita de fingimiento alguno.

—Bueno, algunos dicen que los sabios de la Casa de la Sabiduría no cumplieron con lo ordenado por el califa y ocultaron de nuevo el libro entre los cientos de millares de obras que se custodiaban en tan portentoso lugar.

—Entonces ¿es posible que siga existiendo? —La ansiedad con la que Julián formula la pregunta es tan imperiosa que al-Ricutí lo mira extrañado.

—Mi buen Julián, he dicho «custodiaban» y no «custodian».

¿Acaso no habéis oído que hace un año Bagdad y, con ella, la Casa de la Sabiduría fueron destruidas por los bárbaros mongoles?

Ciertamente, así fue. Se dice que no dejaron ni un libro sin arrojar al río Tigris, el cual, por tanta tinta diluida en su corriente, tornó oscuras sus claras aguas.

Así que el Tesoro de Alejandro , de haber sobrevivido a la orden de destrucción dada por el califa, debió de perecer bajo el salvajismo de los mongoles.

La sentencia desazona a Julián, es cierto. Pero también lo alienta. Por algún afortunado azar, aquella obra se libró de perecer y ha cruzado medio mundo hasta llegar a su poder. Él, Julián de Ávila, está en posesión del tratado más extraordinario de cuantos se hayan escrito.

Por largo tiempo, los dos sabios, el cristiano y el musulmán, se quedan allí, mirando a las aguas del Tajo mientras reflexionan sobre los avatares que ordenan y desordenan los reinos de la tierra y los caminos que transitan los sabios.

Luego, un pato azulón cruza raudo de orilla a orilla y se posa en la líquida superficie, y, tras el recodo del camino, llega el amortiguado cascabeleo de los cascos de un caballo que avanza al trote desde la penumbra creciente.

Aguzando la mirada, los dos eruditos atisban al poco a un caballero que, con la cabeza al descubierto, parece tener nimbados los castaños cabellos con la última luz del ocaso, y que, para sorpresa de Julián de Ávila, con júbilo es saludado por al-Ricutí.

—¡Saludos, mi señor caballero!

El jinete, un hombre alto y fuerte que viste manto, jubón y calzas de paño sencillo, y que lleva al costado una larga espada, monta el caballo de guerra más grande que Julián haya visto jamás.

Desde el lomo de aquel gigantesco y gris equino, levanta la mano para corresponder al saludo de al-Ricutí a la par que exige a su montura que acorte el trote hasta detenerla a tres pasos de los dos sabios.

—Es Tello Bermúdez —informa al-Ricutí—, caballero del rey. Durante los años que ha pasado en Italia combatiendo contra genoveses y florentinos, le ha cogido gusto a los libros que cuentan las hazañas de los antiguos.