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No obstante, tiene que ir con cuidado...
Astucia y prudencia deben seguir yendo siempre de su mano.
Por un lado, continuará estorbando en secreto los proyectos de Alfonso relativos al «fecho del Imperio», como ya se llama al costosísimo empeño del rey por lograr ceñir la corona imperial.
Por otro, seguirá consolidando su influencia entre los concejos de las ciudades del reino y la cada vez más turbulenta nobleza, con vistas a, cuando llegue el momento, imponerse por completo al rey.
Desde luego, como padre que es, lo siente por Juana, a la que quiere mucho, pero una joven como ella debe prescindir de cualquier cosa que no sea la obediencia debida a su sangre.
Además, Juana ha sido educada para esto, para casarse con un hombre poderoso que aumente el poder del linaje de los Lara.
En ese momento, un sirviente interrumpe sus cavilaciones.
Conduce tras él al hijo de Samuel de Madrid, rico comerciante judío que provee a Alfonso y a sus sabios de materiales para sus caros, estúpidos y librescos trabajos, y que, por eso mismo, por estar en continuo trato con el rey y sus sabios, recibe de don Nuño un secreto pero generoso «donativo» para que lo mantenga bien informado de cuanto le pueda parecer relevante sobre el monarca de Castilla.
La información, bien lo sabe don Nuño, es un arma afilada, desde luego, pero de la que nunca se sabe dónde se hallan sus filos.
—¿Mi señor?
Nuño asiente con la cabeza para dar permiso a su servidor para que conduzca ante su presencia al joven hebreo, y, mientras los dos hombres avanzan hacia él, clava en el hijo de Samuel los aquilíferos ojos azules, tratando de anticipar qué nuevas le envía el comerciante judío.
El joven, casi un adolescente, hace una profunda reverencia y, tras murmurar unas palabras de saludo y reverencia, extiende la temblorosa mano y entrega a don Nuño un papel envuelto con una nota garabateada que el señor de la casa de Lara lee con el entrecejo fruncido.
«¿Esto es todo?», se pregunta en silencio don Nuño, un tanto contrariado.
Julián de Ávila, uno de los traductores más estimados por el rey, ha comprado un viejo libro que, por lo visto, contiene algo valioso y secreto. Tanto que el anciano se fue de la tienda turbado y a todo correr.
«¿Qué habrá de cierto en todo esto?», se cuestiona una y otra vez. El hebreo no lo sabe, pero sospecha que el libro en cuestión terminará en manos del rey. Julián de Ávila gusta de sorprender al monarca presentándole libros raros cuya traducción paga Alfonso con generosa largueza.
—¿Esto es todo? —pregunta de nuevo, pero esta vez en voz alta y taladrando al hijo de Samuel de Madrid con una mirada tan fría como implacable.
—Julián de Ávila es un hombre tacaño. Mi padre cree que no habría pagado una suma tan crecida por ese viejo libro si no hubiera considerado que el códice en cuestión era extremadamente valioso.
Fueron ciento veinte maravedís burgaleses lo que pagó, sin regatear, por un libro apolillado e incompleto.
No solo eso, mi señor conde, el erudito parecía empeñado en mantener el secreto sobre el autor, título, contenido y carácter de ese códice.
Y esas dos cosas juntas, el dinero y la necesidad de secreto, suelen esconder cosas valiosas.
Nuño asiente. El joven y su astuto padre tienen toda la razón: el oro y el secreto siempre guardan cosas valiosas, y lo valioso, tanto si se sabe usar como si se desconoce, puede ser útil y hasta peligroso.
En cualquier caso, si el hebreo tiene razón y el libro en cuestión custodia algún secreto relevante, será él y no el rey quien de ello se beneficie primero.
—Hay algo más, mi señor conde. Algo que mi padre no quiso confiar al papel, sino solo a mis oídos.
Ante esa revelación, don Nuño presta toda su atención y asiente para dar a entender que lo va a escuchar con atención. Lara está anticipando la que, sin duda, será la información más importante, la que realmente ha motivado que el astuto Samuel de Madrid le envíe, a todo correr, a su hijo.
—Habla, pues, muchacho.
—A Julián de Ávila se le escapó una palabra griega cuando sus labios silabeaban una línea del códice: thesaurós .
Don Nuño no sabe griego. Pero ¿quién necesita saberlo cuando escucha semejante palabra?
Thesaurós , ‘tesoro’. Eso es lo que precisamente busca el rey...
Un tesoro con el que pagar los inmensos gastos que requiere su carrera por la corona imperial y, por lo que puede deducirse del extraño comportamiento de Julián de Ávila, aquel viejo libro quizá, al fin y al cabo, no solo contenga riquezas para el espíritu, sino también materiales, de esos que se acuñan en metales preciosos y llenan las siempre hambrientas arcas de los reyes.
—Puedes irte. Dile a tu padre que siga con los ojos y los oídos bien abiertos, y entrégale esto como muestra de mi favor. —Se saca un pesado anillo de oro coronado con un brillante granate y se lo arroja al muchacho. que lo caza al vuelo y se retira dando las gracias y haciendo reverencias.
De nuevo solo, don Nuño deja vagar sus fríos ojos a través del ventanal que ilumina la estancia y por el jardín orlado de severos cipreses que hay más allá.
Sus pensamientos lo llevan a la tupida red de informadores que ha tejido en Toledo: la ciudad y la corte, sus iglesias, sus mercados y hasta el último de sus rincones están vigilados por gentes que reciben dinero de los Lara.
Puede que Alfonso ciña la corona, pero él, don Nuño, señor de la casa de Lara, decide en la sombra quién prospera y quién declina, y, para seguir ostentando ese poder, debe tener control sobre lo que se hace, lo que se dice y lo que se piensa.
El conde permanece así, mirando los cipreses por la ventana durante un largo rato.
A lo lejos, un perro ladra. Quizá sea uno de los nuevos canes que engrosarán su jauría, pero, en cualquier caso, el apagado ladrido sirve para que se interrumpan las maquinaciones de don Nuño y su mente vuele de nuevo hasta su hija Juana.
La niña debe casarse con el señor de los Cameros, lo quiera o no.
Ama a su hija, desde luego, pero no dejará que su juvenil fascinación por el caballero Tello Bermúdez sea un obstáculo para los planes de poder de la casa de los Lara...
No, Tello Bermúdez no enredará a su hija en ninguna tonta historia de esas que luego cantan los trovadores en las grandes salas donde celebran los reyes o en las plazas donde se congregan las gentes humildes...
Pero, si ese aventurero, ese ínfimo caballero del rey que no posee más que sus armas y su caballo, de nuevo lo intenta, lo aplastará, sin dudarlo y sin piedad.