Muerte en Toledo 1 #4
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La voz del hebreo está repleta de preocupación, pero Julián tarda en responderle, ya que sus ojos están ahora enredados en la penúltima línea de la penúltima página del libro: «Este es el libro dorado que fue depositado bajo la bóveda de oro tras ser leído por Alejandro, hijo de Filipo de Macedonia, quien dijo: “Oh, tú, seas quien seas y leas cuando leas este libro que yo recibí de mi maestro, Aristóteles, debes saber que, si sigues sus enseñanzas, ciertamente obtendrás el reino de la Tierra”».

Eso es lo que se puede leer escrito en un griego ático, fluido y perfecto, aposentado sobre una caligrafía elegante, digna de los mejores trabajos realizados en los días antiguos y expresando ideas, conceptos y maravillas que remiten, una y otra vez, a los más grandes misterios, los de Hermes Trismegisto, al más sabio de los filósofos, Aristóteles, y al más grande de los reyes, Alejandro Magno.

—Estoy bien, no os preocupéis... Estoy viejo, eso es todo —contesta al fin, en un intento de disimular su emoción.

Samuel es astuto y, si descubre que el códice contiene una obra perdida de Aristóteles, pedirá una fortuna por él—.

¿Cuánto pedís por este otro libro? Tened en cuenta que está roto, sucio e incompleto.

Ante aquella pregunta, formulada en un tono que no ha logrado ocultar cierto grado de ansiedad, Samuel se acaricia la barba y examina con detenimiento, primero al clérigo, visiblemente nervioso, y luego al libro que sostiene y que parece haberle robado el color del rostro y la voluntad.

—No sé griego, pero vos sí, y sea lo que sea que esté escrito en este libro, os ha quitado el aliento —concluye con afilada sagacidad.

—Es un tratado sobre astronomía. Nada relevante.

Lo conozco bien, pero no os negaré que esta copia es la más antigua de cuantas he visto hasta hoy, y que me he encaprichado de ella por mor de las iluminaciones de astros, climas y zodiacos que la adornan —miente con descaro, pero sin mucho provecho—.

¿Os parecerían bien sesenta maravedís burgaleses por ella?

Es una buena suma, desde luego. Pero Samuel sabe cuándo tiene una buena presa entre las garras.

—Ciento veinte serían una suma más ajustada a su valor —lanza sintiéndose audaz y rogando que la crecida cifra no espante al erudito.

Pero Julián de Ávila ni siquiera parece haberlo escuchado. Sus ojos han vuelto al libro, y ahora, desorbitados, examinan otra de las ligeras páginas de vitela manchadas de sangre.

—¿Ciento veinte? ¡Desde luego! ¡Ciento veinte y no se hable más!

Ahora es Samuel quien se queda blanco como el papel de Játiva.

—¿Habéis escuchado bien? —pregunta, pues no termina de dar crédito.

—Sí, os escuché. Ciento veinte habéis dicho y, en cuanto regrese al claustro, buscaré al joven Miguel, mi discípulo, para enviarlo de vuelta aquí con el resto de la suma.

Mientras tanto, aquí tenéis la mitad. —Saca la bolsa, la vacía sobre la mesa.

Las monedas de oro y plata tintinean y ruedan hasta detenerse.

Samuel tiene clavados los ojos en el acuñado metal, pero Julián, por su parte, no puede apartarlos del libro.

—Faltan tres para completar los sesenta que hacen la mitad de la suma —dice ahora Samuel y, mientras, en su mente, luchan entre sí la codicia y la frustración, ya que acaba de percatarse de que podría haber pedido mucho más por el apolillado libro, mientras que, por otra parte, ciento veinte maravedís burgaleses es una suma notable y pocas veces entregada por un libro viejo y deteriorado.

—No temáis. La cuenta quedará saldada y añadiré un maravedí de más por vuestra espera y amabilidad —insiste Julián, como si temiera que Samuel pudiera desdecirse.

Aquello acaba con la última resistencia del judío, pero no con su asombro.

Julián, sin aguardar más, se apresura a salir de la tienda, y se lleva el extraño libro griego, pero se olvida del tratado latino sobre sustancias inflamables.

Al percatarse de ello, Samuel corre tras el erudito con el abandonado códice, el clérigo se vuelve y lo despide, destempladamente, y le dice que puede quedárselo junto con el dinero que pagó por él.

Y el mercader hebreo se queda allí, en la cuesta, viendo cómo el traductor se aleja, renqueante, pero con más agilidad de la que nunca le conociera, con el vetusto códice griego bajo el manto como si fuera el único libro que quedara en la tierra y, sobre todo, como si fuera el único que mereciera la pena ser leído.

—Loco... —murmura para sí Samuel. Pero hay en todo aquello un misterio, y eso, quieras que no, le aviva la curiosidad.

¿Y por qué negarlo? También impide que se le apague la codicia.

Puede que él, un simple mercader, no sepa griego, pero no hace falta conocer mucho de la lengua de los antiguos helenos para identificar una de las palabras que Julián de Ávila, inconscientemente, silabeó en uno de sus emocionados murmullos: thesaurós , esto es, ‘tesoro’.

Regresa a su tienda y, tomando cálamo, tinta y papel de Játiva, garabatea unas apresuradas líneas.

Luego, pliega con cuidado la hoja, la envuelve en lienzo y llama a voces a uno de sus hijos, y se la entrega junto con un susurro en el que habitan el destinatario del aviso y el cambiante destino de los hombres.