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—Así haréis el camino de vuelta más ligero —le contesta Samuel con descarada picardía al saber que el clérigo preferiría privarse de la comida antes que de un buen libro.
La trastienda del hebreo casi no puede contenerlos a los dos, ya que está repleta de estantes y cajones que albergan un sinfín de mercancías y, entre ellas, casi dos decenas de libros, tres de los cuales yacen, apilados con un poco de descuido, sobre una mesa en la que también se amontonan plumas de cisne y de cuervo prestas a ser afiladas y endurecidas al fuego, así como recipientes colmados de hollín, de goma arábiga, de agallas de roble y de otras sustancias necesarias para fabricar tintas.
Con un gesto de satisfecha complicidad, Samuel entrega el primero de los libros a Julián y el viejo erudito lo examina con esa felicidad que está destinada a los que viven su verdadera existencia no en este mundo, sino en reinos de papel y tinta.
Sin embargo, entre las manos solo tiene una versión árabe de los Tratados hipocráticos , obra de sobra conocida y que, además, y en este caso, ofrece una pésima traducción del original griego.
—Este no me interesa.
—¿Mejor este otro entonces?
Y Samuel le entrega el segundo ejemplar, el cual, con las cubiertas un tanto apolilladas pero con vistosos cierres de cobre, contiene un pequeño y célebre tratado latino sobre cómo fabricar sustancias inflamables para ser usadas en la guerra.
La obra, titulada Liber ignium ad comburendos hostes y atribuida a un tal Marcos el griego 12 , está iluminada con vistosos dibujos que muestran sifones y naves de guerra que se arrojan fuego líquido entre sí.
—Este puede ser interesante... —medita sopesando si la traducción del tratado en cuestión interesará o no al rey—. ¿Cuánto?
Samuel ilumina sus ojillos castaños con la chispa de su avaricia y evalúa de reojo cuán provista viene la bolsa del pequeño Julián de Ávila.
—Sesenta maravedís burgaleses 13 . Es un precio ajustado por esta maravilla de erudición que, seguro estoy, puede ser útil a los hombres de guerra que sirven a nuestro amado rey.
Julián niega con la cabeza y hace un gesto desdeñoso para indicar que es demasiado viejo para que le tomen el pelo, que, en su caso, es poco. Y es que sesenta maravedís burgaleses equivalen al precio de un caballo de silla.
—Está bien... —concede Samuel—. Seré honrado con vos. ¿Qué os parecen cuarenta burgaleses? —concluye con gesto de quien ha sido pillado en una falta y está dispuesto a enmendarse.
—Treinta y dejemos de perder el tiempo, codicioso hebreo.
—Treinta y cuatro, pero que quede claro que buscáis mi ruina.
—Llevo comprando libros más de cuarenta años y este está sobradamente pagado con treinta. Pero mirad, soy hombre generoso y añadiré a la cuenta dos más —se planta Julián.
El judío alza las manos y los ojos al cielo, y luego, más compungido que si le hubieran dicho que su familia al completo había sido arrojada a una jauría de perros hambrientos, resopla, aparentemente frustrado y vencido.
—Tuyo es, clérigo cruel, ¡ya que te tengo en gran estima!
—¡Samuel, Samuel, un día bajarán los ángeles del cielo a tirarte de las orejas por mentiroso!
Los dos ríen y las monedas y el libro cambian de manos en aquella minúscula habitación atestada y sofocante que a ellos les parece tan acogedora.
Y todo habría quedado en una compra más, pero entonces Julián de Ávila posa los ojos sobre el último libro llegado desde Sevilla.
Es un vetusto códice, con las guardas desgarradas, manchado de sangre, con varias páginas dañadas y escrito en griego.
Todo esto lo invita a posar sobre él las arrugadas manos y a abrirlo para examinarlo con interés.
Así lee: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable.
Se hizo de este modo para que los secretos que contiene solo puedan ser desvelados por un rey amante de la sabiduría, que con este “tesoro” gane plenitud y felicidad» 14 .
Con eso basta para que se le detenga el pulso y le vacile el corazón.
Esas palabras, escritas en un griego perfecto, indican una posición de los astros que solo un sabio astrólogo podría conocer.
Uno que se tomó el cuidado de anotar con críptica precisión para que otro erudito comprendiera de inmediato cuán grandes secretos se ocultaban en aquel códice.
Para él ha sido como si un trueno estallara sobre su cabeza y el relámpago que lo siguiera lo cegara por completo.
En su mente, como centellas, se iluminan los astros a los que el texto hace mención.
Puede verlos moviéndose por el zodiaco, y sus labios, sin ser consciente de ello, murmuran cifras que surgen de cálculos que ya no puede detener y señalan en una única dirección: un texto escrito que convoca el poder de los cielos para propiciar que la fuerza pueda regir el mundo mediante la razón.
La revelación que acaba de experimentar le causa vértigo.
Cierra los ojos, pues no da crédito a lo que está caligrafiado en el elegante griego usado, quince siglos atrás, en la antigua Atenas, y, para asegurarse, vuelve a leerlo.
Después, examinando con cuidado la calidad de la carísima vitela de los folios del códice, pasa varias páginas y advierte que para aquel libro fueron también usadas las mejores tintas.
—¿Estáis bien?