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Las obras, iniciadas treinta y tres años atrás, son, a todas horas, un hervidero de canteros, vidrieros, albañiles y carpinteros.
Algunos han llegado desde Francia, otros son albañiles mudéjares de Toledo, y otros, artesanos cristianos llegados desde León, Galicia, Álava, Vizcaya y hasta el último rincón de la ancha Castilla.
El enorme edificio en construcción necesita más y más trabajadores para seguir creciendo día a día, tal y como lo haría un ser vivo hecho de piedra caliza.
Un ser que aspira a ser perfecto y a atrapar con sus arbotantes, pilares y nacientes naves la luz que proviene de los cielos, mientras revela ya y en todo su esplendor su hermosa y gran cabecera, con su presbiterio, su majestuoso ábside y su grácil girola escoltados por la capilla mayor y las siete radiales, conectado por un espacioso ambulatorio.
Conjunto que, con sus correspondientes altares, permite ya celebrar misas y ceremonias, pese a que aún se trabaja en los altos muros del crucero, en el transepto y en las naves de la gran iglesia, y aunque las altas torres y la enorme fachada que la completarán habitan solo en la imaginación de los maestros de obras 7 .
De ese mundo de sueños futuros, de atareados obreros, de precarios andamios y grúas, de ventanales de colores, de innumerables vigas de roble y de serena piedra blanca tallada con fe y mimo de buen artífice, emerge un hombre que esquiva artesanos y curiosos.
En cuanto se libra del estruendo de la monumental obra, se sacude el polvo del hábito de clérigo antes de meterse por una de las estrechas y laberínticas calles que desembocan frente a la catedral de Santa María y que, aunque apenas se anuncia el nuevo sol, ya están repletas de gentes que se afanan en esas mil cosas diferentes que son el pulso de toda ciudad.
El clérigo, pequeño, delgado, de pelo cano y escaso, de barba escueta pero nívea, cojea un tanto y alumbra su arrugado rostro con una sonrisa.
Es casi un anciano y se debe a pocas cosas, y en su caso, a una sola: el saber.
Su nombre es Julián de Ávila y es uno de los sabios que labora en Toledo bajo la protección del rey Alfonso.
Deja atrás la espartana habitación que ocupa y el scriptorium donde se afana.
Ambos están situados en la zona norte de la naciente catedral, junto al cabildo y en torno al provisional claustro en que ha sido convertido el patio de la antigua mezquita mayor.
Se encamina a saciar el más apremiante de sus vicios: comprar libros.
Toledo es una ciudad única en el Occidente.
En sus empinadas calles se mezclan cristianos, judíos y musulmanes, y a ella llegan libros escritos en sus respectivas lenguas y en otras que pocos conocen.
Él es uno de esos «pocos», pues domina el griego y lo que es menos meritorio en aquella ciudad, el latín y el árabe.
Pero hable lo que hable y lea lo que lea, Julián de Ávila prefiere, ante todo, la astronomía, la medicina, las matemáticas y la magia.
Al fin y al cabo, comenzó su carrera como discípulo del gran Miguel Escoto 8 , el más afamado conocedor de Aristóteles y, ante todo, el más célebre de los magos.
Fama tan crecida que facilitó al escocés abandonar Toledo y marchar a Italia, primero a Roma, para asistir a los papas, y luego a Palermo, en Sicilia, para entrar al servicio del emperador Federico II y convertirse en su consejero y astrólogo.
Un niño se le cruza corriendo y casi lo tira.
Julián de Ávila maldice y luego se arrepiente de haberlo hecho y se apresura a persignarse.
Ya se sabe que, cuando tienes sesenta años, maldecir y arrepentirte son acciones que nunca se separan.
Con dificultad pero con restablecido buen humor, recupera el equilibrio y se adentra, cojeando un poco, en el mercado de libros.
Una empinada cuesta en donde los mercaderes ofrecen tinta, pergamino, papel, libros, aceite de cedro y toda suerte de productos y artilugios relacionados con los trabajos y placeres del saber.
Al poco, en mitad de su gozoso ascenso por aquella cuesta repleta de tiendas maravillosas, ve cómo de una casa sacan un cuerpo amortajado para acomodarlo sobre unas parihuelas que serán su último vehículo antes de recibir sepultura en el cementerio.
Esa imagen le devuelve a la mente la singular estampa de su añorado maestro, Miguel Escoto.
La noticia de su muerte, veinticuatro años atrás, lo sobresaltó sobremanera, ya que, para un hacedor de maravillas como Miguel Escoto, morirse, por así decir, parecía más un descuido que un hecho ineludible y natural.
—A mí también se me acerca la vieja dama —murmura para sí, pero como si lo hiciera para los espectrales oídos del fantasma de Escoto—.
Pronto, querido y añorado maestro, en unos pocos años, me darás de nuevo lecciones...
, espero que en el cielo, aunque, conociéndote como te conozco, escocés, más bien me las impartirás en el infierno.
Y con esa cínica broma en los labios, Julián de Ávila comienza su supremo deleite: rebuscar entre las mercancías que ofrecen los seis mercaderes que en Toledo, ciudad del asombro, ofrecen costosísima vitela, pergamino de distintas calidades, preciado y raro papel de Játiva, así como cálamos fabricados con plumas de oca, cisne, ganso y cuervo.
Y, por supuesto, también tintas, desde la común atramentum scriptorium , de color negro o azul oscuro, pasando por las rojas y carísimas minio y cinabrio, hasta las prohibitivas tintas azules, verdes y doradas, las primeras, denominadas ultramar, hechas a base de moler lapislázuli y aglutinarlo con goma arábiga o con clara de huevo; las segundas extraídas de la malaquita, y las últimas, las doradas, fabricadas con polvo de oro sobre base de bolo armenio.
En suma, todos los instrumentos necesarios para que alguien como él pueda evadirse de este triste mundo y sumergirse en el gozo de escribir, de iluminar, de traspasar conocimiento y belleza desde los viejos libros a los nuevos.
Porque sí, también hay libros en estos benditos establecimientos, y, tras proveerse de tinta común, de piedra pómez y hasta de un precioso y pequeño tintero de cobre bañado en plata, Julián de Ávila examina el que le ofrece el mercader.
Una sencilla copia del voluminoso Historiarum adversus paganos libri VII , de Paulo Orosio 9 , una obra notable, es evidente, pero sobradamente conocida por Julián.
Así que cambia de puesto, sube lentamente y renquea por la empinada cuesta en dirección a la tienda del hebreo Samuel de Madrid.
Y mientras lo hace, por el rabillo del ojo vigila a un pilluelo de doce o trece años que, por lo visto y por su parte, evalúa si le será posible o no aligerar a Julián de su pesada bolsa.
Dinero no le falta, ya que el rey, su señor, le ha señalado un sueldo similar a los que ha dispuesto para los mejores profesores que enseñan en la Universidad de Salamanca: quinientos maravedís 10 .
Además, en las ocasiones en que a Julián no le ha bastado tan soberbia paga, ha podido acudir al arzobispo Sancho de Castilla, ya que el jovenzuelo (el santo en cuestión no tiene más de veintiséis años) es generoso y, como buen infante de Castilla, siempre tiene bien repletos los cofres de su tesoro 11 .
Con esa tranquilidad que da el tintineante oro, Julián entra en la tienda de Samuel de Madrid, que es una suerte de Arca de Noé de prodigios.
Allí uno no solo encuentra tintas, plumas, pergamino, papel y algunos libros, sino también especias y perfumes del Oriente.
Incluso, si sabes las palabras que deben decirse, arcanas sustancias y drogas que pueden usarse para curar, para matar y hasta para conseguir el amor de una joven dama y satisfacerla por completo, aunque seas un hombre de sesenta años.
Esto último, lo del amor con las jóvenes damas, siempre ha traído de cabeza a Julián de Ávila.
Le resulta inevitable, el pecado siempre lo ha tentado.
Así que, tras elegir una pluma de cuervo y una buena cantidad de pergamino barato listo para ser usado, espera a que la tienda se vacíe de clientes y luego, en secreto y con decoro, susurra unas palabras en latín para, a continuación, deslizar cinco maravedís con disimulo en la mano presurosamente extendida por el comerciante, y este, a cambio, le entrega una bolsita que contiene un polvo blanco que aviva las partes íntimas de un hombre y las dispone para yacer con una mujer.
Enseguida entra un nuevo comprador, y Julián de Ávila, ya sin prisa y relamiéndose por los futuros gozos carnales e intelectuales que se le anticipan con aquella mañana de compras, se entretiene examinando una excelente vitela para pasar luego a manosear, por puro placer, un albo papel fabricado en Italia y terminar poniendo a trasluz, por el simple deleite de que el sol evidencie su intensidad, un frasquito repleto de tinta de ultramar lapislázuli, más cara que el oro.
En tal gozo se halla cuando la tienda vuelve a quedarse vacía.
Samuel, presto, como si quisiera confesarle algo que solo a él le está reservado, se le acerca con su mejor sonrisa de zorro codicioso.
—Os contaré un secreto, buen padre. Anoche me llegaron tres viejos libros enviados por mi primo, David ben Yehuda.
Aún no he podido examinarlos con calma, pero dos parecen muy antiguos y uno de ellos está escrito en griego sobre vitela.
¿Queréis pasar a verlos antes que nadie?
—Y la pregunta va acompañada de un meloso ademán de invitación a pasar a la trastienda.
Las palabras del comerciante judío ponen en gozosa alerta a Julián de Ávila, pues no es la primera vez que encuentra un pequeño tesoro en la trastienda del hebreo.
—¿Vais a vaciarme la bolsa, Samuel? —pregunta con sorna Julián y en su rostro se dibuja una traviesa sonrisa de complicidad.