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Alfonso X, por la gracia de Dios rey de Castilla, León, Toledo, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia y Jaén; señor de Baeza y Almería y de toda la tierra de Cádiz y de los Algarbes; rey de los romanos y emperador electo, tiene muchos títulos y reinos y un humor de perros.
Y es que desde Alemania e Italia solo le llegan malas noticias que le dan cuenta de que su rival por el trono imperial, el muy inglés y cabrón de Ricardo de Cornualles, gana partidarios entre los príncipes y obispos alemanes.
Mientras tanto, él, el piadoso, sabio y poderoso Alfonso, los pierde.
Eso es posible porque Ricardo, apoyado por su hermano, ese traidor de Enrique III de Inglaterra, arroja sin parar oro sobre los electores del Sacro Imperio, sobre el papa y sobre todo aquel que pueda favorecer su pretensión a hacer efectiva la corona que sus partidarios le ofrecieron en Aquisgrán tres años atrás.
Resopla, fulmina el horizonte con la mirada, se ajusta el pesado manto de seda azul forrada de armiño y se gira, brusco, sin querer cruzar palabra alguna con sus cortesanos, mientras se encamina a la biblioteca en busca de un libro que le calme el ánimo.
Alfonso tiene treinta y nueve años, es de complexión recia y su rostro, pulcramente afeitado y enmarcado por sus abundantes y lacios cabellos castaños cortados al estilo castellano en una redondeada media melena, parece desmentir las arrugas que ya le cortejan los ojos y la boca.
Despide a todos y se queda a solas con sus libros.
Poco a poco, se le suaviza el gesto, y su rostro, donde destacan una rotunda y recta nariz, unas arqueadas cejas que le confieren un gesto concentrado y una boca pequeña y bien definida, se va relajando con el gozo del saber.
Acunado por tal remedio, recupera calma e ingenio, y con ellos sopesa de nuevo el problema.
Tiene claro que para desbancar a Ricardo de Cornualles de la carrera por el imperio necesita oro y plata.
Oro con el que sobornar a príncipes, obispos, ciudades y hasta al papa de Roma.
Mas le preocupa dónde encontrarlo en cantidad suficiente, pues las ciudades y villas de sus reinos se muestran renuentes a seguir entregándoselo; sus nobles y obispos son tacaños, y en cuanto a judíos y mudéjares, los ha exprimido tanto como ha podido y poco más podrá ya sacarles.
De nuevo, súbitamente confundido, da un puñetazo sobre el miniado códice que está leyendo. Arrepentido, suspira, cierra el libro y, con él, los ojos buscan en la oscuridad una luz que ilumine su ambición y su mente, y le revele dónde hallar las riquezas que tanto necesita.
—Nuño... —murmura. Nuño González de Lara.
Claro que confiará de nuevo en la astucia del conde.
Es hombre sagaz e inflexible, y seguro que sabrá descubrir la manera de conseguir más dinero con el que seguir batallando contra Ricardo de Cornualles por la corona imperial.
Sí, desde luego, solo en un hombre así, ambicioso, fuerte y sin escrúpulos, puede confiar para llevar a buen término semejante empresa.
Cierra el códice, se pone en pie y, a grandes zancadas, regresa a la sala donde da audiencia, y, mientras allí se encamina, a voces, ordena que don Nuño González de Lara acuda de inmediato a su presencia.
En ese mismo momento, no lejos de allí, sin atender al frío que parece atenazar a Toledo, Juana, hija del conde de Lara, Nuño González 2 , toca el arpa con infinita melancolía mientras su padre acude a toda prisa a presencia del rey para tratar de calmar su ansia por hallar dinero con el cual pagar su ambición imperial.
Los dedos de Juana, blancos y ágiles, delinean con maestría una cantiga de amor compuesta por el célebre trovador Bernal de Bonaval 3 que escuchó, esa misma noche, en la corte del rey Alfonso X.
No obstante, al contrario que el trovador, ella, Juana de Lara, llora mientras toca el arpa y canta las palabras teñidas de anhelo y desdicha.
La razón es que ama, que es joven, que sabe que su amor no tiene más destino que morírsele en el corazón.
A los veinte años no se escoge a quién se ha de querer, y ella ama a quien no debe: a un simple caballero del rey y no al conde a quien su padre la ha destinado.
A veces, en días como este, la tristeza le quiebra la voz y le detiene los dedos sobre el arpa.
Hoy canta y sazona su canto con lágrimas.
Se lo debe a él, a Tello Bermúdez, caballero del rey, a quien, no hace ni dos horas, le ha roto el alma al decirle que no lo ama.
Sin duda, no le será posible decir mentira más grande que esta en lo que le quede de vida.
Pero era la única manera de que Tello no cometiera una locura que comprometiera su honor y hasta su vida.
Juana, con el hermoso rostro demudado, deja de tocar el arpa, se enjuga las lágrimas y se queda con los ojos fijos en ese lugar al que uno mira cuando le duele el alma. O sea, en ninguna parte. Siempre es ahí donde posa los ojos cuando se siente desdichada más allá de toda medida.
Entonces, dejando el arpa en el suelo, se incorpora, se coloca bien el pellote sin mangas de damasco verde brillante que la envuelve y deja entrever la rica saya de seda carmesí, y, gracias a su redondo escote, puede imaginarse su finísima aljuba 4 de lino blanco bordado en oro que le sirve de ropa interior.
Bajo esta última e íntima prenda, sobre la piel de los senos, oculta el viejo camafeo romano de ágata que, meses atrás y cuando regresó de las guerras de Italia, le entregara Tello como prenda de amor 5 .
Tello..., su caballero, el único que reinará siempre en el secreto de su corazón.
—Te he dicho que no vuelvas nunca a verme, Tello, y, sin embargo, nunca te apartaré de mí —murmura, jurando para sí y para él, aunque solo ella lo escucha.
Tello Bermúdez es un hombre alto. En verdad, pocos caballeros del rey son tan altos y fuertes como él, y ninguno tan audaz ni tan diestro en asuntos bélicos.
Y, pese a ello..., no posee más que dos caballos, el de guerra y un palafrén castaño, amén del que monta su escudero y las armas que lleva cuando parte a la guerra.
Eso, y una miserable hacienda que apenas sí basta para sostener con decoro a su hermana viuda, a su sobrino huérfano y a él mismo.
Hace mucho frío y sobre la superficie del Tajo se ha formado una quebradiza capa de hielo.
Frustrado, Tello arroja una pesada piedra que quiebra el hielo breve y parece despertar al agua, que, estimulada por su rabia, fluye de nuevo.
Ante semejante acción, su caballo de silla da un respingo, sobresaltado más por la ira y la tristeza de su dueño que por el sordo sonido que el pedrusco ha hecho.
Raudo, ignorando la disimulada y reprobadora mirada de su escudero, Tello calma al animal y luego vuelve a sus dolorosos pensamientos en los que, una y mil veces, las desdeñosas palabras de Juana de Lara se repiten como el inclemente eco del martillo sobre el yunque.
Tal vez de veras pretendía que la hija del señor de la casa de Lara, uno de los nobles más ricos y poderosos de Castilla, le confesara su amor y se arrojara a sus brazos.
Quizá creía que una dama tan noble iba a comprometer su honra y su futuro al aceptar el amor de un simple y pobre caballero.
Porque, no podía engañarse: él, Tello Bermúdez, podrá ser todo lo célebre que quiera gracias a su espada y su lanza, tan famosas ya en España e Italia, pero jamás contará con los medios necesarios para ofrecer a Juana la vida que se merece y a la que está acostumbrada.
—Las cosas son como son... —masculla antes de arrojar otra piedra al río.
Luego, monta de nuevo en su caballo castaño y, seguido por Ramiro López, su escudero, se encamina de regreso a Toledo sin saber que, en ese mismo instante, el libro llegaba a la ciudad y cambiaba para siempre su destino, el de Juana y el de los reinos de la Tierra.
Justo en ese momento de fría mañana recién nacida en Toledo, todo es ya bullicio en Santa María, la nueva catedral que se está erigiendo en obra francesa 6 sobre la vieja, que, a su vez, se construyó sobre la antigua mezquita mayor, la cual, por su parte, fue alzada encima de la visigótica Basílica Regia de Santa María.
Es, pues, un lugar con muchos siglos de historia y en donde han rezado sin pausa primero cristianos y luego musulmanes, y, de nuevo, cristianos.
Pero rece quien rece allí, ahora es un hormiguero que despierta, antes de que claree el levante, con la primera arremetida del nuevo día.
Docenas de obreros ya se afanan en andamios y precarios talleres esculpiendo capiteles, levantando con altas grúas pesados sillares, aserrando vigas de fuerte roble y colocando mitrales y ventanales de vidrios emplomados de intensos colores rojos y azules salpicados de amarillos y violetas que proyectan arcoíris de alborada sobre la piedra clara.