PRÓLOGO #3
Omar intercambia una larga mirada con el mongol y luego, como si el bárbaro asesino solo fuera una sombra inerme y no la personificación de su condena a muerte, baja la cabeza y retoma su enajenada lectura del Secretum Secretorum con renovado frenesí, ya que ha advertido otra cosa que lo desazona y contraría más que su inmediata decapitación: el códice está incompleto.
Ante ese descubrimiento, chasquea los labios y menea la cabeza con fastidio, justo cuando el sable mongol estrella su filo contra la nuca del joven andalusí y lo decapita limpiamente.
Omar se derrumba y su sangre salpica el libro más buscado y deseado de cuantos se han escrito.
El asesino, ignorante de todo excepto de su ansia de muerte y destrucción, recoge las cabezas que se ha cobrado y sale de la sala repleta de libros condenados a sucumbir.
Cae la noche y Bagdad es el infierno. Cien mil mongoles la recorren matando sin piedad, degollando con metódica crueldad a niños, mujeres, ancianos, hombres...
Apilan sus cercenadas cabezas en grandes pirámides repletas de sangre y de rostros de ojos yertos, incendian edificios hermosos y anegan todo de horror.
En mitad de dicho espanto, en esa visión apocalíptica, algo destaca por su incongruencia: cientos de salvajes guerreros de las estepas cargan con miles de libros y, acercándose a las orillas del rápido río Tigris, los arrojan al agua.
Así lo ha ordenado su kan, Hulagu, nieto de Gengis Kan, y son tantos los libros sacrificados al Tigris que las aguas se oscurecen con la tinta que en ellas se diluye para siempre.
De este modo fue destruida la Bagdad de los califas.
Dicha suerte corrieron el millón de personas que fallecieron en un solo día, y de semejante forma pereció una biblioteca que era más grande y portentosa que la de Alejandría.
Con ella murió también mucho del saber de los antiguos, y así debió perecer igualmente el libro que Omar encontró justo antes de morir. Pero no lo hizo.
Un libro. Cuán poca cosa. Fue escrito, fue leído, quizá ya nadie pueda nunca volver a hacerlo.
Ahora, olvidado, manchado de sangre, sepultado bajo los escombros, yace envuelto en oscuridad.
Aunque no por mucho tiempo. Pasan los días y Bagdad es un matadero.
Entre las ruinas, blancos osarios parecen reinar en soledad.
Pero, cuando los mongoles dejan atrás la devastada ciudad, aquí y allá aparecen, como sombras huidizas, los supervivientes.
Siempre los hay. Ahora, tras los días de aniquilación, surgen de pozos, de sótanos, de escondites impensables.
Miran alrededor y se enfrentan a algo que ya saben que es peor que la muerte: sobrevivir contra toda esperanza.
Sin embargo, el hombre es siempre más fuerte que la muerte, y lo es de tal modo que hasta puede carecer de esperanza y seguir viviendo.
Bajo la luz anaranjada de una tarde de invierno de 1258, un niño de diez años revuelve entre los escombros en busca de algo que llevarse a la boca.
Aquí y allá pueden verse otras figuras espectrales que se mueven entre las ruinas dejadas atrás por los mongoles, pero el niño se mantiene alejado de ellas, pues ha aprendido en los días que quedan atrás que nada hay para él tan peligroso como sus semejantes.
Y es que, en un mundo de desolación como el que ahora habita y en el que ya no rigen ni las costumbres, ni la religión, ni la ley, un niño como él es solo una presa.
Su pequeña mano levanta un cascajo y evalúa este o aquel resto en busca de algo valioso.
Ansía algo que comer o que entregar al viejo comerciante que, escondido en un sótano de la Ciudad Redonda y protegido por sus dos gigantescos esclavos negros, ha sobrevivido para seguir haciendo lo que siempre hizo: negociar.
Y en esas halla algo. Un viejo libro que extrae del polvo y los cascotes.
Un códice con las guardas rasgadas, manchado de sangre y a todas luces incompleto.
El niño no sabe leer y el objeto en cuestión es poco atractivo.
Por un momento piensa en arrojarlo de nuevo entre los escombros.
Pero, al abrirlo y pasar los ligeros folios que lo componen, advierte en ellos hermosos dibujos que parecen representar estrellas y figuras geométricas y que, una vez soplado el polvo que los vela, revelan vivos colores azules, rojos, dorados, argénteos...
Eso le fascina y, cuando el estómago le recuerda cuánta hambre tiene, se le aviva el ingenio que le susurra que quizá aquel libro valga un puñado de harina de los que guarda en su sótano el viejo comerciante.
El niño tiene los cabellos de un castaño oscuro y brillante, y todo apunta a que serían hermosos, como su rostro, si estuvieran limpios.
Está muy delgado, y ha visto tanto horror que ya nada debería asustarlo, pero es un niño y, en su camino hacia el escondido sótano del viejo comerciante, no puede evitar sentirse aterrorizado, a la par que fascinado, por las negras siluetas de los buitres que, codiciosos, tientan los cielos de Bagdad en infinitos y aéreos círculos de los que, de tanto en tanto, se dejan caer en busca de carroña.
Cuando eso sucede, el niño aprieta el paso y esquiva a las aves carroñeras.
Sus ojos lucen en su cara verdes y vivaces, aunque teñidos de la nostalgia propia de haber visto morir a sus padres, a sus hermanos y a toda su familia.
Aprieta el paso, la noche ya se le echa encima.
Deslizándose entre montañas de escombros, evitando a otros supervivientes, avanza hasta la entrada del sótano del añoso comerciante, quien, al tener entre sus manos el deteriorado códice, chasquea los labios mientras reflexiona si vale la pena entregar unos puñados de harina a aquel niño flaco y condenado a morir de hambre que tiene enfrente.
El vetusto mercader tampoco conoce el griego, pero sí sabe algo de libros, y, al ojear aquel, comprende que es un volumen escrito siglos atrás y en el que se emplearon magníficos materiales y costosas tintas, así que quizá, cuando llegue el momento, pueda conseguir por él un poco de plata.
El trato fue el siguiente: ocho puñados de harina y un trozo de carne salada a cambio del libro.
Dos días más tarde, el niño fue perseguido entre las ruinas por un loco furioso y el pánico llevó sus infantiles pasos lejos de Bagdad y los precipitó al ancho mundo.
Eso sí, su destino quedó entrelazado con el libro.
En cuanto al viejo comerciante, fue asesinado por sus esclavos negros, quienes cargaron con todo lo que pudieron, abandonaron la asolada Bagdad y se dirigieron a Mosul.
Nunca llegaron a ella, pues fueron sorprendidos por una patrulla mongol y pasados a espada.
Los guerreros de la estepa se repartieron el botín, y el viejo códice, escrito por el más sabio entre los sabios para el más poderoso de los reyes de la tierra, terminó por ser propiedad de un bárbaro que no sabía leer y que había crecido pastoreando cabras en el más lejano rincón del globo.
No lo conservó demasiado. Lo vendió en Mosul a un comerciante judío a cambio de diez monedas de plata.
Aquel fue el comienzo de un largo trayecto para el libro.
De mano en mano, viajó hacia Occidente y dejó tras de sí un mundo arruinado por la guerra.
Antioquía, Acre, Alejandría, Túnez, Ceuta, Algeciras, Sevilla y Toledo, esa fue su ruta, e incontables fueron sus peripecias hasta llegar al extremo Occidente, a Espanna, donde un poderoso monarca, Alfonso, el décimo de su nombre, se consideraba sabio y reinaba en una ciudad llena de sabios, libros e intrigas.
Así sigue esta historia, una que no debió ser escrita y que su lector nunca podrá olvidar.