PRÓLOGO #2
Con las manos temblorosas, recorre los estantes y tienta en ellos los polvorientos tomos sin saber muy bien qué espera hallar.
Arrastra los pies y trata de leer las etiquetas, los protocolos, los desvaídos títulos que identifican los arcanos volúmenes, los apolillados pergaminos, los vetustos papiros...
Muchos de aquellos libros ni siquiera tienen nombre, sino que yacen, desordenados, olvidados, medio corroídos por los siglos, apilados de manera anárquica sobre amplios estantes o arrojados en profundos arcones.
Sin saber por qué, Omar revuelve el fondo de uno de estos últimos y extrae de él un viejo códice griego muy deteriorado.
Lo abre y, para su asombro, comprueba que su protocolos , esa primera página destinada a recibir el título y autor de la obra, informa, a quien sepa descifrar las crípticas palabras, de que aquel maltratado libro contiene una copia secreta de un trabajo de Aristóteles que no debería existir: «To mystikon ton mysticon». Esto es, el Secretum Secretorum 2 .
Su duda estaba en si sería cierto. Pese a su juventud, Omar es maestro en numerosas disciplinas y sabe que son muchas las falsificaciones de obras supuestamente redactadas por Aristóteles que circulan por el mundo.
Es consciente de que muchas de ellas se custodian allí, en la Casa de la Sabiduría, pero desconoce si ese viejo códice griego es otro falso Aristóteles.
Entonces lee las primeras líneas del segundo folio de vitela del deteriorado libro y el corazón se le detiene: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable.
Se hizo de este modo para que los secretos que contiene solo puedan ser desvelados por un rey amante de la sabiduría que con este “tesoro” gane plenitud y felicidad» 3 .
Al leer y comprender el mensaje oculto en la posición de los astros anotada en el comienzo del códice, las manos le tiemblan, pero no de miedo, sino de algo que creía tan destinado a morir como su propio cuerpo mortal: la pasión por saber, que ahora, revolviéndosele en el corazón como un animal acorralado, pugna por liberarse.
Entonces, con el libro entre sus brazos, se aproxima con premura a una mesa, arrima con nervios un taburete y lo abre de nuevo deslizando con los trémulos dedos las suaves y casi translúcidas páginas de costosísima vitela de primera calidad 4 .
Tiene la boca seca, se lame los labios, y está tan concentrado que ha olvidado que en breve algún despiadado mongol lo decapitará para llevarse su cabeza y arrojarla a una de las pirámides de cráneos que Hulagu ha ordenado erigir como horrendo recordatorio de que ninguna ciudad puede resistírsele.
Poco importa ya eso, al menos para alguien como Omar, quien, teniendo en sus manos el libro más buscado, más precioso, más deseado del mundo, se siente señor dichoso y colmado.
Y es que ahora puede leer, aunque sea durante unos instantes, lo que siempre creyó leyenda: el libro que los árabes conocen como Kitāb Sirr al-Asrār o Libro del secreto de los secretos , la obra más excelsa de Aristóteles, la que escribió para su más afamado discípulo, el gran conquistador Alejandro Magno, y que, según se dice, contiene la sabiduría necesaria para dominar y gobernar a los hombres.
Una risa nerviosa se le escapa de los labios cuando sus ojos comprueban, línea tras línea, que aquel libro no es una falsificación más, sino el verdadero Secretum Secretorum o Tesoro de Alejandro .
Aunque durante muchos siglos han circulado por todo el orbe multitud de falsificaciones, de supuestos Secretum Secretorum , ahora, contra toda lógica y esperanza, el azar ha colocado un ejemplar auténtico en sus manos...
«El día 19 de ramadán del año 223 de la hégira, el califa al-Mutásim conquistó la ciudad de Amorio y, en ella, oculto, fue hallado este libro que te dispones a leer y que en origen fue mandado copiar por el docto Antíoco, quien halló la obra original escrita por el gran Aristóteles de su puño y letra para el Señor del mundo, Alejandro Bicorne, y que la prudencia le llevó después a esconder de los ojos de los hombres codiciosos, en espera de que un verdadero rey sabio lo hallara de nuevo y descifrara sus misterios.
Estos proceden de antiguo y contienen no solo la sabiduría de Aristóteles, sino también la de Hermes Trismegisto» 5 .
Eso lee ahora y nuevamente le embarga una emoción desbocada, pues algo de esa historia había llegado a sus oídos a través de un viejo matemático y astrónomo de la Casa de la Sabiduría: «En tiempos del califa al-Mutásim, cuando se conquistó la ciudad fortaleza que los romanos llaman Amorio, se trajeron de allí muchos tesoros y multitud de libros, y, entre ellos, según se dice, un ejemplar auténtico de El tesoro de Alejandro .
Cuentan algunos, pero Alá sabe más, que el códice estaba escrito en griego y que contenía sabiduría sin par, pero que la exponía con enigmas que pocos podían ya descifrar.
Frustrado, el califa ordenó a los sacerdotes de los paganos sabeos de Harrán 6 que examinaran la obra y que le ofrecieran una traducción árabe en la que quedasen revelados todos sus secretos.
Así lo hicieron, pero el califa, al posar los ojos sobre la traducción del trabajo que Aristóteles había redactado para el gran Alejandro, quedó demudado primero y, luego, presa de terror, arrojó lejos de sí el libro que tanto había ansiado leer.
Nadie sabe qué pudo turbar tanto la mente del califa.
Lo que yo sí sé es lo que ahora te revelo: que el califa ordenó que el libro fuera destruido y, con él, la copia en árabe que había ordenado hacer a los sacerdotes de los paganos sabeos».
Eso fue lo que el viejo matemático le contó a Omar un año atrás.
Pero, por lo visto, no se cumplió la orden dada por el califa al-Mutásim, sino que alguien, quizá el sabio sacerdote sabeo encargado de descifrar y traducir la obra de Aristóteles, decidió preservarlo y esconderlo de la manera más efectiva y genial: arrojándolo entre los centenares de miles de viejos códices y volúmenes que contenía la biblioteca de la Casa de la Sabiduría».
A fin de cuentas, en ningún sitio puede ocultarse mejor un libro que dejándolo abandonado entre otros cientos de miles.
De modo que ahora, por azar o por voluntad de Dios, él, Omar de Granada, un hombre destinado a morir, ha hallado el códice original traído cuatrocientos veinte años atrás desde la debelada Amorio por el califa al-Mutásim, para extraviarlo en la biblioteca más grande del mundo.
—¡Ja, ironía suprema! —se dice a sí mismo Omar—.
¡Un hombre condenado a morir halla, en el día de su muerte, un libro que fue condenado a la destrucción!
Sí, y ahora, en esta jornada de aniquilación, ambos, el hombre y el libro, perecerán juntos.
—Y al concluir ese pensamiento, se le vuelve a escapar una risa histérica que bordea la locura.
—¿Qué te pasa, muchacho? ¿Has dado con alguna escandalosa comedia escrita por algún pagano griego de los días de Alejandro?
—La voz cascada del viejo bibliotecario lo sobresalta y, cuando el anciano se dirige hacia su mesa para ver qué está leyendo, Omar reacciona como nunca habría sospechado que pudiera hacerlo: poniéndose en pie, toma la banqueta en la que estaba sentado y la estampa contra el asombrado viejo, quien, tras recibir un alud de despiadados golpes en la cabeza, cae al suelo, muerto y ensangrentado.
Sin detenerse a pensar en la barbaridad que acaba de cometer, Omar, hasta ese momento un ser afable y piadoso, se sumerge de nuevo en la enfebrecida lectura del viejo manuscrito griego.
Sus labios se mueven a toda prisa deletreando las arcaicas palabras escritas en un griego que, sin duda, procede de la Atenas en la que enseñó Aristóteles.
El estilo, por lo demás, es el del viejo maestro heleno...
No hay duda. Aquel libro desgastado, apolillado, ignorado y hallado en el día del juicio final es la obra perdida que Aristóteles escribió para Alejandro Magno y que ahora él lee antes de morir.
Apenas le queda tiempo. Desde las salas y los patios exteriores llega ya el bramido torvo de la matanza, y por la puerta que hay a veinte pasos de donde ahora se halla se pueden entrever figuras que corren en busca de un refugio que no hallarán, mientras alaridos de terror y dolor saturan de ecos horribles las bóvedas y los patios de la Casa de la Sabiduría.
Pero nada de eso importa. Por supuesto, Omar sabe que está loco y que aquello, leer una obra de Aristóteles desaparecida del mundo siglos atrás, forma parte de esa locura.
Mas él prefiere morir así, llevándose consigo, al otro mundo, el saber más excelso, el secreto más codiciado, el libro más precioso.
Un tanto contrariado, arruga la frente ante el cada vez más ensordecedor y molesto griterío de pánico y muerte que, al paso de los feroces mongoles, inunda el hermoso interior de la Casa de la Sabiduría.
Entonces, un sabio, aterrorizado, penetra en la sala perseguido por un joven y salvaje guerrero que lo decapita desde atrás con un certero golpe de su sable de las estepas, y que luego, alzando la mirada, ve a Omar enfrascado en la lectura del libro.