Muerte en Toledo
© inepub.com
PRÓLOGO
El día en que Omar halló el libro fue el mismo en que murió, y con él lo hicieron un millón de personas.
Amanece y sabe, porque lo siente muy adentro, que su último suspiro es inminente.
Cien mil mongoles acampan frente a las murallas de Bagdad desde hace trece jornadas porque sus gigantescas máquinas de guerra chinas, los Pi Li-Pao, semejantes a grandes catapultas, y los uochong , largos tubos de bronce cargados con una demoniaca sustancia, la pólvora, derriban las torres y murallas con truenos, llamas y humo negro.
Además, el kan de los bárbaros, Hulagu, nieto de Gengis Kan, ha jurado que sus guerreros no tendrán piedad alguna, pues ha consagrado la ciudad de los califas a la aniquilación.
Así debe ser, ya que hasta el cielo está enlutado, y no solo con las miríadas de flechas color azabache con las que de continuo lo entoldan los arqueros mongoles.
Ahora también cubre todo un gris ominoso, hecho a base de las cenizas de los incontables incendios que, de continuo, provocan los proyectiles lanzados por los mongoles contra los tejados de palacios, mezquitas, bibliotecas y casas de Bagdad.
El tronido, la flama y una acre oscuridad de densas nubes sofocan los gritos y las desgarradoras lamentaciones de los que sobreviven a su impacto.
Todo es muerte, llanto y tinieblas en la asediada Bagdad, y en ella, él, Omar al-Garnati, el joven llegado tres años atrás desde Granada, camina como si lo hiciera dentro de un sueño o, mejor dicho, de una pesadilla en la que se revuelven y confunden los sollozos de las madres, los quejidos de los hombres y la infantil histeria de unos niños que presienten que nunca serán adultos.
Y es que absolutamente todos los seres vivos de Bagdad conocen ya de sobra su destino: la muerte sin excepción.
Sin detenerse, sin atender súplicas ni advertencias, Omar cruza calles laberínticas atestadas de gentes aterrorizadas que corren sin saber a dónde, pasa junto a fuentes privadas de la risa de mujeres y niños y mercados huérfanos de mercaderes para, al final, detenerse ante una de las entradas que dan acceso a la Ciudad Redonda, la porción más gloriosa de Bagdad.
Allí se alzan el gran palacio del califa, las treinta y seis bibliotecas que han hecho célebre a la capital del califato y las espléndidas mezquitas de cúpulas y bóvedas recubiertas de deslumbrantes azulejos en tonos cobalto, turquesa y esmeralda, las cuales hoy, con sus colores amortajados por el cielo preñado de cenizas, parecen un llanto cromático y desesperanzado.
Justo en ese momento, el proyectil redondo propulsado por uno de los maléficos ingenios chinos de los que se sirven los mongoles para destruir la ciudad se estrella contra la cúpula principal de la mezquita del califa al-Mansur, y provoca un ensordecedor estruendo y su parcial desmoronamiento.
Omar, desquiciado, echa a correr envuelto por el humo negro y, en esa nube asfixiante, tropieza con otro hombre y lo derriba.
Presa del pánico, no se detiene a auxiliarlo, sino que lo pisotea sin clemencia alguna y avanza sin freno hasta dejar atrás los gritos, la humareda y el polvo.
Ahora está en una pequeña plaza en la que una diminuta fuente presta sus aguas a un estanque.
Un poco más allá, dos hombres cavan un agujero para enterrar de forma apresurada el cadáver de una anciana, quizá su madre, ajenos al caos que reina y en el que la única consigna que parece cumplirse es la de huir.
Pero no hay a dónde. Bagdad está rodeada: el río Tigris, que la atraviesa, está bloqueado; los canales que llevaban agua a las huertas y sembrados han sido destruidos, y sus aguas, antaño vivas, son ahora fango entreverado de cadáveres de hombres y ganado.
Mientras, las aldeas que acogían a los campesinos que alimentaban a la gran urbe con el fruto de sus campos han sido reducidas a la condición de mataderos donde yacen docenas de miles de cuerpos insepultos...
Por tanto, y por mucho que se quiera, no se puede huir.
Omar ni se lo ha planteado. Vino a Bagdad desde la tierra que los cristianos del más lejano poniente llaman Espanna 1 y lo hizo buscando sabiduría.
El viaje fue largo, pero lo alentaba la visión gloriosa que le llenaba el corazón: la de alcanzar la ciudad de sus sueños, aquella en la que treinta y seis bibliotecas recogían el saber de los tiempos antiguos y modernos desparramado por infinitos anaqueles e incontables arcones repletos de manuscritos griegos, indios, siriacos, persas, coptos, árabes...
Para alguien como Omar al-Garnati, un joven educado en reverenciar el saber, el hecho de estudiar en la más célebre biblioteca del mundo era lo más parecido al paraíso de cuanto podía hallar sobre la Tierra.
Albergaba la Bayt al-Hikma o Casa de la Sabiduría, en la que se custodiaban, desde hacía cuatro siglos y medio, más de cuatrocientos mil volúmenes.
Aquel edén estaba en Bagdad, aguardando a quien osara transitar sus misterios de tinta acunada en papel, pergamino y papiro, y Omar se había atrevido y lo había hecho con una pasión que rayaba la locura.
Tal vez por ello, porque en el fondo es un loco, en vez de tratar de huir, en lugar de mesarse la barba y los cabellos al tiempo que derrama lágrimas e invoca la protección de Dios, prefiere correr hasta las frescas y calmas salas de la Casa de la Sabiduría y esperar allí su última y violenta hora en compañía de sus mejores amigos: los libros.
Ahora, al dejar atrás la arruinada mezquita de al-Mansur, deambula entre gentes que se saben condenadas y a las que ya no les merece la pena contar las horas que les quedan.
De tanto en tanto, llegan hasta él los rugientes ecos del impacto sordo de algún proyectil lanzado por las máquinas de guerra chinas que manejan los mongoles o el aullido lejano de los bárbaros mientras, empujando arietes o torres de asedio móviles contra las defensas de la ciudad, tratan de romper, al fin, su postrer e inútil resistencia.
De súbito, el unificado grito de la multitud se impone a todo: «¡Los mongoles han entrado en la ciudad!
». Y el clamor, recogido, multiplicado, alzado hasta los cielos por cientos, por millares de voces desgarradas, empuja a Omar a correr más deprisa y, como puede, se infiltra entre los ciudadanos que ya anticipan el acero y la brutalidad de los conquistadores.
Al fin llega a su destino, a su ansiada tumba, y se detiene ante la fachada de ladrillo y azulejos vidriados de la gran biblioteca, la Casa de la Sabiduría.
Omar se llena los ojos con aquella maravilla y, por un momento, se le pasa por la mente que los verdes, los azules y los amarillos de los ricos azulejos que adornan los magníficos edificios parecen dispuestos a desafiar la desesperanza.
Mas no se deja engañar por esa ilusión, dado que también los colores perecerán en aquel día de juicio inexorable.
Como si estuviera en un estado febril, tambaleándose, sintiendo cómo el miedo y el ansia se apoderan de su espíritu por el temor a morir antes de recibir el adiós de lo que más venera, que son los libros, Omar penetra en el gran conjunto de edificios engarzados entre sí por patios y jardines de ensueño.
Recorre salas atestadas de incontables volúmenes dedicados a todas las disciplinas y saberes, y entre los que ahora sabios llegados desde todos los rincones de la Tierra intentan aparentar serenidad, seguir absortos en su trabajo, como si aún fuera posible ignorar el mundo y la maldad que contiene.
Pero no lo es... Algunos sabios rebuscan manuscritos entre las enormes estanterías, cofres y arcones que contienen los viejos tomos y códices.
Otros se afanan en traducir textos griegos, persas, siriacos o indios que ya nadie leerá, y también están quienes debaten en voz baja cuestiones filosóficas que nunca resolverán.
Omar pasea entre aquellos hombres doctos sentenciados a muerte como lo haría un espectro.
Nadie parece verlo, nadie le habla, nadie le cierra el paso o se lo franquea.
Así, sala tras sala, patio tras patio, llega hasta una de las más recónditas estancias de la Casa de la Sabiduría: la que contiene los libros y manuscritos más desatendidos por los eruditos.
Allí, el olor a cedro, a tinta y a papel se mezcla con el de los viejísimos pergaminos y papiros de los siglos más lejanos, los cuales jamás serán leídos ni desvelarán ya sus secretos.
El bibliotecario encargado de la sala, un viejo de luenga barba blanca y ojos pequeños y burlones, alza la cabeza del viejo libro que está leyendo y esboza una sonrisa a modo de saludo para Omar.
—No te va a dar tiempo de leer ningún libro, muchacho —le espeta con el despiadado regocijo con que un hombre de ochenta años y en la antesala de la muerte interpela a un joven de veintitrés—.
¿Acaso no has oído ahí fuera que los mongoles ya están en el interior de Bagdad matando sin freno?
En una hora, calculo, llegarán aquí, y tú y yo mezclaremos nuestra sangre con la tinta de todos «estos» —concluye con un amplio gesto que abarca los libros que los rodean.
Omar no responde. Tiene la boca seca, y su miedo es tan vivo y ardiente que parece bailarle como danzante llama en las entrañas.
El viejo, al percibirlo, ensancha aún más la sonrisa burlona y, con un provocador y desdeñoso ademán, lo invita a explorar los incontables anaqueles y arcones donde aguardan, como siempre, los libros que nadie leerá.
Silencioso, ido, como en un sueño propiciado por algún despiadado demonio, Omar se adentra en aquella sala que días atrás le hubiera parecido el paraíso y que ahora, a escasos momentos de su agonía, se le antoja un inmenso sepulcro.