Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 22 — La ciudad de la luz #2
99%

Capítulo 22 — La ciudad de la luz #2

No llevó la fotografía de Léonie.

Tampoco la sortija.

Célestine Ravier llegó a París al día siguiente para declarar ante el juez.

Su antiguo proceso sería revisado. La nueva evidencia no garantizaba una absolución completa, porque había admitido haber firmado documentos falsos.

Pero la identidad de Louise Arnaud, la máquina de escribir y la repetición del método demostraban que la investigación de Rouen había detenido a la persona más accesible y dejado libre a quien había organizado el fraude.

Célestine no mostró alegría.

—Me devolverán un nombre que ya nadie recuerda —dijo al salir del tribunal.

—Lo recuerda usted —respondió Delacroix.

—He aprendido a vivir con otro.

—Eso no significa que deba conservar una culpa ajena.

La mujer observó el edificio.

—¿Léonie ha preguntado por mí?

—No.

Célestine sonrió con cansancio.

—Entonces sabe que declararé.

—¿La temía?

—Durante años. Después comprendí que el miedo necesita creer que la otra persona sigue pensando en una. Léonie no pensaba en mí. Yo era una habitación que había abandonado.

—Ahora esa habitación tiene una puerta abierta.

—No sé si quiero volver a entrar.

Delacroix no intentó convencerla.

La justicia podía corregir una sentencia. No podía devolver catorce meses, un empleo perdido ni la versión de una persona que habría existido sin ellos.

Antes de marcharse, Célestine pidió ver la falsa confesión de Bastien. Delaunay le mostró una copia.

Leyó las primeras líneas y reconoció de inmediato la construcción.

—Así hablaba cuando preparaba una culpa —dijo.

—¿Una culpa? —preguntó el comisario.

—Primero decía lo que la otra persona había hecho de verdad. Después añadía lo que necesitaba que pareciera posible. Cuando llegaba la acusación, una ya no sabía dónde terminaba la parte propia.

—Bastien sí sabía.

—Eso no vuelve menos preciso el método.

Célestine devolvió las hojas.

—¿Confesará?

—Léonie no.

—Nunca lo hacía. Admitir algo significaría aceptar que la historia ya no le pertenece.

La mujer salió del edificio.

Delaunay miró el documento.

—¿Cree que hablará durante el juicio?

—Solo si considera que el silencio ha dejado de servirle.

—Marot intentará convertirla otra vez en víctima.

—Es su trabajo.

—Y la prensa lo ayudará.

—Es el suyo.

El comisario dejó las páginas.

—Empiezo a sentir que las profesiones son una forma organizada de no asumir responsabilidad.

—Eso incluiría a la policía.

—Y a los detectives.

—Especialmente a quienes se encuentran de vacaciones.

La instrucción del caso se prolongaría durante meses. Delacroix no tenía intención de permanecer en París hasta que cada documento encontrara un sello. Había entregado su declaración, revisado las pruebas y respondido a las preguntas del juez.

Delaunay insistió en que esperara hasta que el laboratorio terminara el último análisis de la sortija.

—¿Qué espera encontrar? —preguntó Delacroix.

—No lo sé.

—Entonces el resultado será emocionante.

—Una huella, una fibra, algo que cierre el recorrido.

—El recorrido ya está cerrado.

—Usted fue quien dijo que los culpables detenidos no eran lo mismo que un caso cerrado.

—He cambiado de opinión para poder tomar un tren.

El comisario no aceptó la explicación.

El informe llegó aquella tarde.

En el interior de la caja del anillo había una huella parcial de Léonie, protegida por el forro de terciopelo. En el exterior no quedaba ninguna. Había limpiado la superficie antes de introducirla en el bolsillo de Gabriel, pero no había considerado necesario limpiar por dentro.

—Ahí lo tiene —dijo Delaunay—. Su prueba final.

—No es final.

—La coloca tocando la caja.

—Admitirá haberla visto en algún momento.

—Negó conocerla.

—Entonces dirá que la policía introdujo la huella.

—No puede discutir todo.

Delacroix guardó el informe.

—Puede intentarlo. Eso no cambia el resultado.

Delaunay observó las cajas de evidencia apiladas en el despacho. Parecía incapaz de aceptar que el caso pudiera continuar sin su vigilancia directa.

—¿Cuándo se marcha?

—Mañana por la mañana.

—Llegó buscando tranquilidad.

—París hizo lo posible por ofrecérmela.

—Dos asesinatos.

—He conocido hoteles más ruidosos.

—¿Adónde irá?

Delacroix lo miró.

—A casa.

—Eso suele durar poco.

—Su confianza resulta ofensiva.

—Su equipaje todavía no estaba deshecho cuando encontré el primer cadáver.

—Eso demuestra previsión.

Delaunay abrió un cajón y sacó una botella.

Sirvió dos vasos.

—Esta vez beberá.

Delacroix tomó uno.

—¿Por qué?

—Porque ya no pertenece a una escena del crimen.

El coñac era mejor que el de Bellac y considerablemente peor que el que Delaunay creía haber comprado. Bebieron junto a la ventana mientras la tarde caía sobre el Sena.

—¿Qué ocurrirá con la revista? —preguntó Delacroix.

—Adèle dimitirá. Le Regard Parisien publicará un número especial dedicado a Gabriel.

—¿Con fotografías de Bellac?

—Una de las anteriores a la caída. Madeleine autorizó un retrato donde aparece solo.

—Bellac habría exigido derechos.

—Su viuda ya lo ha hecho.

—La muerte no mejora todas las relaciones.

Delaunay giró el vaso.

—Clovis conservará el estudio.

—¿La viuda se lo permitirá?

—Ha descubierto que Bellac le dejó deudas suficientes para volver generosa cualquier disputa.

—Entonces quizá Clovis aprenda a fotografiar sin negociar con los negativos.

—No parecía muy convencido.

—La moral suele necesitar alquileres bajos.

El comisario guardó silencio.

Abajo, los vehículos cruzaban el puente. La ciudad seguía funcionando alrededor de la Prefectura, indiferente a que dos personas estuvieran detenidas y dos muertos hubieran recuperado explicaciones menos atractivas que las primeras.

—Gabriel tenía razón en una cosa —dijo Delaunay.

—¿Solo en una?

—La gente prefiere una cuenta sencilla.

—La gente prefiere que el total coincida con lo que ya pensaba.

—París quería una propuesta.

—Y ahora quiere una amante asesina.

—¿Cuál es el problema? Léonie lo es.

—Ninguno, mientras no olviden a Bastien.

Delaunay asintió.

La nueva historia empezaba a convertirlo en otro hombre seducido y manipulado, casi una víctima secundaria. Su confesión, sus heridas y la tentativa de Léonie facilitaban aquella transformación.

—Lo condenarán —dijo el comisario.

—La ley, sí.

—¿Y los periódicos?

—Los periódicos necesitan que al menos uno de los amantes conserve algo parecido a un corazón.

—No lo tiene.

—Lo tiene. Ese fue parte del problema.

Bastien había amado a Léonie. También había amado el dinero, la comodidad y la idea de una vida donde Gabriel desapareciera sin obligarlo a considerarse un asesino. Los sentimientos no lo hacían menos culpable. Solo impedían convertirlo en una figura simple.

Léonie resultaba más difícil.