Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 22 — La ciudad de la luz
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Capítulo 22 — La ciudad de la luz

París necesitó tres días para olvidar que había estado equivocada.

No olvidó el crimen. Olvidó su propia certeza.

Los periódicos que habían presentado a Léonie como una prometida destruida publicaron ahora retratos donde la sombra bajo sus ojos parecía calculada, la inclinación de su cabeza sugería desprecio y la sortija que había llevado al cuello adquiría el aspecto de un trofeo.

Las mismas fotografías servían para demostrar inocencia o perversidad según el texto colocado debajo.

Un columnista afirmó que siempre había desconfiado de su serenidad.

Otro recordó haber considerado artificial su dolor desde el primer momento.

Un tercero, que dos días antes había exigido la dimisión de Delaunay por maltratar a una mujer indefensa, explicó que la presión de la prensa había sido una estrategia destinada a obligar a la policía a revelar sus pruebas.

Delacroix leyó las tres columnas durante el desayuno y decidió que París poseía una capacidad de supervivencia comparable a la de ciertos insectos: perdía una versión de sí misma sin mostrar señal alguna de daño.

Madame Blanchet retiró la cafetera y dejó otro periódico sobre la mesa.

—Este dice que usted sospechó del anillo antes de encontrarlo.

—Eso habría sido una proeza.

—También afirma que fingió ser un turista belga para observar a los culpables.

—Nunca he fingido algo tan grave.

—¿Ser turista?

—Ser belga.

Madame Blanchet aceptó la respuesta con una inclinación de cabeza.

La investigación no había terminado, aunque el caso estuviera resuelto.

Los peritos seguían examinando documentos, las declaraciones debían convertirse en actas formales y cada objeto sería discutido durante meses por abogados que cobrarían por separar aquello que la policía había tardado días en reunir.

Léonie no había confesado.

Después de la comparecencia ante la prensa, guardó silencio. Marot presentó recursos, cuestionó los análisis, denunció la presión ejercida sobre Marthe y anunció que demostraría que Bastien había manipulado las pruebas para reducir su condena.

La estrategia era previsible.

No necesitaba probar una historia completa. Le bastaba con introducir dudas entre piezas aisladas.

Los guantes podían haber sido contaminados.

La frase pronunciada en la torre podía haberse entendido mal.

La declaración de Solange procedía de una camarera curiosa.

La identificación de Cécile Vautrin había sido influida por la policía.

El cianuro se encontraba en un laboratorio accesible a varias personas.

La carta de Gabriel expresaba sospechas personales, no hechos judicialmente probados.

Por separado, todo podía discutirse.

Marot evitaba cuidadosamente explicar por qué todas aquellas discusiones terminaban protegiendo a la misma mujer.

Bastien, en cambio, habló durante seis horas.

No pidió inmunidad. Sémard negoció que su cooperación fuera considerada, pero el detenido dejó de preguntar qué parte de la condena podía evitar.

Describió los pagos, la habitación treinta y dos, las llaves, la cera, el plan de la torre y el instante en que retiró el pasador sabiendo que Gabriel probablemente moriría.

También entregó nombres de intermediarios financieros y explicó dónde se habían ocultado fondos de Saint-Roch.

El dinero no podría recuperarse por completo. Una parte había sido gastada. Otra había cruzado cuentas extranjeras o desaparecido en sociedades difíciles de seguir. Aun así, Marescot calculaba que varias instituciones recibirían de vuelta una cantidad suficiente para evitar el cierre.

Delaunay consideró aquello una reparación incompleta.

Delacroix le recordó que casi todas lo eran.

La mañana del cuarto día, Madeleine Montfort acudió a la Prefectura para recoger los objetos de Gabriel que ya no eran necesarios para la investigación. Delaunay le entregó el reloj, la cartera, las llaves y la fotografía que llevaba en el bolsillo interior.

La sortija permaneció bajo custodia.

—No la quiero —dijo Madeleine.

—Es una prueba —respondió el comisario—. Después del juicio podrá decidirse su destino.

—Entonces que la fundan.

Delaunay cerró el sobre.

—Maison Vautrin quizá la acepte.

—No quiero que vuelva a convertirse en una promesa para nadie.

La mujer llevaba el libro de aventuras que había encontrado en la maleta. Había colocado dentro una copia de la carta de Gabriel y el billete de ida a Orléans.

—¿Qué ocurrirá con Bastien? —preguntó.

—Será juzgado como cómplice necesario del asesinato.

—¿Podrían condenarlo igual que a Léonie?

—Eso dependerá del tribunal. Sabía que Gabriel podía morir y retiró la protección.

Madeleine sostuvo el libro contra el cuerpo.

—Era su amigo desde la escuela.

—Sí.

—Mi madre lo recibía en casa cuando no tenía dónde pasar los domingos.

Delaunay no respondió.

No había una fórmula adecuada para explicar qué debía hacerse con una amistad que terminaba en una mano cerrada alrededor de un pasador.

—Quiero verlo —dijo ella.

El comisario la miró.

—No está obligada.

—No he dicho que lo esté.

—Puede perjudicarla.

—Ya me ha perjudicado sin verme.

Delaunay consultó a Delacroix con una mirada.

—La decisión es suya —respondió él.

Bastien fue llevado a una sala pequeña, sin esposas pero acompañado por un agente. Las heridas de las manos estaban vendadas y caminaba con dificultad por la contusión del pecho. Al ver a Madeleine, se detuvo en la puerta.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Ella no se parecía lo suficiente a Gabriel como para producir una confusión, pero compartía con él la costumbre de esperar antes de formular una pregunta. Bastien bajó los ojos hacia el libro.

—Lo recuerdo —dijo.

—Se lo regalé cuando cumplió doce.

—Lo llevaba al colegio. No dejaba que nadie lo tocara.

—A usted sí.

Bastien cerró los dedos vendados.

—Sí.

Madeleine se sentó. No le ofreció la silla de enfrente, aunque él terminó ocupándola.

Delaunay y Delacroix permanecieron junto a la puerta.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Bastien había respondido aquella pregunta muchas veces desde su confesión. Había hablado del dinero, del miedo, de Léonie, de la denuncia y de la posibilidad de perderlo todo. Ninguna de aquellas respuestas parecía suficiente frente a la hermana del muerto.

—Porque fui cobarde.

—Eso explica que no se negara. No explica que aceptara.

Bastien miró las vendas.

—Pensé que Gabriel siempre tenía una salida. Que incluso si caía, sobreviviría de alguna manera. Era así desde niño. Cuando ocurría algo, encontraba cómo solucionarlo.

Madeleine no apartó los ojos de él.

—No era invulnerable.

—Lo sé ahora.

—Lo sabía antes.

Bastien cerró la boca.

Ella continuó:

—Miró hacia abajo.

El hombre levantó la vista, sorprendido.

—Se lo dijo a la policía —dijo Madeleine—. Miró el vacío antes de retirar el pasador.

—Sí.

—Entonces sabía que no había una plataforma.

—Había vigas.

—No mienta otra vez delante de mí.

Bastien bajó la cabeza.

—Sabía que podía morir.

—Y aun así lo hizo.

—Sí.

Madeleine abrió el libro. No leyó la carta. Solo pasó los dedos por la dedicatoria infantil.

—Gabriel escribió que no quería que odiara a Léonie porque el odio era otra forma de obedecerla.

Bastien levantó lentamente los ojos.

—Eso habría dicho.

—También escribió que usted era demasiado débil para haber inventado el fraude.

El hombre recibió la frase sin defenderse.

—No sé si pretendía disculparlo —continuó Madeleine—. Creo que intentaba comprender cómo alguien que conocía desde hacía veinte años podía hacer algo así.

—No debería disculparme.

—No lo hizo.

Bastien asintió.

—Yo habría preferido que me odiara.

—Eso también habría sido más fácil para usted.

La frase tuvo la precisión de Gabriel.

Bastien miró hacia Delacroix, quizá buscando una intervención. No la obtuvo.

—Léonie dijo que después podríamos marcharnos —murmuró.

—Usted no mató a mi hermano porque una mujer se lo pidiera —respondió Madeleine—. Lo mató porque prefería conservar la posibilidad de que ella lo amara antes que conservar a un amigo que ya sabía la verdad sobre usted.

Bastien cerró los ojos.

—Sí.

—Eso es lo que dirá cuando le pregunten por qué.

—Sí.

—No diga que fue por amor.

—No.

—Ni que lo engañaron.

—No.

Madeleine cerró el libro.

—Ella lo engañó. Pero usted vio el vacío.

Se puso de pie.

Bastien también intentó levantarse, aunque el dolor lo obligó a apoyarse en la mesa.

—Madeleine.

Ella se detuvo.

—Lo siento.

—Lo sé.

—No significa nada.

—No.

—Pero lo siento.

Madeleine lo miró por última vez.

—Entonces recuérdelo cuando empiece a convencerse de que también fue una víctima.

Salió sin despedirse.

Bastien permaneció inmóvil hasta que el agente lo condujo de nuevo a su celda.

Delaunay esperó en el corredor junto a Delacroix.

—Ha sido más dura que nosotros.

—No necesitaba conseguir una confesión.

Madeleine apareció unos minutos después. Había recuperado la serenidad, aunque sostenía el libro con demasiada fuerza.

—¿Le sirvió? —preguntó Delaunay.

—No lo sé.

—Podía no haberlo visto.

—Entonces habría imaginado la conversación durante años. Ahora solo tendré que recordarla.

Bajaron hasta el vestíbulo.

Antes de marcharse, Madeleine entregó a Delacroix un sobre.

—Es para usted.

Dentro había una hoja arrancada de una libreta de Gabriel. Contenía una lista de nombres y observaciones menores sobre varias personas de la recepción. Al final, aparecía una frase escrita probablemente antes de subir a la torre:

Delacroix observa como si esperara que las cosas se contradijeran solas. Delaunay finge que eso le molesta.

El detective leyó la nota.

—¿Por qué me la entrega?

—Porque mi hermano no solía escribir sobre personas que acababa de conocer.

—Nos habíamos visto antes.

—No lo suficiente para que acertara tanto.

Delaunay intentó leer por encima de su hombro.

Delacroix dobló la hoja.

—No es evidencia.

—Eso no ha impedido que vea muchas otras.

Madeleine extendió la mano.

—Gracias por encontrar la maleta.

Delacroix la estrechó.

—Gabriel la dejó para que fuera encontrada.

—La dejó para mí.

—Sí.

La mujer se marchó hacia Orléans esa tarde, utilizando el billete que su hermano no había podido tomar. Llevaba su maleta, sus cartas y el libro de la infancia.