Capítulo 21 — La historia que París quería creer #3
—Bastien mató a Gabriel.
—Bastien hizo posible la muerte. Usted la decidió.
—No vio ningún empujón.
—Vimos el segundo.
—Intentaba defenderme.
—Intentó abrir una compuerta, cegar a todos y golpear las manos de un hombre que colgaba sobre el vacío.
Marot puso una mano sobre el brazo de su clienta.
—No conteste.
Léonie no apartó los ojos de Delacroix.
—¿Cree que Gabriel era inocente?
La pregunta sorprendió a Delaunay.
Delacroix respondió:
—No.
Madeleine, que esperaba en la habitación contigua, no podía oírlo. Aun así, él eligió las palabras con cuidado.
—Ignoró señales. Firmó revisiones incompletas. Permitió que su confianza diera respetabilidad a personas que no la merecían.
—Me llevó a las cenas. Me presentó a los donantes. Se beneficiaba de todo lo que yo conseguía.
—Y cuando descubrió la verdad, decidió denunciarla.
—Cuando decidió abandonarme.
—Las dos cosas ocurrieron al mismo tiempo porque usted convirtió su vida privada y el fraude en un solo mecanismo.
Léonie sonrió débilmente.
—Gabriel necesitaba sentirse moralmente superior. No soportó descubrir que yo podía conseguir en una noche lo que él tardaba meses en obtener con sus libros.
—¿Dinero?
—Confianza.
—No conseguía confianza. Conseguía obediencia.
—¿Y cuál es la diferencia cuando produce el mismo resultado?
—La confianza permanece cuando la persona puede decir no.
La sonrisa desapareció.
Delacroix continuó:
—Célestine dijo sí porque creyó que demostraría su amistad.
Bastien dijo sí porque creyó que construirían una vida.
Marthe dijo sí porque usted era buena con ella.
Adèle dijo sí porque no quería parecer poco colaboradora.
Incluso Gabriel continuó asistiendo a la torre porque había prometido hacerlo.
—Todos eligieron.
—Sí.
—Entonces no me convierta en responsable de sus debilidades.
—No lo hago. Bastien irá a prisión. Célestine cumplió una condena por lo que firmó. Marthe responderá por lo que transportó. Usted responderá por haber utilizado cada elección para construir delitos que solo beneficiaban a una persona.
Léonie miró la mesa vacía.
—No pueden demostrar que empujé a Gabriel.
—Podemos demostrar que preparó la cadena, cambió la carga, compró el anillo, inventó la enfermedad, colocó la caja, conocía la denuncia y trató de repetir el mismo mecanismo con Bastien.
Él declarará que usted dijo que se ocuparía de hacerlo retroceder.
Solange oyó que el plan funcionaría precisamente porque habría mucha gente.
Y anoche se llamó a sí misma la mujer que lo empujó.
—Una frase.
—A veces basta una cuando todo lo demás lleva años preparándola.
Marot se puso de pie.
—La entrevista ha terminado.
Léonie no se movió.
—¿Por qué no me creyó? —preguntó.
Delacroix la observó.
—Durante un tiempo le creí algunas cosas.
—¿Cuándo dejó de hacerlo?
—Cuando encontré el anillo en el bolsillo exterior.
—Un detalle.
—Sí.
—Podía ser un descuido de Gabriel.
—Gabriel no era descuidado.
—Todos lo son alguna vez.
—Usted no podía permitir que el objeto quedara oculto en el interior del abrigo. Necesitaba que apareciera pronto, antes de que alguien preguntara por la compuerta. La historia debía nacer junto al cadáver.
Léonie bajó la mirada hacia el lugar donde había llevado la sortija colgada.
—París la creyó.
—Sí.
—La seguirá creyendo.
—Algunos.
—Más de los que creerán sus cuentas, sus análisis y sus cadenas.
Delacroix no negó la posibilidad.
La gente recordaría el fogonazo, la caída y el anillo. La explicación completa exigiría fechas, fibras, horarios, cartas y varias formas de culpa. La mentira cabía en un titular.
La verdad necesitaba una sala entera.
—No necesitaba convencer a todos —dijo Léonie—. Solo a quienes deciden primero.
—La prensa.
—La ciudad.
—Bastien.
Ella lo miró.
—Sobre todo Bastien.
—Él quería creer.
—Eso lo volvía fácil.
—Y Gabriel no.
—Gabriel dejó de ser fácil demasiado tarde.
La frase quedó entre ambos.
Marot volvió a tocar su brazo.
—No diga nada más.
Léonie se levantó.
Antes de salir, se volvió hacia Delacroix.
—¿Sabe qué habría ocurrido si Bellac no hubiera ampliado esa placa?
—Bastien habría terminado confesando.
—No.
—El fraude lo habría llevado hasta ustedes.
—Podíamos negar las cartas.
—Gabriel había guardado originales.
—Podían perderse.
—La maleta no.
Léonie sonrió.
—Una carta de un hombre herido.
—Un hombre que había elegido marcharse.
Por primera vez, el control de su rostro se quebró sin que hubiera periodistas delante. No por la acusación de asesinato ni por Bellac.
Por Gabriel.
Por la idea de que su decisión había sido tomada antes de la torre y no dependía de lo que ella hiciera después.
—No se habría ido —dijo.
—Ya había llevado la maleta a la estación.
—Habría regresado.
—No.
—No puede saberlo.
—Usted tampoco pudo soportar averiguarlo.
Marot abrió la puerta.
Léonie salió sin responder.
Delaunay esperó hasta que los pasos desaparecieron en el corredor.
—¿Cree que lo amaba?
Delacroix guardó las copias de los informes.
—Creo que consideraba su amor una propiedad.
—No es lo mismo.
—No.
El comisario miró hacia la ventana. En la plaza, los periodistas seguían esperando. Habían llegado más desde la mañana y sostenían hojas con preguntas preparadas.
—Debemos darles algo.
—Hechos.
—Pedirán una historia.
—Déles la secuencia.
—No les bastará.
—Entonces añadirán lo que les falte.
Delaunay organizó una comparecencia en el salón principal de la Prefectura. No permitió cámaras dentro. Solo periodistas acreditados, cuadernos y un número limitado de preguntas.
La declaración fue breve.
Gabriel Montfort no murió durante una propuesta de matrimonio.
No padecía una enfermedad desencadenada por la luz.
La compuerta había sido manipulada.
El anillo fue comprado por Léonie Auber la mañana del crimen y colocado en el abrigo de la víctima.
Bastien Cormier colaboró en la preparación y retiró el pasador.
Narcisse Bellac fue envenenado después de descubrir una prueba fotográfica.
Ambos sospechosos estaban detenidos.
Las preguntas llegaron de inmediato.
—¿Eran amantes?
—Sí.
—¿Gabriel lo sabía?
—Lo había descubierto.
—¿Léonie empujó a su prometido?
Delaunay corrigió:
—Gabriel Montfort no era su prometido.
—¿Pero pensaba serlo?
—No existe prueba de que pensara pedirle matrimonio. Hay pruebas de que había preparado una ruptura y un viaje.
Un murmullo recorrió el salón.
—¿Publicarán la carta?
—Solo las partes necesarias para la causa.
—¿La acusada ha confesado?
—No.
—¿Cormier sí?
—Ha admitido su participación.
—¿Por qué volvió a la torre?
—Léonie lo citó y preparó un segundo intento de caída.
—¿Es cierto que quiso pisarle las manos?
Delaunay hizo una pausa.
—Sí.
La palabra produjo un silencio más efectivo que cualquier explicación.
Féraud, el periodista de Le Matin de Paris, levantó la mano.
—¿Qué papel desempeñó la sortija que mademoiselle Auber mostró ante el Palais de Justice?
—Era una joya suya, distinta de la encontrada en el abrigo de Gabriel. La utilizó para reforzar la falsa historia de la propuesta.
—Entonces ¿todo fue una representación?
Delaunay miró a Delacroix, que permanecía junto a la pared.
—Fue un crimen —respondió—. La representación vino después para impedir que lo llamáramos así.
Al terminar, los periodistas corrieron hacia las puertas.
Las imprentas empezaron a trabajar antes de que Delaunay regresara a su despacho.
La primera edición especial apareció una hora después:
LA PROMETIDA DE LA TORRE ERA LA ASESINA
Otra eligió:
AMOR, TRAICIÓN Y MUERTE SObrE PARÍS
Un tercero, menos imaginativo, publicó:
LA POLICÍA DESMONTA EL CRIMEN DEL ANILLO
Delacroix leyó los titulares.
—Han cambiado de historia —dijo Delaunay.
—No demasiado.
—Ahora la presentan como culpable.
—Pero sigue siendo la prometida.
El comisario tomó el primer periódico. El dibujo mostraba a Léonie empujando a Gabriel bajo un fogonazo enorme. Bastien aparecía detrás, con el rostro deformado por los celos. El anillo flotaba sobre ambos como un símbolo.
—Al menos ya no es inocente.
—No.
—¿Eso no le basta?
Delacroix dobló el ejemplar.
—La justicia no necesita que la ciudad comprenda. Solo que las pruebas permanezcan cuando la historia cambie otra vez.
Delaunay miró las cajas numeradas. Los guantes, la cadena, la fibra, la fotografía y la carta eran objetos pequeños, sin atractivo para un titular, que habían sobrevivido a todas las versiones preparadas para ocultarlos.
Afuera, París empezaba a reemplazar a la viuda antes de tiempo por la amante asesina.
La multitud no renunciaba a la tragedia romántica; solo cambiaba quién debía ocupar el papel del monstruo.
La ciudad quería un amor destruido por los celos.
Gabriel había muerto por algo menos hermoso y más frecuente: dinero, miedo y la decisión de una mujer que no podía permitir que otro contara la verdad antes que ella.