Capítulo 21 — La historia que París quería creer #2
—Entonces no lo afirme como un hecho demostrado.
—Bastien oyó que ella se ocuparía de hacer retroceder a Gabriel.
Solange escuchó la planificación en el hotel.
La postura aparece en la placa. La contusión del brazo corresponde a su mano.
La manga empezó a rasgarse antes de que Gabriel llegara al borde, lo que demuestra que Léonie lo sujetó mientras ya se desplazaba hacia la compuerta.
Y anoche, en la torre, ella misma se describió como la mujer que lo empujó.
—Después corrigió la frase.
—Después comprendió que había sido escuchada.
Delaunay presentó las declaraciones de los agentes.
—Seis personas oyeron las palabras.
Vauclerc las leyó.
—Siga.
—Cuando Gabriel cayó, Léonie dejó que la tela terminara de romperse y se arrodilló junto al borde. La manga desgarrada debía demostrar que había intentado salvarlo. Inmediatamente declaró que sufría ataques provocados por la luz.
Lemaire había enviado una nota específica sobre aquel punto.
—No existe historial médico de convulsiones ni crisis desencadenadas por fogonazos —leyó el juez.
—La mentira explicaba el movimiento brusco, el destello y la caída —dijo Delacroix—. Bastien añadió la historia de la propuesta. No sabía que Léonie había comprado el anillo aquella mañana, pero comprendió que debía confirmar el relato.
Cécile Vautrin identificó la sortija simple con la hoja grabada que Léonie había utilizado para indicar su medida. La costura de los guantes recuperados coincidía con los que llevaba la compradora. El papel de seda de la joyería había dejado una fibra en el bolsillo exterior del abrigo.
—Un lugar extraño para que un hombre guarde una joya valiosa —dijo Vauclerc.
—Un lugar excelente para que la policía la encuentre sin registrar el interior de la ropa.
—La propuesta nunca existió.
Madeleine habló desde el fondo:
—Gabriel había preparado una carta de ruptura, una maleta y un billete de ida. No iba a pedirle matrimonio.
El juez miró la sortija sobre la mesa.
—Sin embargo, París ya había aceptado que sí.
—Era una historia mejor que un fraude —dijo Delacroix—. Un hombre muere antes de prometer amor. Una mujer intenta sujetarlo. Un amigo revela el secreto. El fogonazo parece una desgracia y la compuerta, un defecto. Cada elemento incómodo recibe una explicación sentimental.
—Hasta que se encuentra la cadena cortada.
—Sí.
Delacroix pasó a las fotografías de Bellac.
—El fotógrafo descubrió el reflejo de Bastien, el pasador y la grasa del puño. En lugar de entregar toda la prueba, intentó venderla. Negoció con Adèle para proteger su reputación, con Léonie para obtener dinero y pensaba ofrecer otra copia a Bastien.
—Un testigo poco admirable —dijo el juez.
—Los muertos no necesitan ser admirables para seguir siendo víctimas.
Delaunay mostró la caja azul.
—Léonie conocía el estudio, los hábitos de Bellac y el cianuro utilizado en el laboratorio.
Durante su visita colocó sustancia en los terrones que permanecían en el fondo de la caja.
Clovis había añadido azúcar limpio encima.
Bellac tomó después dos terrones sin peligro.
Horas más tarde, el agente Girard removió el contenido con las pinzas y extrajo los contaminados.
—¿Podía saber que ocurriría en ese orden?
—No necesitaba saber la hora —dijo Delacroix—. Solo que Bellac terminaría llegando al azúcar antiguo. Si otra persona bebía antes, podía producir una víctima distinta.
Vauclerc alzó una ceja.
—Un riesgo considerable.
—Para los demás.
—¿Qué vinculaba a Léonie con el cianuro?
—Trazas en los guantes claros, su visita al laboratorio, el conocimiento del producto y la declaración de Bastien sobre una conversación anterior donde ella mencionó que Bellac guardaba veneno cerca del azúcar.
Además, intentó incluir en la confesión falsa una explicación imposible: que Bastien había preparado el envenenamiento antes de saber que la ampliación existía.
—Escribió demasiado —dijo el juez.
—Preparó una respuesta para cada pregunta. Algunas respuestas se contradijeron con el tiempo.
Delacroix señaló después el paquete hallado en casa de Bastien.
—Cuando comprendió que él podía hablar, Léonie utilizó a Marthe para introducir el pasador, las herramientas y el cianuro en su escondite.
El periódico del envoltorio fue publicado mientras Bastien estaba detenido.
La biblioteca había sido movida después del primer registro.
La llave desapareció de la mesa de noche durante el intervalo sin vigilancia.
—¿Marthe lo admite?
La criada habló desde su lugar:
—Sí.
Su voz apenas se oyó.
—¿Por qué obedeció? —preguntó Vauclerc.
Marthe miró a Léonie ausente.
—Pensé que la ayudaba a defenderse.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que me estaba dejando una parte del crimen.
El juez anotó algo.
Delacroix continuó con la oficina de Louise Arnaud, la máquina de escribir, los borradores y la confesión calcada.
—Léonie preparó dos desenlaces. En uno, Bastien era detenido con todas las pruebas y confesaba por escrito. En el otro, escapaba, acudía a la torre y moría durante un supuesto intento de atacarla.
—¿Por qué permitir que escapara?
—No necesitaba organizarlo. Bastien decidió huir al comprender que el paquete había sido plantado. Léonie había previsto esa posibilidad y dejó la nota en el portafolios que Marthe debía entregarle.
—Donde empezó todo —leyó Vauclerc.
—La torre.
Delaunay colocó las fotografías de la segunda compuerta.
—Léonie había preparado otra cadena, otro pasador y otra carga de magnesio. También dejó un arma dentro del portafolios, coñac, una carta fechada de antemano y una maleta que sugería que intentaba huir de Bastien.
—¿El arma tenía huellas?
—Parciales de Bastien.
—¿La tocó?
—Él lo niega.
—¿Entonces?
—Proceden de un recibo barnizado que firmó semanas atrás. La empuñadura fue presionada contra el papel mientras la tinta grasa todavía podía levantar el dibujo. El laboratorio encontró restos de esa sustancia sobre el metal.
Vauclerc miró a Delacroix.
—Eso parece excesivamente complicado.
—La sencillez nunca fue el problema de Léonie.
—¿Intentó hacerlo caer?
—Arrojó magnesio sobre la lámpara. La compuerta se abrió cuando Bastien retrocedió. Después levantó el pie para golpearle las manos mientras colgaba de una barra. La detuvimos antes.
El juez cerró la carpeta.
—¿Algo más?
Delaunay señaló el expediente de Rouen.
—El antecedente de Sainte-Cécile. La misma identidad de Louise Arnaud, facturas falsas, una subordinada utilizada para firmar y una declaración de Léonie afirmando que también ella había sido engañada.
—No hubo condena contra Léonie entonces.
—No. Pero la escritura y la documentación actual vinculan ambos fraudes.
Vauclerc permaneció en silencio.
Al cabo de unos segundos, miró a Madeleine.
—Madame Montfort, la carta de su hermano será necesaria.
—Lo sé.
—Parte de su contenido puede hacerse pública durante el juicio.
Madeleine sostuvo su mirada.
—Lo necesario. No todo.
—La defensa puede insistir en que el viaje no significaba una ruptura.
—Entonces publique el billete de ida y la frase donde dice que no volverá. El resto pertenece a Gabriel.
Delacroix observó al juez.
—No necesitamos convertir su intimidad en otra forma de espectáculo para demostrar que no existía una propuesta.
Vauclerc asintió.
—De acuerdo.
Las acusaciones preliminares fueron redactadas antes del mediodía.
Léonie Auber sería procesada por los asesinatos de Gabriel Montfort y Narcisse Bellac, tentativa de asesinato contra Bastien Cormier, fraude, falsificación, manipulación de pruebas, obstrucción y uso de identidad ajena.
Bastien sería procesado como cómplice necesario en la muerte de Gabriel, además de fraude, falsificación, alteración de una instalación pública, ocultamiento de pruebas y fuga.
Marthe quedaría bajo investigación por obstrucción y traslado de objetos, con consideración especial por su cooperación y por el engaño bajo el que actuó.
Adèle y Clovis prestarían declaración como testigos.
Bellac seguiría siendo un chantajista.
También una víctima.
Cuando Léonie entró en la sala de interrogatorios, ya conocía la decisión.
Marot ocupó el asiento junto a ella. Había perdido parte de la seguridad con la que había salido del Palais de Justice el día anterior, aunque mantenía el cuello erguido y los papeles perfectamente ordenados.
Léonie vestía la misma ropa de la torre. Le habían retirado los guantes negros y la sortija de la cadena. Sin ambos objetos parecía más joven y menos definida, como si una parte del personaje hubiese quedado guardada en la sala de pruebas.
Delaunay colocó las acusaciones sobre la mesa.
—No responderemos —dijo Marot.
—No es necesario —respondió el comisario—. Queríamos comunicarle formalmente los cargos.
Léonie miró a Delacroix.
—¿Bastien vive?
—Sí.
—Entonces su relato les resulta útil.
—Sus guantes resultan más útiles.
Delaunay mostró una copia del informe.
Ella no la tomó.
—Pudo contaminarlos.
—Los guardó usted en la oficina de Louise Arnaud.
—Eso dice Marthe.
—También tenemos los restos de la cinta de la máquina, la confesión calcada, el periódico posterior a la detención y la carta que preparó para explicar la muerte de Bastien.
Marot intervino:
—Mi clienta fue obligada a escribir bajo amenazas.
—¿Antes de que Bastien escapara? —preguntó Delaunay.
—Las amenazas podían ser anteriores.
Delacroix observó a Léonie.
—Su problema no es una prueba aislada.
—Mi problema es que usted decidió mi culpabilidad desde el principio.
—Al principio pensé que podía ser una mujer asustada que había mentido para proteger la reputación de Gabriel.
—Qué generoso.
—Después vi que cada mentira situaba la culpa en otra persona.
—Porque otras personas eran culpables.
—Sí. Esa fue la parte inteligente. Bastien cometió el fraude, retiró el pasador y mintió. Bellac ocultó pruebas y quiso venderlas. Marthe transportó objetos. Adèle entregó una llave. Clovis preparó el flash. Todos hicieron algo que permitía señalarlos.
—Entonces quizá no necesitaban mi ayuda.
—La necesitaban para comprender qué estaban haciendo.
Léonie se reclinó.