Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 21 — La historia que París quería creer
93%

Capítulo 21 — La historia que París quería creer

La verdad llegó a la Prefectura dentro de sobres numerados.

En uno estaban los guantes claros de Léonie.

En otro, la lima envuelta con una fibra arrancada de su guante negro.

En un tercero, las fotografías recuperadas del casillero de Bellac.

El pasador, la cadena, los restos de magnesio, la falsa confesión, la máquina de escribir de Louise Arnaud y la agenda de Bastien ocuparon una mesa entera.

Por separado, cada objeto permitía una discusión.

Juntos, componían una habitación sin salida.

Delaunay había dormido menos de dos horas. La mano herida estaba vendada y llevaba una chaqueta distinta sobre la misma camisa de la noche anterior. A las nueve de la mañana recibió los primeros resultados urgentes del laboratorio.

El guante derecho conservaba el lubricante utilizado en la compuerta original de la torre. No una grasa semejante, sino la misma combinación de aceite mineral, grafito y compuesto anticorrosivo distribuida por el equipo de mantenimiento.

El izquierdo contenía partículas de magnesio y residuos del material empleado para sellar los recipientes fotográficos.

Ambos presentaban pequeñas trazas de cianuro.

—Los usó en los tres lugares —dijo Delaunay—. La torre, el estudio y quizá la joyería.

—La joyería no dejó una sustancia que podamos comparar —respondió Delacroix—. Pero Cécile reconocerá la costura y la forma de la muñeca.

—También están las fibras del papel del anillo.

La hebra encontrada en el bolsillo exterior del abrigo de Gabriel coincidía con el envoltorio utilizado por Maison Vautrin.

Había quedado atrapada en la costura cuando la caja fue introducida con rapidez.

En el borde del bolsillo apareció además una fibra de seda marfil compatible con los guantes claros.

—Los llevaba cuando colocó la sortija —dijo el comisario.

—Sí.

—¿Antes de subir a la torre?

—Probablemente durante la recepción, cuando Gabriel dejó el abrigo en el guardarropa improvisado.

—Había personal.

—Y Léonie ayudó a Adèle a distribuir las prendas porque una de las empleadas se mareó.

Delaunay consultó la declaración.

—Tres minutos sola junto a los abrigos.

—Necesitaba menos.

Otro informe relacionaba el trozo de tela negra hallado alrededor de la lima con el guante desgarrado que Léonie llevaba durante el segundo intento en la torre. La rotura presentaba bordes recientes y encajaba con el fragmento como dos partes de una misma pieza.

La falsa confesión había sido escrita en la Remington de la rue Chaptal.

La letra elevada, el número tres débil y una pequeña muesca de la tecla r coincidían en todas las páginas.

Los restos de la cinta permitieron recuperar frases de dos borradores anteriores, ambos destinados a mejorar la inocencia de Léonie y aumentar la culpa de Bastien.

En la primera versión, él actuaba por codicia.

En la segunda, por celos.

En la definitiva, reunía ambas cosas y añadía un amor obsesivo que explicaba cualquier conducta irracional.

—La perfeccionó como si fuera una novela —dijo Delaunay.

—Como si fuera una contabilidad —respondió Delacroix—. Cada versión debía equilibrar mejor la suma.

—La firma es falsa.

—Calcada de una autorización de Saint-Roch.

—La nota que lo citaba en la torre es auténtica.

—De puño y letra de Léonie.

—Marot dirá que Bastien la obligó a escribirla.

—La encontró Marthe en la oficina antes de que Bastien escapara.

Delaunay dejó los informes.

—Marthe puede cambiar su declaración.

—No después de ver la carta preparada para explicar la muerte de Bastien.

La criada llevaba horas bajo custodia. Había pedido hablar de nuevo al amanecer y entregado una declaración completa: la recogida del portafolios, el paquete colocado en casa de Bastien, la confesión falsa, los guantes y las instrucciones de Léonie.

No lo hacía por Gabriel.

Tampoco por Bellac.

Lo hacía porque había comprendido que, si algo salía mal, ella habría sido la siguiente persona útil para cargar con una parte de la culpa.

—Dice que Léonie le prometió llevarla al extranjero cuando todo terminara —continuó Delaunay.

—La misma promesa que hizo a Bastien.

—No había pasajes para ninguno.

—Solo una maleta propia y dinero suficiente para una persona.

El registro del equipaje con el que Léonie había abandonado el apartamento mostró moneda francesa y extranjera, dos documentos de identidad, una joya fácil de vender y ropa para varios días. No llevaba nada de Bastien. Ni una camisa, ni una carta, ni un objeto que indicara una fuga compartida.

—Pensaba marcharse después de su muerte —dijo Delaunay.

—O después de verlo condenado por ella.

La puerta del despacho se abrió y un agente anunció que el juez de instrucción había llegado. Deseaba escuchar una reconstrucción completa antes de formular las acusaciones definitivas.

El magistrado, Adrien Vauclerc, era un hombre delgado, con barba gris y la costumbre de cerrar los ojos mientras otros hablaban. Algunas personas interpretaban el gesto como concentración. Delaunay creía que dormía por intervalos breves y despertaba justo antes de que alguien pudiera demostrarlo.

Se instalaron en una sala mayor. Marescot acudió con los expedientes financieros.

Lemaire envió el informe médico. Roussel llevó planos de la torre y las piezas originales del cierre.

Clovis, Adèle, Cécile, Marthe y Solange esperaban en habitaciones separadas por si el juez necesitaba comprobar algún punto.

Madeleine Montfort se sentó al fondo.

No era obligatorio que estuviera allí. Había insistido.

Léonie y Bastien serían interrogados después, por separado.

Vauclerc abrió una carpeta.

—La prensa afirma esta mañana que hubo un intento de asesinato en la torre, una confesión falsa, un revólver plantado y una fuga organizada por el abogado defensor.

—La prensa ha añadido al abogado para mejorar la historia —dijo Delaunay—. No tenemos pruebas de que maître Sémard conociera la ayuda de su asistente.

—¿El asistente?

—Luc Morand ha confesado que Bastien le pagó para introducir ropa y una llave pequeña. Afirma que creyó facilitar una fuga temporal destinada a recuperar documentos exculpatorios.

—Eso ya constituye bastante trabajo para una mañana.

El juez miró a Delacroix.

—Me han dicho que usted puede explicar el conjunto sin obligarme a leer todos estos informes primero.

—Puedo intentarlo.

—Intente no convertirlo en literatura.

—La literatura suele exigir menos pruebas.

Vauclerc cerró los ojos.

—Empiece.

Delacroix se levantó.

Sobre una pared habían colocado el plano de la plataforma y varias fotografías. En otra mesa descansaban las cuentas de Saint-Roch, las cartas de Louise Arnaud y la sortija comprada en Maison Vautrin.

—Gabriel Montfort descubrió un fraude —dijo—.

No una irregularidad aislada, sino un sistema que había funcionado durante años.

Bastien autorizaba pagos y transferencias.

Léonie elegía proveedores falsos, redactaba instrucciones bajo el nombre de Louise Arnaud y se servía de su posición entre los donantes para mover dinero sin aparecer en los libros.

Marescot abrió uno de los expedientes.

—Los desvíos confirmados son suficientes para arruinar a Saint-Roch.

—Gabriel reunió originales, comparó firmas y comprendió que el mecanismo no empezaba en Bastien. También descubrió la relación entre ellos.

Delacroix colocó una copia de la carta encontrada en la maleta.

—La mañana del crimen informó a ambos de que al día siguiente acudiría a la Prefectura. Después de la recepción en la torre, abandonaría el apartamento y viajaría a Orléans.

Vauclerc abrió los ojos.

—¿Por qué acudir a una recepción con quienes iba a denunciar?

—Porque había dado su palabra. Porque no quería exponerlos delante de invitados. Y porque pensaba hablar con Léonie después de la fotografía.

Madeleine sostuvo las manos sobre el regazo.

—Mi hermano no faltaba a un compromiso —dijo—. Ni siquiera cuando debía.

El juez asintió.

Delacroix continuó.

—Hasta esa mañana, Bastien creyó que el propósito era asustar a Gabriel y retrasar la denuncia. Esa explicación era débil y él lo sabía. Miró el vacío antes de retirar el pasador. Admitió que comprendía la probabilidad de la muerte y decidió continuar.

—Por amor —dijo Vauclerc.

—Por cobardía, codicia y amor. Las tres cosas pueden compartir un hombre sin anularse.

Delaunay señaló la impresión en cera.

—Léonie obtuvo la llave temporal de la galería mediante un engaño a Adèle Montargis. Hizo el molde, entró en la pasarela y debilitó la cadena. Después dio la impresión a Bastien y fingió que una tercera persona había preparado el mecanismo.

—¿Por qué ocultárselo a su propio cómplice?

—Para limitar lo que pudiera contar. Bastien podía confesar que había copiado una llave y retirado un pasador, pero no demostrar que Léonie había cortado la cadena.

Delacroix tomó la fotografía ampliada.

—Bastien preguntó a Bellac si la placa registraría el movimiento. Léonie necesitaba una explicación en caso de que apareciera junto a la galería. La supuesta broma de entrar en la imagen permitiría justificar su posición.

—Bellac no sabía para qué lo utilizaban —dijo Clovis desde el extremo de la sala.

El juez lo miró.

—¿Está seguro?

—Bellac habría cobrado antes.

Nadie discutió la lógica.

Delacroix señaló la figura de Gabriel.

—Léonie eligió la ubicación junto a la compuerta. Colocó a Gabriel de espaldas. Le sujetó el brazo con fuerza suficiente para dejar una contusión y apoyó un pie de manera que pudiera impulsarlo.

—¿Por qué sujetarlo antes? —preguntó Vauclerc.

—Para controlar la posición y evitar que se apartara cuando viera a Bastien en la galería. Gabriel lo vio. Por eso no miraba a la cámara.

El juez observó la fotografía.

—Después llegó el flash.

Clovis habló:

—La carga prevista fue sustituida por otra mayor. Mademoiselle Auber había pedido más luz por la mañana. Los restos de magnesio aparecieron en su guante.

—El destello cegó a todos —dijo Delacroix—. Bastien retiró el pasador. La cadena cedió. Léonie empujó a Gabriel hacia atrás.

—¿Lo vio alguien?

—No directamente.

Vauclerc cerró una mano sobre la carpeta.