Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 20 — Regreso a la torre #3
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Capítulo 20 — Regreso a la torre #3

Delaunay se arrodilló junto a Bastien.

—¿Puede ponerse de pie?

—Creo que sí.

—Queda detenido por fuga, complicidad en asesinato, fraude y manipulación de pruebas.

—Lo sé.

—También por hacerme subir otra vez a esta torre.

Bastien intentó sonreír, pero el dolor se lo impidió.

—Lo siento.

—Esa acusación aún puede retirarse.

Roussel improvisó una venda alrededor de las manos heridas. Bastien miró el portafolios.

—La agenda.

Delacroix lo abrió.

La agenda de piel verde contenía fechas, pagos y citas.

Bastien había registrado durante meses las instrucciones de Léonie mediante iniciales y frases incompletas.

Varias entradas coincidían con los movimientos bancarios.

Otras mencionaban el hotel, la cera, la visita de la mañana y el plan de la torre.

La última estaba escrita antes de la recepción:

L. dice que después no habrá vuelta atrás. Debo retirar el pasador en el segundo número. Ella hará el resto. No preguntar.

Delaunay leyó la línea.

—Esto habría sido útil antes de la fuga.

Bastien bajó la cabeza.

—Pensaba que si lo conservaba, ella nunca podría abandonarme del todo.

Delacroix cerró la agenda.

—Conservó una prueba contra la persona que amaba para asegurarse de que continuara necesitándolo.

—Sí.

—No era confianza.

—No.

El hombre miró la compuerta abierta.

—Nada lo era.

Los técnicos comenzaron a fotografiar la plataforma.

La lima, el recipiente de magnesio, la lámpara, la botella y el revólver fueron embalados por separado.

Roussel comprobó que la cadena había sido cortada con una herramienta distinta de la empleada en la primera compuerta, aunque el método era el mismo.

—¿Cuándo pudo hacerlo? —preguntó Delaunay.

—Durante la visita de la mañana —respondió Delacroix.

—¿Qué visita?

Roussel miró al comisario.

—Mademoiselle Auber pidió ayer autorización para recuperar un medallón que, según dijo, había caído entre las vigas durante la recepción. Un empleado la acompañó hasta la galería inferior. Afirmó sentirse mal y él fue a buscar agua. Permaneció sola unos seis minutos.

Delaunay cerró los ojos.

—¿Por qué no me informó?

—La visita tenía autorización de la oficina administrativa.

—¿Quién la firmó?

—Paul Dervaux, el consejero municipal que figura entre los benefactores de Saint-Roch. Llevaba una carta del abogado y autorizó la visita como un favor personal.

—Marot dirá que ignoraba el propósito.

—Y quizá sea verdad —dijo Delacroix—. Léonie no necesita cómplices completos. Solo personas que abran puertas.

El comisario miró hacia la escalera por donde la habían llevado.

—Nunca más permitiré que esa mujer pida agua.

Descendieron lentamente.

Bastien caminaba entre dos agentes, sujeto por una correa de seguridad. Léonie iba varios tramos más abajo, separada y esposada. No volvió la cabeza.

A medida que descendían, París reaparecía entre las vigas. Los faroles, los bulevares y el río seguían brillando. Desde la base, los curiosos miraban hacia arriba sin saber qué había ocurrido. Algunos habían visto el fogonazo y lo confundían con una señal eléctrica o una fotografía nocturna.

La ciudad estaba preparada para otra historia.

Esta vez, Delaunay ordenó que nadie hablara con la prensa.

En el nivel inferior, un médico atendió a Bastien. Tenía dos dedos fracturados, cortes en las palmas y una contusión en el pecho. Viviría.

—¿Puede declarar esta noche? —preguntó el comisario.

El médico lo miró.

—Puede respirar. No abuse de la diferencia.

—Mañana, entonces.

Bastien levantó la cabeza.

—Declararé ahora.

—No es necesario.

—Sí.

Miró a Léonie, que esperaba junto a un vehículo policial rodeada por agentes.

—Durante dos días declaré para protegerla. Quiero declarar una vez sin hacerlo.

Delaunay aceptó.

Antes de separarse, Bastien llamó a Delacroix.

—Cuando colgaba de la barra, pensé que ella me ayudaría.

—Intentó pisarle las manos.

—Lo sé.

—¿Le sorprende todavía?

Bastien miró hacia la torre.

—Menos de lo que debería.

Delacroix guardó silencio.

No había nada que decir que pudiera transformar aquella comprensión tardía en inocencia. Bastien había participado en la muerte de un amigo porque prefirió la promesa de Léonie a la evidencia del vacío. Su arrepentimiento no devolvería a Gabriel ni a Bellac.

Pero podía impedir que ella conservara la última mentira.

—Diré todo —afirmó.

—Dígalo con precisión.

—¿Eso servirá?

—Servirá para que nadie confunda lo que hizo con lo que ella hizo por usted.

Bastien asintió.

Los vehículos partieron hacia la Prefectura.

Delacroix permaneció unos minutos junto a Delaunay en la base de la torre. El comisario tenía la mano vendada, el abrigo manchado y los ojos aún irritados por el fogonazo.

—Dos veces —dijo Delaunay—. Dos veces esa mujer utilizó luz para que nadie viera un empujón. Delacroix señaló que la segunda no había funcionado; esta vez, respondió el comisario, estaban esperando el destello.

Delacroix levantó la vista.

La compuerta original se encontraba mucho más arriba, invisible desde el suelo. Allí había caído Gabriel mientras todos miraban hacia la cámara. Esa noche, Bastien había estado a punto de seguirlo mientras miraba hacia Léonie.

La diferencia no estaba en el mecanismo, sino en que esta vez alguien había sabido qué historia intentaba construir antes de que terminara de representarla.

—El caso está cerrado —dijo Delaunay.

—Los culpables están detenidos —corrigió Delacroix—. No es lo mismo para París.

El comisario observó a los periodistas retenidos detrás del cordón policial. Ya gritaban preguntas sobre el fogonazo, la fuga y el nuevo intento de caída.

—Mañana tendremos que explicarles qué ocurrió —dijo Delaunay.

—No les gustará. La verdad no contiene una propuesta interrumpida, una prometida inocente ni un fotógrafo consumido por la culpa; contiene dos amantes, dos asesinatos, fraude y una torre. Aun así, preferirán el anillo.

Delaunay miró el vehículo donde Léonie esperaba.

—Entonces tendremos que quitarles el anillo. La ciudad continuaba brillando alrededor de la estructura. Esta vez nadie había caído, pero la historia que París quería creer acababa de hacerlo.