Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 20 — Regreso a la torre #2
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Capítulo 20 — Regreso a la torre #2

Léonie había recreado el fogonazo.

La manta podía utilizarse para envolver los guantes o para protegerse las manos. La botella de coñac permitiría explicar que Bastien estaba ebrio. El revólver justificaría la presencia de Léonie y el supuesto forcejeo.

Faltaba la compuerta.

Delacroix miró el cierre.

El pasador superior estaba colocado. El inferior parecía también en su sitio, pero una fina línea oscura separaba la cabeza del marco.

No estaba completamente introducido.

—La puerta —susurró.

Delaunay siguió su mirada.

—Ya la preparó.

—Sí.

En la plataforma, Bastien había llegado a la misma conclusión. Observó la compuerta y después a Léonie.

—Otra vez.

—No sé de qué hablas.

—La cadena.

—No la he tocado.

—Está preparada.

Léonie dio un paso hacia la lámpara.

Bastien retrocedió.

—No te acerques.

—Tienes miedo de una mujer desarmada.

—Tienes magnesio.

—Es polvo de limpieza.

—Lo utilizaste con Gabriel.

—Bellac utilizó el flash.

—Tú cambiaste la carga.

—Eso dice Clovis ahora que necesita salvar su puesto.

Bastien sostuvo el portafolios contra el pecho.

—Quisiste que viniera con las pruebas. Pensabas quemarlas y hacerme caer.

—Pensaba convencerte de que dejaras de arrastrarnos a ambos.

—No existe ningún ambos.

Léonie se detuvo junto a la lámpara.

—Lo has repetido.

—Porque al fin lo entiendo.

—No entiendes nada. Si hubieras permanecido callado, la policía habría dudado durante semanas.

Gabriel parecía enfermo, Bellac parecía culpable y el anillo daba a todos una historia que preferían creer.

Pero tú mentiste mal, escondiste peor y empezaste a confesar en cuanto Delacroix te dijo que yo no te amaba.

—Me acusaste.

—Te protegí mientras eras útil.

Bastien la miró.

—¿Eso fue todo?

Léonie no respondió.

El viento golpeó una placa metálica en algún punto inferior. El sonido se extendió por la torre como una campana hueca.

—Dilo —pidió Bastien.

—¿Qué?

—Que nunca pensabas marcharte conmigo.

—Nunca pensaba marcharme con nadie.

—¿Y Gabriel?

—Gabriel quería una mujer que necesitara ser salvada. Cuando descubrió que no la necesitaba, decidió llamarla criminal.

—Lo era.

—Lo éramos.

La primera persona del plural sorprendió incluso a Bastien.

Léonie continuó:

—No finjas que acabas de descubrir tu conciencia. Firmaste transferencias, copiaste llaves, retiraste una protección y entregaste el pasador mientras Gabriel todavía estaba cayendo. Después abrazaste a la mujer que lo empujó y mentiste sobre una sortija.

Delaunay cerró la mano alrededor del arma.

Aquella frase era la confesión que necesitaban.

La mujer que lo empujó.

Léonie la había pronunciado hablando de sí misma.

Delacroix levantó dos dedos. Los agentes se prepararon.

Bastien permanecía inmóvil.

—Lo empujaste —dijo.

Léonie comprendió demasiado tarde que había hablado desde fuera de su personaje.

—Eso has dicho tú.

—No. Lo acabas de decir.

—Dije que abrazaste a la mujer que, según tú, lo empujó.

—No dijiste “según yo”.

—Las palabras cambian cuando uno quiere oírlas.

Bastien miró hacia la escalera. Sabía que la policía estaba cerca. Quizá no podía verlos, pero confiaba en que hubieran escuchado.

Léonie también lo comprendió.

Su mano se movió.

No hacia Bastien.

Hacia el recipiente.

Delacroix gritó:

—¡Ahora!

Léonie arrojó el polvo sobre la llama.

El fogonazo llenó la plataforma.

La luz fue blanca, brutal y breve. El metal devolvió el destello en todas direcciones. Delaunay alzó el revólver, pero el fogonazo lo obligó a cubrirse los ojos antes de que pudiera apuntar. Roussel se agachó. Uno de los agentes tropezó contra la barandilla.

Delacroix oyó un golpe.

Después, el sonido de una cadena.

Cuando recuperó parcialmente la visión, vio la compuerta abierta.

Bastien había desaparecido.

Léonie estaba junto al borde, con una mano extendida hacia el vacío y el portafolios rojo caído a sus pies.

Delacroix corrió.

Bastien no había caído por completo. Colgaba de una barra inferior, sujeto con ambas manos. Uno de sus pies buscaba apoyo contra la estructura. Debajo no había plataforma, solo vigas alejadas y las luces de París.

Léonie levantó el zapato para golpearle los dedos.

Delacroix la embistió antes de que lo hiciera.

Ambos cayeron sobre el suelo metálico. Léonie intentó alcanzar el portafolios. Delacroix sujetó su muñeca y la apartó.

Delaunay apareció detrás, todavía con los ojos enrojecidos por el fogonazo.

—¡Quieta!

Léonie se volvió hacia él.

No parecía asustada.

Parecía furiosa.

—Bastien intentó matarme —dijo—. Abrió la compuerta y perdió el equilibrio.

Delaunay miró al hombre colgado.

—Roussel.

El encargado se arrodilló junto al borde y lanzó una correa de seguridad. Dos agentes ayudaron a engancharla alrededor del brazo de Bastien.

—No puedo —dijo él.

—Sí puede —respondió Delacroix, acercándose al borde—. Suelte una mano cuando se lo indique.

—Voy a caer.

—No mientras continúe obedeciendo a la persona correcta.

Bastien soltó la mano derecha.

Delacroix y Roussel tiraron de la correa. Delaunay sujetó el otro brazo. El hombre golpeó el pecho contra el marco, lanzó un grito y consiguió apoyar una rodilla sobre la plataforma.

Léonie aprovechó el movimiento.

Tomó la lámpara y la arrojó hacia el portafolios.

La llama cayó sobre los documentos.

El papel empezó a arder.

Uno de los agentes pisó la lámpara. Delacroix arrastró la cartera lejos del combustible y cubrió las páginas con la manta. El fuego consumió solo el borde de la falsa confesión y parte de una carta.

Léonie corrió hacia la escalera.

Delaunay la alcanzó antes de que descendiera dos peldaños. Ella se volvió y le clavó una horquilla en la mano. El comisario soltó una maldición, pero no la dejó escapar. La sujetó contra la barandilla mientras un agente le colocaba las esposas.

—Esto es un error —dijo Léonie.

—Ha intentado arrojar a un hombre desde la torre.

—Él abrió la compuerta.

—La preparó usted.

—Pruébelo.

Delacroix se acercó al cierre.

La cadena había sido cortada casi por completo y mantenida unida mediante un hilo fino. El pasador inferior estaba limado y apenas apoyado. Cuando Bastien retrocedió contra la compuerta durante el fogonazo, ambas protecciones cedieron.

Junto al marco había una lima pequeña envuelta en tela negra.

—La llevaba él —dijo Léonie.

—La tela coincide con sus guantes actuales —respondió Delacroix.

Ella miró sus manos.

Uno de los guantes negros presentaba una sección desgarrada en el borde. La fibra que envolvía la herramienta mostraba el mismo tejido y la misma costura.

Delaunay sonrió sin humor.

—Eso parece una prueba física.

—Pudo arrancarme la tela durante el forcejeo.

—No hubo forcejeo antes del fogonazo —dijo Bastien desde el suelo.

Respiraba con dificultad. Tenía las manos ensangrentadas y una herida en la frente, pero estaba consciente.

—Ella preparó la puerta. La vi mover el pasador cuando llegué.

Léonie lo miró.

—Has escapado, robado un arma y venido a matarme.

—El revólver estaba en el portafolios antes de que Marthe me lo entregara.

—Tus huellas estarán allí.

—No lo toqué.

—Las encontrarán de todos modos.

Bastien comprendió lo que significaba.

Léonie había utilizado documentos firmados o algún objeto suyo para dejar impresiones sobre el arma antes de colocarla en la cartera.

Delaunay indicó a un agente que la recogiera sin tocar la empuñadura.

—El laboratorio decidirá.

Delacroix abrió la bolsa de los guantes claros. Seguían dentro. La grasa cubría la palma derecha y el polvo de magnesio se había alojado en las costuras del izquierdo. En uno de los puños había una pequeña mancha amarillenta.

—Cianuro —dijo Delaunay.

—Eso tendrá que analizarse —respondió Delacroix.

Léonie observó la bolsa.

Había perdido por primera vez el control de un objeto que no podía convertir de inmediato en otra historia.

—Bastien pudo usarlos —dijo.

—No le quedan bien —respondió Delacroix.

—Eso no impide llevarlos.

—No. Pero la costura de la muñeca coincide con la marca reconocida por Cécile Vautrin, la grasa con el cierre de la torre, el magnesio con la carga cambiada y, probablemente, el cianuro con los terrones de Bellac.

Resulta difícil que Bastien utilizara los mismos guantes para hacerse pasar por usted en una joyería, manipular una compuerta, preparar un flash y visitar el estudio sin que nadie notara la diferencia.

—Puede haberlos contaminado.

—¿Después de robárselos?

—Sí.

—Entonces ¿por qué los guardó usted en la rue Chaptal antes de que Marthe los llevara al casillero?

Léonie miró a la criada ausente como si todavía pudiera obligarla a callar.

—Marthe miente.

—Marthe lo confirmará. Adèle identificará los guantes. Clovis reconocerá el polvo. Cécile, la costura. Roussel, la grasa. Y seis personas han oído cómo acaba de llamarse a sí misma la mujer que empujó a Gabriel.

—No dije eso.

Delaunay se quitó el guante herido y envolvió la mano con un pañuelo.

—Lo decidirá el acta.

Léonie observó la plataforma.

La botella de coñac, el arma, la manta, la compuerta preparada, el magnesio y la carta que describía de antemano la muerte de Bastien componían una escena demasiado completa. Por primera vez, la perfección trabajaba en su contra.

Había preparado tantas explicaciones que todas juntas demostraban intención.

—Quiero a Marot —dijo.

—Lo verá en la Prefectura —respondió Delaunay.

—No responderé más preguntas.

—Ya ha respondido las importantes.

Los agentes la condujeron hacia la escalera.

Al pasar junto a Bastien, ella se detuvo.

—Todo esto termina contigo en prisión.

Bastien levantó la vista.

—Sí.

La respuesta la desconcertó.

—También confesaste.

—Sí.

—Retiraste el pasador.

—Sí.

—Sabías que Gabriel podía morir.

—Sí.

Léonie esperó la defensa, la súplica o la última tentativa de convertir la culpa en amor.

Bastien no le dio ninguna.

—Pero tú lo empujaste —añadió—. Tú mataste a Bellac. Tú escribiste mi confesión y preparaste esta puerta. Yo iré a prisión por lo que hice. Tú también.

La mujer lo observó como si acabara de perder algo más importante que la libertad.

Había perdido la capacidad de decidir qué debía creer él.

Los agentes la obligaron a continuar.