Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 20 — Regreso a la torre
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Capítulo 20 — Regreso a la torre

La Torre Eiffel parecía más alta cuando uno sabía que alguien esperaba arriba para matar.

Delacroix avanzó por la galería de servicio detrás de Roussel y delante de Delaunay.

Los tres llevaban lámparas protegidas, aunque apenas las utilizaban.

La estructura estaba iluminada en varios tramos y la noche parisina entraba entre las vigas con una claridad azulada.

Debajo, la ciudad se extendía en calles, faroles y ventanas que no sabían nada de la conversación que estaba a punto de producirse sobre ellas.

Dos agentes ascendían por una escalera paralela.

Otros permanecían en los accesos inferiores y junto al ascensor de mantenimiento.

Delaunay había ordenado que nadie hiciera sonar silbatos, golpeara puertas ni llamara a Bastien por su nombre.

Si Léonie comprendía que la policía estaba cerca, podía destruir los guantes, arrojar el portafolios o provocar la caída antes de que llegaran.

Roussel se detuvo frente a una bifurcación.

—La galería principal continúa hacia la plataforma de la recepción. La escalera de la izquierda sube a un nivel técnico. Desde allí pueden verse sin entrar.

—¿Hay otra compuerta? —preguntó Delacroix.

—Dos. Una comunica con una pasarela exterior y la otra con un espacio utilizado para inspeccionar los tensores.

—¿Protecciones?

—Pasadores y cadenas, como la anterior.

Delaunay miró al encargado.

—¿Han sido revisadas?

—Esta mañana.

—Eso no responde a la pregunta.

Roussel entendió.

—No después de que alguien abriera la puerta hace diez minutos.

Delacroix observó el suelo. Sobre el metal había marcas húmedas de calzado. Una correspondía a un zapato de hombre con el talón desgastado hacia el exterior. La otra era más estrecha y apenas visible, como si quien la hubiera dejado hubiese caminado apoyando el peso con cuidado.

Bastien había llegado primero.

Léonie conocía ya el lugar.

—¿Desde dónde podría empujar a alguien sin que el cuerpo cayera sobre la plataforma pública? —preguntó.

Roussel señaló la escalera izquierda.

—Arriba. La pasarela exterior queda sobre una sección casi vertical. Si una compuerta se abre, no hay nivel inmediatamente debajo.

Delaunay apretó la mandíbula.

—Otra caída.

—La historia debe parecerse a la primera —dijo Delacroix—. Así podrá afirmar que Bastien intentó repetir el método con ella y terminó sufriendo su propio crimen.

—Eso es lo que escribió en la carta preparada.

—Sí.

Subieron.

A mitad de la escalera oyeron voces.

No distinguían todavía las palabras, solo el tono. Una voz masculina hablaba con rapidez. La otra respondía de forma lenta y baja.

Delacroix levantó una mano.

Roussel apagó su lámpara. Delaunay hizo lo mismo.

El viento atravesaba la estructura y convertía los sonidos en fragmentos. Las palabras llegaban, desaparecían y regresaban deformadas por el metal.

—…no pienso entregártelo —dijo Bastien.

—Entonces no habrías venido.

La voz de Léonie era clara.

—Vine para escucharte decirlo.

—Ya sabes lo que hice.

—Sé lo que confesaste.

—No todo.

—Siempre has tenido dificultades para distinguir esas dos cosas.

Delacroix avanzó hasta una abertura entre vigas. Desde allí podía ver parte del nivel superior.

La plataforma técnica era más pequeña que la utilizada durante la sesión fotográfica. Una lámpara de aceite descansaba sobre una caja metálica. Junto a ella había un recipiente abierto, una cuerda, una manta doblada y una botella de coñac. Cerca de la barandilla, una compuerta permanecía cerrada.

Bastien estaba de espaldas a la ciudad. Llevaba el abrigo prestado, un sombrero gris y el portafolios rojo sujeto bajo el brazo. Su rostro mostraba una palidez terrosa. La fuga, el miedo y las horas sin dormir lo habían envejecido.

Léonie se encontraba frente a él.

Vestía el abrigo oscuro con el que había abandonado el apartamento y llevaba guantes negros. No tenía maleta.

La supuesta huida había sido otra pieza destinada a ser encontrada después.

—¿Dónde están los guantes? —preguntó.

—Dentro.

—Muéstramelos.

—Primero la verdad.

Léonie observó el portafolios.

—La verdad está en esas páginas. La escribiste tú mismo.

Bastien soltó una risa breve.

—Calcaste mi firma.

—Una firma se parece a otra cuando pertenece a la misma persona.

—La máquina era tuya. Los borradores estaban en la rue Chaptal.

—También tenías llave.

—No de esa habitación.

—Eso dirás.

—Marthe hablará.

—Marthe dirá que la amenazaste en la estación.

—La utilizaste para colocar el pasador y el veneno en mi casa.

—Encontraron objetos tuyos en un escondite tuyo.

—Envuelto en un periódico publicado mientras estaba detenido.

Por primera vez, Léonie guardó silencio.

Bastien dio un paso hacia ella.

—No pensaste en la fecha.

—Pensé que la policía preferiría encontrar un asesino completo antes que discutir una edición.

—Delacroix no.

El nombre produjo una leve tensión en el rostro de Léonie.

—Delacroix no estará aquí.

—Vendrá.

—¿Lo citaste?

—Dejé una nota.

Léonie miró hacia la escalera.

Delaunay llevó una mano al revólver. Delacroix negó con la cabeza. Todavía no debían entrar. La compuerta seguía cerrada y el portafolios permanecía intacto. Si aparecían en aquel momento, Léonie podía negar todo lo dicho como una conversación entre amantes desesperados.

—Entonces debemos terminar deprisa —dijo ella.

Bastien retrocedió medio paso.

—No te daré el portafolios.

—No he venido a pedírtelo.

—La carta dice otra cosa.

—La carta debía traerte.

—¿Para matarme?

Léonie lo miró como si la pregunta la decepcionara.

—Para impedir que continúes destruyendo lo poco que queda.

—Lo poco que te queda a ti.

—A ambos.

—No existe ningún ambos.

La frase pareció sorprenderla más que una amenaza.

Bastien abrió el portafolios y sacó la falsa confesión.

—Escribiste que yo lo hice todo. El fraude, el anillo, la torre, Bellac. Incluso escribiste que fui al estudio antes de mi detención para preparar un veneno que todavía no sabía que necesitarías.

—Era una explicación posible.

—Era mi condena.

—Ya estabas condenado cuando retiraste el pasador.

—Por ti.

—No. Por amor, según has dicho a la policía. Una palabra útil. Hace que la cobardía parezca una enfermedad.

Bastien dobló las páginas con las manos temblorosas.

—Me dijiste que Gabriel no moriría.

—No me creíste.

—Quería creerte.

—Eso no es lo mismo.

Delacroix observó a Delaunay. El comisario había oído la frase. También los agentes situados unos peldaños más abajo.

Léonie no estaba confesando aún el empujón, pero ya había admitido que Bastien conocía la posibilidad de la muerte y que ella había proporcionado la explicación.

—¿Por qué el anillo? —preguntó Bastien.

—Para que la gente mirara hacia otra parte.

—Podías habérmelo dicho.

—Entonces habrías intentado ayudar.

—Eso querías.

—Quería que retiraras el pasador. No que inventaras la historia delante de los periodistas con la voz de un hombre a punto de desmayarse.

—Funcionó.

—Porque yo la corregí después.

Bastien la miró con incredulidad.

—Ni siquiera entonces pensabas compartirlo conmigo.

—¿Compartir qué?

—La salida. El dinero. La vida que prometiste.

Léonie se acercó a la lámpara y ajustó la mecha.

La llama creció.

—Bastien, nunca hubo una vida que pudiera empezar después de aquello. Había una investigación, una muerte y un hombre incapaz de mentir sin dejar manchas en cada frase.

—Me necesitabas.

—Te necesité.

El tiempo verbal lo alcanzó como un golpe.

Bastien cerró el portafolios.

—Y después Bellac.

—Bellac decidió cobrar por una imagen.

—Lo envenenaste.

—No seas melodramático.

—Sabías que tomaba dos terrones.

—También tú.

—Yo no fui al estudio.

—No.

—Tú sí.

Léonie apoyó los dedos enguantados sobre la mesa.

—Bellac había visto demasiado y comprendido muy poco. Esa combinación siempre produce hombres peligrosos.

—¿Pusiste el cianuro en la caja?

Ella inclinó la cabeza.

—¿Qué esperas que diga?

—La verdad.

—La verdad es que Bellac murió porque creyó que una prueba le pertenecía.

—¿Lo mataste?

Léonie miró hacia la ciudad.

—Le di la oportunidad de dejar de negociar.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que recibirás.

Bastien sacó del portafolios una bolsa de tela clara.

Los guantes.

Incluso desde la escalera, Delacroix distinguió las manchas oscuras en uno de ellos. El otro presentaba restos blanquecinos cerca de los dedos.

Léonie se volvió.

Por primera vez desde que había aparecido en la plataforma, la serenidad de su rostro desapareció.

—Dámelos.

—Tocaste la cadena.

—Los llevabas tú.

—Son de tu talla.

—Eso no demuestra quién los usó.

—Cécile recordará la costura de la muñeca. Adèle te vio con ellos por la mañana. Clovis vio el polvo después del flash.

—Clovis ve aquello que Delacroix le enseña a recordar.

Bastien abrió la bolsa.

—Y aquí está la grasa.

Léonie no apartaba los ojos de los guantes.

—También puede proceder del pasador que me entregaste después.

—El polvo de magnesio no.

—Estaba en toda la plataforma.

—Dentro del pliegue de los dedos. Donde sujetaste el recipiente.

Delaunay acercó la boca al oído de Delacroix.

—Entramos.

—Todavía no.

—Tiene la prueba.

—Y ella necesita destruirla.

El comisario comprendió. Si Léonie intentaba quemar los guantes o utilizar la compuerta, proporcionaría el acto que faltaba para unir la conversación con una conducta inmediata.

Bastien guardó la bolsa otra vez.

—Vas a venir conmigo a la Prefectura.

Léonie sonrió.

—Has escapado de la policía, robado pruebas y subido armado a una torre para obligar a una mujer a acompañarte.

—No estoy armado.

—Eso dirás.

—Regístrame.

—No necesito hacerlo.

Señaló el portafolios.

—Hay un revólver dentro.

Bastien palideció.

Abrió la cartera y apartó documentos. Debajo de la agenda apareció un arma pequeña envuelta en un pañuelo.

—Yo no la puse.

—Marthe te entregó el portafolios.

—Tú la pusiste antes.

—La policía encontrará tus huellas.

Bastien no tocó el revólver.

—Lo preparaste todo.

—Preparé posibilidades. Tú eliges siempre la peor.

Delacroix observó la mesa.

La lámpara no estaba allí únicamente para iluminar. Junto a ella, el recipiente abierto contenía un polvo gris y brillante. Magnesio.