Capítulo 19 — La confesión que Bastien nunca escribió #2
—¿Cuándo le entregó el paquete?
—Después de salir del Palais de Justice.
—¿Y el portafolios rojo?
—Debía recogerlo en la rue Chaptal, llevarlo al casillero y esperar.
—¿A quién?
Marthe apretó el pañuelo.
—A monsieur Bastien.
—¿Sabía que escaparía?
—Mademoiselle dijo que él encontraría una forma.
Delaunay dejó la confesión sobre la mesa.
—¿También debía entregar esto al juez?
—Mañana. Si monsieur Bastien no regresaba.
—¿No regresaba de dónde?
Marthe no respondió.
Delacroix colocó delante de ella la nota de la torre.
—¿Léonie le pidió entregársela?
La criada leyó solo la primera línea y apartó la vista.
—Sí.
—¿Qué debía decirle?
—Que mademoiselle quería ayudarlo.
—¿Y el portafolios?
—Debía dejárselo si prometía ir.
—¿Lo prometió?
—No.
—¿Qué hizo?
—Me quitó la cartera y abrió los documentos. Leyó la confesión. Después encontró la carta.
—¿Qué carta?
Marthe miró hacia Delaunay.
—La que debía entregarse después de su muerte.
El comisario se inclinó.
—¿De la muerte de quién?
La mujer comenzó a temblar.
—Monsieur Bastien.
Adèle soltó el aire.
Delacroix mantuvo la voz baja.
—¿Qué decía?
—Que había escapado porque quería matar a mademoiselle. Que la había citado en la torre y que ella acudió para convencerlo de entregarse. Que él intentó arrojarla y cayó durante el forcejeo.
—Una explicación preparada para un crimen que todavía no ha ocurrido —dijo Delaunay.
Marthe lloraba ya abiertamente.
—Mademoiselle dijo que era solo por si él se volvía violento.
—¿Dónde está esa carta?
—En el portafolios. Monsieur Bastien se la llevó.
—¿Qué hizo cuando la leyó?
—Se quedó quieto. Después se rio.
—¿Se rio?
—No como una persona alegre. Dijo que por fin comprendía cuál era la última parte del plan.
—¿Le dijo adónde iría?
—A buscarla.
—¿A Léonie?
—Sí.
—¿A su apartamento?
Marthe negó.
—Dijo: “Quiere terminarlo donde empezó. Esta vez no pienso llegar obedeciendo”.
Delaunay dio órdenes para rodear la torre, vigilar el apartamento de Léonie y detener a cualquier persona que intentara acceder a las galerías de servicio.
—¿Cuánto hace que se fue? —preguntó.
—Veinte minutos. Quizá más.
—¿Llevaba arma?
—No vi ninguna.
—¿El portafolios contenía una?
—No lo sé.
Delacroix continuó observando a Marthe.
—¿Qué más había dentro?
—Cartas, fotografías, la agenda de monsieur Bastien y unos guantes.
Delaunay se detuvo junto a la puerta.
—¿Qué guantes?
—Los claros de la torre.
El objeto que faltaba desde la primera noche.
—¿Los vio? —preguntó Delacroix.
—Sí. Estaban dentro de una bolsa.
—¿Manchados?
—Uno tenía grasa. El otro, polvo blanco.
Grasa del cierre y magnesio de la carga.
Los guantes conectaban a Léonie con las dos partes del mecanismo: la compuerta y el fogonazo.
—Bastien se los llevó —dijo Delaunay.
—Con todo el portafolios.
—Entonces posee la prueba que esperaba salvarlo.
—Y Léonie sabe que irá a la torre con ella.
El comisario miró el reloj. Las diez menos diez.
—Puede ir directamente a la policía.
—Acaba de escapar de ella —respondió Delacroix—. Cree que el paquete plantado demuestra que no podemos protegerlo y que la confesión falsa podría sobrevivir incluso a su testimonio. Necesita enfrentar a Léonie, conseguir que admita el plan o impedir que destruya lo que lleva.
—Eso es una estupidez.
—Sí.
—¿Y qué espera Léonie?
—Que llegue enfadado, asustado y solo. Después podrá presentar su muerte como el último acto de un asesino desesperado.
Delaunay salió al corredor.
Un agente lo esperaba con un mensaje procedente del apartamento de Léonie.
—Comisario, la vigilancia perdió a mademoiselle Auber.
—¿Cómo?
—Marthe dejó abierta una puerta de servicio antes de salir anoche. La puerta comunica con una escalera utilizada por proveedores. Una mujer vestida como criada abandonó el edificio hace aproximadamente una hora. El agente de la calle pensó que era personal doméstico.
—¿Confirmaron la habitación?
—Está vacía.
—¿Ropa?
—Falta un abrigo oscuro, un sombrero y una maleta pequeña.
—No lleva maleta a la torre —dijo Delacroix.
—Puede pensar huir después.
—No. La maleta sirve para que parezca que Bastien la obligó a acompañarlo o que ella intentaba abandonar París por miedo.
Delaunay pronunció otra palabra que no habría quedado bien en un informe.
Abandonaron Saint-Lazare a toda velocidad.
Durante el trayecto, el comisario revisó la falsa confesión y la nota dirigida a Bastien.
—La letra es de Léonie.
—Sí.
—Eso bastará para demostrar que lo citó.
—Ella dirá que la obligaron a escribirla.
—El borrador estaba en su oficina.
—Dirá que Bastien lo preparó y lo dejó allí.
—La firma está calcada.
—Dirá que Marthe lo hizo.
—Marthe declarará.
—Marot atacará su credibilidad: una criada que transportó pruebas, huyó y admite haber obedecido órdenes sin leerlas.
Delaunay dobló el documento.
—¿Hay alguna prueba que esa mujer no pueda discutir?
—Los guantes.
—Bastien los tiene.
—Por eso Léonie necesita recuperarlos antes de matarlo.
La torre apareció al final de la avenida, iluminada contra el cielo oscuro.
A esa hora aún había visitantes en la base, aunque los accesos superiores comenzaban a cerrarse.
Varios agentes esperaban en los alrededores tratando de actuar sin provocar una estampida ni alertar a quienes ya estuvieran dentro.
Roussel recibió a Delaunay junto a la entrada técnica.
—La puerta de la galería fue abierta hace diez minutos.
—¿Quién? —preguntó el comisario.
—No lo vimos. La alarma del mecanismo indicó el movimiento, pero la plataforma superior ya estaba cerrada al público.
—¿Hay otra salida?
—La pasarela comunica con dos niveles y un ascensor de mantenimiento.
—Córtelos.
Roussel llamó a sus hombres.
Delacroix examinó la cerradura. No estaba forzada.
—Bastien tenía otra llave.
—O Léonie —dijo Delaunay.
Un agente llegó desde el puesto de control con una nota encontrada bajo la puerta de servicio.
Era una página arrancada de la agenda de Bastien.
Solo contenía una frase:
No suban todavía. Si la asustan, destruirá los guantes y dirá que nunca existieron.
—Sabe que estamos aquí —dijo Delaunay.
—Esperaba que siguiéramos la pista.
—¿Entonces por qué pide que no subamos?
—Quiere obtener una confesión.
—O quiere matarla.
—No habría dejado una nota si pensara huir después.
El comisario miró hacia la estructura.
—No voy a esperar.
—Tampoco yo.
Roussel abrió el acceso.
Antes de entrar, Delacroix observó la falsa confesión que Delaunay aún sostenía.
Léonie había escrito una versión donde Bastien aceptaba todos los delitos y ella sobrevivía como la mujer engañada por segunda vez.
Después había preparado otra carta para explicar la muerte que pensaba provocar aquella noche.
No improvisaba crímenes.
Improvisaba únicamente el orden en que los demás descubrirían que ya estaban escritos.
—¿Qué espera encontrar arriba? —preguntó Delaunay.
Delacroix miró la torre.
—A dos asesinos intentando decidir cuál de los dos tendrá derecho a parecer víctima.
Empezaron a subir.
En algún punto por encima de ellos, Bastien llevaba el portafolios rojo, los guantes desaparecidos y la confesión que Léonie había firmado en su nombre.
Léonie lo esperaba en el mismo lugar donde Gabriel había mirado hacia la galería por última vez.
Esta vez no habría fotógrafos ni invitados.
Pero ella había preparado de nuevo una caída.