Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 19 — La confesión que Bastien nunca escribió
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Capítulo 19 — La confesión que Bastien nunca escribió

La estación Saint-Lazare contenía demasiadas personas para que una huida resultara visible.

Viajeros con maletas, empleados empujando carros, mujeres despidiéndose junto a las ventanillas y hombres que consultaban horarios como si el siguiente tren pudiera resolver aquello que no se habían atrevido a decidir en casa.

Entre todos ellos, Bastien Cormier podía caminar con otro abrigo, bajar el ala del sombrero y convertirse durante unos minutos en uno más de los miles de rostros que París no tenía obligación de recordar.

Delaunay había distribuido agentes en los andenes, las salidas y las consignas antes de llegar. La estación seguía funcionando. Cerrar todos los accesos habría generado un caos mayor que la posibilidad de capturar a un hombre, y Bastien conocía suficientemente bien la ciudad para aprovecharlo.

Adèle Montargis los condujo hasta una hilera de casilleros situada junto al depósito de equipajes.

—Léonie utilizaba el cuarenta y dos —dijo—. Guardaba allí documentos de la revista cuando no quería llevarlos al apartamento.

—¿Por qué no los dejaba en la oficina? —preguntó Delaunay.

—Decía que algunos donantes se sentían más seguros si sus nombres no quedaban junto a los archivos ordinarios.

—Una consideración delicada para una mujer que robaba sus donaciones.

Adèle bajó los ojos.

El casillero cuarenta y dos estaba cerrado. No presentaba señales de haber sido forzado, pero el encargado aseguró que una mujer había accedido a él menos de una hora antes.

—Llevaba llave —dijo.

—¿La reconocería? —preguntó Delacroix.

El hombre observó la fotografía de Marthe.

—Sí. Era ella.

—¿Salió con algo?

—Un portafolios rojo y una cesta.

—¿Estaba sola?

—Cuando llegó.

—¿Y cuando se marchó?

El encargado miró hacia los andenes.

—No la vi marcharse. Entró un tren y tuve que atender una discusión por dos maletas iguales.

Delaunay mostró la orden y pidió abrir el casillero.

La llave maestra giró.

Dentro no había portafolios.

Solo un sobre marrón, un paquete atado con cinta y una pequeña caja de madera. En el fondo aparecían marcas de polvo donde había descansado un objeto rectangular durante bastante tiempo. El portafolios rojo había estado allí.

Delacroix examinó el borde de la puerta.

Un hilo negro se había quedado atrapado junto a la bisagra. No pertenecía al uniforme de Marthe, que vestía siempre tonos claros. Podía proceder del abrigo prestado a Bastien durante la fuga.

—Llegó antes que nosotros —dijo Delaunay.

—O esperó a Marthe.

—¿Cómo sabía lo del casillero?

—Adèle mencionó el portafolios durante el registro de la rue Chaptal. Luc Morand estaba presente cuando recibimos la noticia de la fuga.

Adèle lo miró.

—¿Cree que el abogado sabía?

—Creo que su ayudante llevaba ropa, una llave para las esposas y suficiente interés en que Bastien alcanzara este lugar.

El paquete estaba dirigido al juez de instrucción. No tenía remitente.

Delaunay cortó la cinta.

Dentro había siete páginas mecanografiadas y una hoja final con una firma. El documento comenzaba sin preámbulos:

Yo, Bastien Cormier, declaro que actué solo y que nadie, salvo yo, conocía el propósito de mis actos.

Adèle se llevó una mano a la boca.

El comisario continuó leyendo en silencio. Su expresión se endurecía con cada párrafo.

La confesión atribuía a Bastien el fraude de Saint-Roch, la creación de Arnaud Services y el uso de la identidad de Louise Arnaud. Afirmaba que había involucrado a Léonie sin explicarle la procedencia del dinero y que ella aceptó colaborar en actos sociales creyendo que todo era legítimo.

Después llegaba a Gabriel.

Supe que Montfort pensaba denunciarme y que deseaba casarse con Léonie.

No pude soportar que conservara a la mujer que yo amaba y al mismo tiempo destruyera mi posición.

Copié la llave de la torre, corté la cadena, retiré el pasador e hice que la caída pareciera provocada por una crisis relacionada con el fogonazo.

Léonie ignoraba mi intención. Su intento de sujetarlo fue auténtico.

—No escribió esto —dijo Adèle.

—No —respondió Delacroix.

La confesión explicaba también el anillo.

Bastien afirmaba haber enviado a una mujer desconocida a Maison Vautrin con una sortija robada a Léonie para obtener la medida.

Después habría introducido la caja en el abrigo de Gabriel y difundido la historia de la propuesta con el propósito de provocar compasión y alejar las preguntas del mecanismo.

La muerte de Bellac ocupaba la última página.

Cuando comprendí que la fotografía podía mostrarme junto a la galería, acudí al estudio antes de mi detención y preparé el veneno que utilizaría más tarde.

Conocía los hábitos de Bellac y sabía que tomaba dos terrones de azúcar.

Léonie visitó al fotógrafo únicamente para pedirle que no vendiera la última imagen de Gabriel. Ella también fue engañada por mí.

Delaunay dejó de leer.

—Antes de su detención —dijo—. El cianuro fue colocado después de que Bellac encontrara la ampliación.

—Y Bastien estaba bajo custodia cuando los terrones fueron contaminados —respondió Delacroix.

—La persona que escribió esto no conocía todos los horarios.

—Conocía suficientes.

El comisario señaló una frase.

—“Ella también fue engañada por mí”.

—La declaración de Rouen —dijo Delacroix—. La conferencia ante la prensa. Las notas enviadas a Féraud.

Adèle contempló las páginas.

—Léonie la escribió.

—En la máquina de Louise Arnaud —respondió Delaunay—. La cinta y los papeles carbón contienen fragmentos del borrador.

La última hoja llevaba una firma amplia, reconocible como la de Bastien. A simple vista parecía auténtica.

Delacroix la acercó a la luz.

El trazo era demasiado uniforme. No mostraba las variaciones de presión habituales en una firma realizada con rapidez. Debajo de la tinta aparecía una línea gris casi imperceptible.

—Fue calcada.

Delaunay tomó la hoja.

—¿Sobre qué?

—Probablemente una firma auténtica cubierta con papel fino. Primero marcó el recorrido con grafito y después repasó la línea.

En la caja de madera encontraron la respuesta.

Contenía recibos, autorizaciones de Saint-Roch y una hoja transparente sobre la que habían sido copiadas varias firmas de Bastien.

Una de ellas coincidía exactamente con la que aparecía en la confesión: la misma inclinación, la misma interrupción breve entre la C y el trazo final, la misma imperfección en la última curva.

—Ni siquiera eligió una firma distinta —dijo Delaunay.

—Una copia perfecta parece más convincente hasta que se la compara con el original.

El sobre marrón contenía algo diferente.

Estaba dirigido a Bastien.

No llevaba apellido. Solo una inicial:

B.

Delaunay lo abrió.

Dentro había una nota escrita a mano.

Sé que ya no confías en mí. También sé lo que te han dicho para obligarte a traicionarme.

Aún podemos impedir que nos destruyan por separado.

Tengo lo que necesitas para demostrar que no actuaste solo.

Trae la copia de Bellac y la agenda verde.

Esta noche, a las once, donde empezó todo.

Entra por la galería de servicio. Conservas la llave.

No estaba firmada.

No hacía falta.

Adèle leyó por encima del hombro del comisario.

—La torre.

—Sí —dijo Delacroix.

Delaunay miró el reloj de la estación. Eran las nueve y veinte.

—Bastien no conserva la llave. La encontramos en su apartamento.

—Encontramos una —respondió Delacroix—. Mandó copiarla y regresó al cerrajero para ajustarla. Pudo pedir más de una.

—Maret dijo que hizo una sola.

—Maret dijo que entregó una copia. Bastien podía haber reproducido esa después.

Adèle señaló la nota.

—¿Qué copia de Bellac espera que lleve?

—Léonie cree que Bastien pudo conseguir una durante la fuga —dijo Delacroix—. O utiliza la expresión para asegurarse de que lleve cualquier prueba que haya encontrado en el portafolios rojo.

—¿Y la agenda verde?

—El de Gabriel está bajo custodia.

Delaunay frunció el ceño.

—Entonces habla de otro.

Delacroix abrió la pequeña caja del casillero. Debajo de las firmas había una lista de objetos que Marthe debía trasladar:

Confesión — juez.

Copias — prensa.

Pasador y frasco — B.

Agenda B. — recuperar si es posible.

Carta final — entregar solo después.

—La agenda de Bastien —dijo—. Debe de contener pagos, encuentros y órdenes de Léonie.

—No apareció en el armario.

—Porque lo guardaba en el portafolios rojo.

Delaunay llamó a los agentes distribuidos por la estación.

La descripción de Marthe produjo un resultado pocos minutos después.

Una vendedora de flores la había visto sentada en la sala de espera de la línea de Versalles.

Parecía asustada y mantenía una cesta sobre las rodillas.

Un hombre con sombrero gris se acercó, habló con ella y se llevó un portafolios rojo. Después se separaron.

—¿Bastien? —preguntó el comisario.

La vendedora examinó una fotografía.

—Sí. Más delgado quizá. Llevaba otro abrigo.

—¿Hacia dónde fue?

—A los andenes. Pero no subió al tren que estaba saliendo. Lo vi regresar por la otra puerta.

—¿Y la mujer?

—Se quedó sentada.

Encontraron a Marthe en un corredor lateral, junto a una puerta de servicio. No intentaba huir. Se había escondido detrás de un carro de equipajes y lloraba en silencio.

La cesta estaba vacía.

Delaunay hizo que la condujeran a una oficina de la estación. Marthe se sentó con las manos cerradas alrededor de un pañuelo húmedo.

—No quería hacer daño a nadie —dijo antes de que comenzaran.

—Entró en el apartamento de Bastien y colocó pruebas de dos asesinatos —respondió el comisario.

—Mademoiselle dijo que eran suyas.

—¿Quién?

—De monsieur Bastien. Dijo que él las había dejado en la oficina y que debían volver al lugar donde la policía las encontraría.

—El frasco contenía cianuro.

Marthe cerró los ojos.

—No lo sabía.

—¿Y el pasador?

—Sabía que era de la torre.

—Entonces comprendía que podía incriminarlo.

—Había confesado.

—No había confesado cuando recibió las instrucciones.

La mujer miró a Delacroix.

—Mademoiselle dijo que hablaría. Que cuando comprendiera que ya no podía culparla, diría la verdad.