Capítulo 18 — Cada cual por su cuenta #3
—No creemos que lo hiciera —dijo Delaunay—. Pero su silencio permitió que buscáramos una visita inexistente y una tercera persona dentro de la fotografía.
—La sombra era mía.
Delacroix se acercó.
—¿Cómo?
—Durante la sesión me coloqué junto a la viga para indicar a los demás invitados que esperaran. Bellac dijo que el reflejo podía haberme captado detrás de Bastien. Me mostró la manga clara.
—La segunda sombra.
—Sí.
No era otro cómplice.
Era Adèle, situada a varios metros, deformada por la placa metálica.
Bellac había comprendido la geometría, pero había dejado que la policía considerara otras posibilidades porque cada nueva sospecha aumentaba el valor de su copia.
—¿Vio a Bastien retirar el pasador? —preguntó Delacroix.
—No. Miraba hacia los invitados cuando se produjo el flash.
—¿Y a Léonie empujar?
—Solo vi su postura antes. Después quedé cegada.
La sombra quedaba explicada.
No añadía un asesino.
Solo demostraba hasta qué punto Bellac había utilizado incluso la confusión de una imagen para negociar con todos.
Un agente entró apresuradamente en la oficina.
—Comisario, la Prefectura informa que monsieur Cormier debía ser trasladado al Palais de Justice a las once.
—¿Debía? —preguntó Delaunay.
El agente tragó saliva.
—Ha escapado.
El comisario quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—Pidió reconocer personalmente los objetos encontrados en su apartamento. Maître Sémard argumentó que podía ayudar a demostrar que habían sido introducidos después de su detención. El magistrado autorizó una breve inspección antes del traslado.
—¿Lo llevaron aquí?
—A su apartamento. Dos agentes y el ayudante de Sémard.
Delaunay miró al joven que había presenciado el registro del armario. Ya no estaba.
—¿Dónde está el ayudante?
—Desapareció también.
—¿Sémard sabía?
—Niega cualquier participación.
—¿Cómo salió Bastien?
—Por la escalera de servicio. Durante el registro pidió utilizar el lavabo. El agente esperó en el corredor. Había una puerta interior que comunicaba con las habitaciones del servicio y desde allí con una escalera trasera. Encontraron las esposas abiertas junto a una ventana.
—¿Forzó la cerradura?
—Utilizó una llave pequeña escondida en el forro del zapato.
Delaunay pronunció una palabra que ninguno de los funcionarios habría repetido en un informe.
—¿El ayudante lo ayudó?
—Parece que Morand llevaba ropa y un sombrero dentro de una cartera. El despacho de Sémard acaba de informar que arrastraba deudas de juego y que Bastien le había ofrecido dinero. Un cochero recuerda haberlos visto salir separados.
—Cierren las estaciones.
—Ya se ha ordenado.
—Puentes, hoteles, domicilios de Saint-Roch y la habitación treinta y dos.
—Sí, comisario.
Delaunay se volvió hacia Delacroix.
—Sabía que intentarían incriminarlo.
—Y no confía en que podamos impedirlo.
—Ha confesado un asesinato y acaba de escapar. Eso facilitará todo lo que Léonie quiera decir de él.
—Lo sabe.
—Entonces ¿por qué huir?
Delacroix miró el escritorio vacío y las marcas del portafolios retirado.
—Porque cree que existe algo dentro de la cartera roja capaz de demostrar que Léonie planeó sacrificarlo desde el principio.
Adèle levantó la cabeza.
—Había una carta.
—¿Qué carta?
—Una vez vi a Léonie guardar un sobre dirigido a Bastien. Estaba cerrado y llevaba una fecha posterior a la reunión en la torre.
—¿Posterior? —preguntó Delaunay.
—Lo había fechado de antemano. Pensé que era un error.
—¿Qué fecha?
Adèle recordó.
—El día después del crimen.
Delacroix miró los papeles carbón con el borrador de la confesión.
Léonie no solo había preparado pruebas para el caso de que Bastien hablara.
Había preparado también sus palabras.
—¿Dónde llevaría Marthe el portafolios? —preguntó.
Adèle negó.
—Léonie tenía un casillero en la estación Saint-Lazare. Lo utilizaba para documentos de la revista, pero no sé si sigue activo.
Delaunay llamó a los agentes.
—Saint-Lazare. Ahora.
Mientras abandonaban la oficina, Delacroix se detuvo junto a la máquina de escribir. El papel carbón todavía conservaba la frase incompleta:
…declaro que actué sin conocimiento de…
Una confesión escrita antes de que Bastien decidiera confesar.
Una versión donde Léonie no sabía nada.
Una muerte preparada para Gabriel y una culpa preparada para su cómplice.
En la calle, los vehículos policiales se dispersaron en distintas direcciones.
Los agentes buscaban a Bastien en estaciones, puentes y hoteles; otros seguían el rastro de Marthe y del portafolios rojo.
Léonie permanecía en su apartamento, vigilada y oficialmente libre, mientras las pruebas contra su amante aparecían en un escondite al que solo ella sabía llegar.
La alianza había terminado: Bastien huía para encontrar aquello que pudiera salvarlo de Léonie, y ella movía documentos, testigos y periódicos para asegurarse de que, cuando lo encontraran, nadie creyera una sola palabra suya.
Ya no actuaban como cómplices, sino como dos personas que conocían los crímenes del otro y habían comprendido que solo una podía conservar la historia.