Capítulo 18 — Cada cual por su cuenta #2
Había decidido completar su culpabilidad.
El segundo equipo registraba mientras tanto la habitación de la rue Chaptal.
La dirección proporcionada por Bastien correspondía a un edificio modesto de oficinas y talleres. Louise Arnaud había alquilado una habitación en el cuarto piso bajo el pretexto de representar a una empresa de suministros médicos.
No había portero permanente. Una mujer encargada de la limpieza acudía tres veces por semana y cobraba mediante sobres dejados bajo la puerta.
Cuando Delacroix y Delaunay llegaron, encontraron a Adèle Montargis esperando en el rellano junto a dos agentes. La habían llamado porque varios documentos de la oficina llevaban membretes de Saint-Roch y de Le Regard Parisien.
—No sabía que este lugar existía —dijo antes de que nadie se lo preguntara.
—Eso aún no lo hemos decidido —respondió Delaunay.
La puerta había sido abierta con la llave encontrada en poder de Léonie durante su detención. Marot había afirmado que correspondía a un antiguo baúl. Los agentes comprobaron lo contrario unas horas después.
La habitación era estrecha y profunda. Tenía una ventana orientada hacia el patio, un escritorio, varios archivadores, una máquina de escribir y una estufa de hierro.
Alguien había intentado vaciarla.
Los cajones estaban abiertos. Había papeles quemados dentro de la estufa y marcas claras sobre los estantes donde antes se apoyaban carpetas. Una botella de tinta se había derramado sobre el escritorio, quizá de manera accidental o para estropear documentos.
La máquina de escribir permanecía cubierta con una tela.
Delacroix la descubrió.
Era una Remington oscura y pesada. Algunas teclas mostraban desgaste. La letra e quedaba ligeramente elevada respecto de las demás y el número tres golpeaba con menor intensidad.
—No la muevan —dijo.
Un técnico fotografió el teclado y retiró después la cinta. Aún conservaba impresiones recientes.
—¿Puede recuperarse lo escrito? —preguntó Delaunay.
—Parte, si la cinta no fue utilizada demasiadas veces.
Sobre el suelo había papeles carbón arrugados. La mayoría estaban vacíos o mostraban fragmentos superpuestos de facturas. Uno conservaba varias líneas legibles:
…declaro que actué sin conocimiento de…
…la señorita Auber ignoraba por completo…
…la muerte de Gabriel fue consecuencia…
Delaunay se agachó.
—Una confesión.
—Un borrador —respondió Delacroix.
—En nombre de Bastien.
La firma no aparecía, pero el texto utilizaba la primera persona masculina y exculpaba de forma explícita a Léonie.
Adèle Montargis se acercó.
—¿Cuándo fue escrito?
—Eso intentaremos saber.
—¿Por Léonie?
—La máquina estaba en su oficina secreta —dijo Delaunay.
Adèle palideció.
—Yo le entregué la llave de la torre.
—Durante varios minutos.
—Dijo que necesitaba revisar la salida.
—Hizo una impresión en cera.
—No lo sabía.
—También estuvo sola en la galería.
—Creí que hablaba con un técnico.
Delacroix levantó la vista.
—¿Qué técnico?
—No lo sé. Vi un uniforme azul desde la oficina, pero pudo ser alguien que pasaba detrás.
—La segunda sombra.
Delaunay miró al detective.
Adèle continuó:
—Cuando regresé, Léonie estaba junto a la mesa. Había cera sobre la madera. Le pregunté si se había roto una vela y dijo que sí.
—No había velas allí.
—Lo sé ahora.
—¿Por qué no contó esto después de la caída?
La mujer se llevó una mano al cuello.
—Porque la llave había estado bajo mi responsabilidad. Si decía que la dejé sola, parecería negligencia. Después murió Bellac y pensé que cualquier cosa que admitiera me relacionaría con la compuerta.
—Su silencio permitió que la persona que utilizó la llave siguiera construyendo una historia —dijo Delacroix.
—No sabía lo que había hecho.
—Esa es la frase que todos repiten alrededor de Léonie.
Adèle bajó la mirada.
Los agentes reconstruyeron parte de los documentos quemados. Había facturas antiguas, cartas firmadas por Louise Arnaud y varias hojas con nombres de donantes. Entre las cenizas encontraron un fragmento de papel fotográfico.
Mostraba una franja negra, parte de una viga y un brillo metálico.
—Bellac —dijo Delaunay.
Delacroix tomó el fragmento con pinzas.
No pertenecía a la ampliación recuperada del casillero. Parecía una tira de prueba, más pequeña y con marcas de lápiz en el borde.
—Léonie consiguió una copia.
—Bellac pudo entregársela durante la visita.
—O ella la tomó.
Otro fragmento conservaba parte del reflejo de Bastien, aunque el torso estaba cortado y el pasador quedaba fuera. En el reverso había una cifra escrita por Bellac.
El precio.
—Esta fue la copia que utilizó para negociar con ella —dijo Delacroix—. No la ampliación completa.
—Léonie la quemó después.
—Porque sabía que existían otras.
—Y mató a Bellac para averiguar dónde.
El técnico de la estufa encontró algo más: un broche metálico ennegrecido por el calor. Tenía forma de hoja.
No era el alfiler de Bastien.
Adèle lo reconoció.
—Léonie lo llevaba en el sombrero la mañana de la recepción.
Delacroix recordó la descripción de Cécile Vautrin: una mujer con velo, sombrero oscuro y una cicatriz en la muñeca. El broche podía situarla en la oficina después del crimen, pero no necesariamente en la joyería.
—¿Por qué quemaría su propio broche? —preguntó Delaunay.
—Pudo engancharse a la tela utilizada para transportar los papeles. O perderlo mientras vaciaba la estufa.
—¿Cuándo estuvo aquí por última vez?
La encargada de la limpieza fue interrogada. Había visto a una mujer con velo entrar la tarde anterior, poco después de que Léonie saliera del Palais de Justice. Llegó sola, permaneció menos de media hora y bajó con un portafolios rojo y una cesta cubierta.
—La vigilancia la siguió hasta su apartamento —dijo Delaunay.
—Entonces no era Léonie.
La encargada miró una fotografía de Marthe.
—Era esta mujer.
Marthe había retirado documentos de la oficina, quemado lo que no podía llevarse y después acudido al apartamento de Bastien para plantar el pasador, las herramientas y el cianuro.
—Actuaba por orden —dijo Delaunay.
—Probablemente.
Adèle miró los papeles carbón.
—¿Sabe lo que contenía el portafolios rojo?
La pregunta fue demasiado precisa.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Por qué conoce su color?
Adèle dudó.
—Lo vi una vez en manos de Léonie durante una reunión de Saint-Roch.
—¿Qué guardaba?
—Cartas. Fotografías. También recibos que Bastien le pedía conservar fuera de la oficina.
—¿Bellac le entregó alguna imagen antes del crimen?
—No que yo supiera.
—¿Y después?
Adèle negó.
Delacroix observó la tira quemada.
—¿Quién estuvo en el estudio de Bellac a las seis, antes de que Léonie lo visitara?
La mujer perdió color.
Delaunay dio un paso hacia ella.
—Había dos vasos. Clovis vio que alguien había estado allí. Bellac no quiso identificar a la persona.
Adèle miró la puerta abierta.
—Fui yo.
—¿Por qué?
—Bellac me llamó.
—¿Qué quería?
—Saber quién había tenido la llave de la torre. Había visto a Bastien en el reflejo y comprendió que alguien debía permitirle entrar en la galería.
—¿Le mostró la ampliación?
—Una prueba pequeña.
—¿La que encontramos quemada?
—No sé.
—¿Intentó chantajearla?
Adèle apretó los labios.
—Dijo que la revista quedaría destruida si se demostraba que la organización había facilitado el crimen. Quería que firmara una declaración afirmando que él no eligió la posición y que Léonie insistió en utilizar ese lugar.
—¿Era verdad?
—En parte. Bellac eligió el encuadre, pero Léonie preguntó varias veces si podían fotografiarse junto a la estructura. Dijo que Gabriel detestaba las imágenes demasiado convencionales.
—¿Por qué no contó su visita?
—Porque cuando Bellac murió pensé que la policía me acusaría.
—Otra vez.
La mujer lo miró.
—¿Otra vez qué?
—Otra persona que calla para no parecer culpable y termina protegiendo a quien realmente lo es.
Adèle se sentó.
—No maté a Bellac.