Capítulo 18 — Cada cual por su cuenta
El armario de hierro de Bastien Cormier se encontraba detrás de una biblioteca llena de libros que nadie había abierto en años.
No era un escondite ingenioso. La madera del mueble había dejado marcas semicirculares sobre el suelo y una de las patas estaba montada sobre una rueda pequeña para facilitar el movimiento.
Bastaba empujar desde el lado correcto para descubrir una puerta estrecha, pintada del mismo color que la pared.
Los agentes que registraron el apartamento la primera vez no la habían visto.
Bastien sí había contado dónde estaba.
Delaunay llegó poco después de las siete acompañado por Delacroix, dos técnicos y un cerrajero policial.
El detenido permanecía en la Prefectura, bajo vigilancia reforzada y a la espera de ser trasladado ante el juez de instrucción.
Maître Sémard había protestado porque se practicara otro registro sin su presencia, pero después de escuchar que su cliente había revelado voluntariamente la existencia del compartimento, decidió enviar a Luc Morand, un ayudante joven de puños gastados que no dejó de tomar notas ni de mirar hacia la puerta desde que cruzó el umbral.
El apartamento estaba frío.
Las chimeneas no se encendían desde la detención y las habitaciones conservaban el olor de una vivienda abandonada con demasiada rapidez: tabaco viejo, ropa cerrada dentro de armarios y el perfume leve de las flores que una criada había colocado en el salón antes del crimen.
Delacroix observó la cerradura del armario.
—¿La primera inspección quedó fotografiada?
—Todas las habitaciones —respondió Delaunay.
—Quiero las imágenes.
—Están en camino.
El cerrajero introdujo una herramienta fina y movió los dientes interiores. El mecanismo cedió en menos de un minuto.
—No parece una cerradura muy segura —dijo el comisario.
—Las personas suelen gastar más en esconder una puerta que en proteger lo que hay detrás —respondió el hombre.
Abrió.
El armario tenía tres estantes y un cajón inferior.
En el primero había dinero distribuido en fajos, documentos bancarios y cuatro libretas con pagos relacionados con Saint-Roch.
El segundo contenía joyas, acciones al portador y correspondencia privada.
En el tercero aparecían una caja de madera, una bolsa de herramientas y un paquete envuelto en papel de periódico.
Luc Morand se acercó.
—Quiero que conste que nadie ha tocado el contenido.
—Constará que está a punto de ser expulsado si continúa respirando encima de las pruebas —dijo Delaunay.
Los técnicos fotografiaron el interior.
Delacroix no miraba los objetos.
Miraba el polvo.
Había una capa uniforme sobre las libretas, las cajas y los bordes de los estantes. El paquete envuelto en papel, en cambio, parecía limpio. Bajo él, la madera mostraba un rectángulo ligeramente más claro.
—Eso fue colocado después —dijo.
Delaunay se inclinó.
—¿Cuánto después?
—No puedo saberlo todavía. Pero el resto lleva semanas sin moverse.
Uno de los técnicos retiró el paquete con pinzas. El papel estaba doblado con cuidado y sujeto mediante un cordel gris. En una esquina se veía parte de un titular:
…EL FOTÓGRAFO DE LA TORRE…
Delaunay miró a Delacroix.
—La edición posterior a la muerte de Bellac.
—Sí.
—Bastien llevaba detenido desde antes de que se publicara.
Luc Morand dejó de escribir.
El técnico abrió el envoltorio.
Dentro estaba el pasador inferior de la compuerta.
La argolla conservaba un fragmento de cadena cortada y restos de grasa oscura. Junto a él había una lima fina, unas pequeñas tenazas y un frasco de cristal cerrado con tapón de corcho. Una etiqueta manuscrita indicaba:
Cianuro.
Nadie habló durante unos segundos.
Delaunay observó el conjunto.
—Demasiado completo.
—Mucho —respondió Delacroix.
—El pasador vincula a Bastien con Gabriel. El cianuro, con Bellac. Las herramientas explican la cadena.
—Y todo aparece en el escondite que solo él utiliza.
—Eso querrá un fiscal.
—También un asesino.
El técnico recogió una muestra del polvo bajo el paquete. Después examinó el cordel, el papel y el frasco.
—Hay una mancha de grasa en el nudo.
—¿Huellas? —preguntó Delaunay.
—Necesitaré llevarlo al laboratorio.
Delacroix se agachó junto al armario.
El cajón inferior estaba cerrado con una llave distinta. El cerrajero lo abrió. Dentro había cartas de Léonie, fotografías tomadas en la habitación treinta y dos y varios sobres con dinero. Ningún documento era posterior a la muerte de Gabriel.
—Bastien dijo que Léonie conocía este escondite —recordó Delaunay.
—Y dónde guardaba la llave.
—Podía entrar después de la detención.
—Tenía una copia del apartamento.
Luc Morand intervino:
—Mi despacho exigirá que se determine quién tuvo acceso a la vivienda desde el primer registro.
Delaunay se volvió.
—Su cliente confesó haber retirado el pasador.
—No confesó haberlo ocultado aquí ni poseer cianuro.
—Eso se investigará.
—También debe constar que el periódico utilizado para envolverlo fue publicado cuando monsieur Cormier se encontraba bajo custodia.
—Constará.
El joven pareció decepcionado de no haber encontrado resistencia.
Llegaron las fotografías del primer registro.
Delacroix las extendió sobre una mesa. En la imagen del dormitorio, la biblioteca aparecía en su posición original. No se veía el armario oculto, pero sí una pequeña mesa junto a la cama. Sobre ella había una lámpara, un libro y tres llaves.
En la fotografía tomada aquella mañana, antes de mover la biblioteca, solo había dos.
—Falta la llave del armario —dijo Delaunay.
—Alguien la utilizó y se la llevó.
—Bastien dijo que la guardaba allí.
—Sí.
Compararon otras imágenes.
En el primer registro, una caja de sombreros descansaba sobre el extremo izquierdo de la biblioteca. Ahora estaba varios centímetros desplazada. La alfombra presentaba una arruga que antes no existía y, junto al zócalo, había una marca fresca producida al hacer girar la pata con rueda.
—La biblioteca fue movida después de la inspección inicial —dijo Delacroix.
—¿Cuándo quedó la casa sin custodia? —preguntó Delaunay.
Uno de los agentes consultó el registro.
—Durante cuarenta minutos la mañana posterior a la muerte de Bellac.
Después de que el juez ordenara reducir la vigilancia visible, el hombre asignado a la puerta fue llamado a la Prefectura y creyó que el relevo ya estaba en camino.
El sustituto estaba cubriendo el operativo por la muerte de Bellac y llegó tarde.
El comisario cerró los ojos.
—Cuarenta minutos.
—Bastaban diez —dijo Delacroix.
—Léonie había sido liberada por el juez esa misma mañana.
—Pero la seguíamos.
—Entró en su apartamento y no volvió a salir hasta la comparecencia ante la prensa.
—Marthe sí.
Delaunay llamó a la Prefectura para que localizaran inmediatamente a la criada.
Mientras hablaba, Delacroix examinó el periódico utilizado para envolver las pruebas. No era la primera edición. Un código impreso en el margen correspondía a la tirada del mediodía, publicada después de que la policía confirmara internamente la presencia de cianuro en el cuerpo de Bellac.
La palabra no figuraba en el artículo visible.
Quien había preparado el paquete podía conocer el veneno antes de leerlo en la prensa.
—No fue Bastien —dijo Delaunay al terminar la llamada.
—No colocó esto aquí mientras estaba detenido.
—Pudo preparar el escondite antes y otra persona envolverlo después.
—¿Para qué cambiar el envoltorio?
—No lo sé.
—Porque el pasador y las herramientas estaban en otro lugar. Alguien los reunió con el cianuro después de la muerte de Bellac y necesitó transportarlos.
Delaunay observó el frasco.
—Léonie.
—O alguien actuando por ella.
—Marthe ha desaparecido.
—¿Cuándo?
—Salió del apartamento de Léonie anoche con una cesta. El agente pensó que iba al mercado. No regresó.
—¿Llevaba suficiente para ocultar el paquete?
—Sí.
El comisario dio órdenes para buscarla en estaciones, pensiones y domicilios conocidos.
Delacroix abrió una de las cartas halladas en el cajón. La mayoría eran breves y no estaban firmadas. Léonie evitaba comprometerse incluso dentro de una relación clandestina.
Una decía:
No dejes nada importante en el hotel. Los lugares compartidos dejan de ser seguros cuando uno de los dos empieza a tener miedo.
Otra:
Guarda los documentos donde solo tú puedas encontrarlos. Si alguna vez preguntan, yo no debo saber que existen.
Delaunay leyó por encima de su hombro.
—Le indicó que utilizara el armario.
—Y se aseguró de conocerlo.
—Podía haber preparado desde hace meses un lugar donde incriminarlo.
—No necesitaba saber qué prueba colocaría. Solo necesitaba un escondite que todos aceptarían como suyo.
El técnico levantó el frasco.
—El tapón conserva fibras claras.
Delacroix se acercó.
—¿De guante?
—Podría ser seda o lana fina.
Los guantes desaparecidos de la torre.
—Quizá los utilizó para manipular el cianuro —dijo Delaunay.
—Y después colocó el frasco en casa de Bastien.
—¿Dónde están ahora?
—No en el paquete.
La ausencia era deliberada. Los guantes podían conservar grasa de la compuerta, residuos de magnesio y restos del veneno. Eran demasiado peligrosos para dejarlos como prueba contra Bastien porque también podían identificar a Léonie.
Los había conservado o destruido.
—Quiero el apartamento entero registrado otra vez —ordenó Delaunay—. Paredes, conductos, chimeneas y tejados. También el recorrido de Marthe desde la casa de Léonie.
Luc Morand cerró su libreta.
—Informaré a maître Sémard de que las pruebas contra mi cliente fueron introducidas mientras estaba detenido.
—Infórmele también de que su cliente aparece sosteniendo el pasador antes de entregárselo a Léonie —respondió el comisario—. Una prueba plantada no borra un crimen cometido.
—Pero cambia quién intentó ocultarlo.
—Eso ya lo sabíamos.
El joven se marchó.
Delacroix miró el armario abierto.
Bastien no era inocente. Había retirado la pieza, aceptado la muerte probable de Gabriel y mentido para proteger a Léonie. Sin embargo, el paquete demostraba que ella no se limitaba a abandonarlo cuando la investigación se acercaba.