Capítulo 17 — El cómplice enamorado #3
—Entonces ¿por qué lo teme?
Bastien miró el fragmento de manga en la fotografía.
—Porque yo también fui una cosa que dejó preparada antes de necesitarla.
Nadie respondió.
Delaunay ordenó que la vigilancia se reforzara y que toda correspondencia destinada a Bastien fuera retenida.
También pidió un nuevo registro del apartamento, la oficina y el depósito comercial.
Esta vez buscarían compartimentos ocultos, herramientas, productos químicos y cualquier pieza metálica compatible con el pasador.
Bastien pidió estar presente en el nuevo registro y Delaunay se negó.
A instancias de Delacroix, enumeró entonces todos los escondites que Léonie conocía: un armario de hierro en el despacho, una caja bajo las tablas del dormitorio, un compartimento detrás de la biblioteca y un cajón falso en Saint-Roch.
El armario era el más peligroso. La llave se guardaba en su mesa de noche, los empleados sabían que solo él lo abría y Léonie había podido entrar en el apartamento durante los primeros minutos posteriores a su detención.
Con una copia de la puerta, diez minutos habrían bastado para convertir cualquier objeto en una prueba suya.
—¿Dónde guardaba el pasador después de que se lo entregó? —preguntó.
—No lo vi.
—¿Podía llevarlo bajo el abrigo?
—Sí.
—¿Y sus guantes de la torre?
Bastien negó.
—Cuando la abracé todavía los llevaba.
—Después desaparecieron.
—Pudo envolver el pasador en ellos.
Delaunay anotó.
—¿Tenían algo más que pudiera incriminarla?
—Grasa. Y polvo claro del magnesio.
—¿Tocó ella el recipiente?
—La vi cerca de la caja antes de la fotografía. No vi si lo cambió.
—Pero sabía que debía haber más luz.
—Sí.
—¿Por qué?
—Para que nadie viera el empujón.
La frase salió sin esfuerzo. Bastien ya no intentaba suavizarla.
Delacroix miró la fotografía completa.
—¿Qué ocurrió durante el fogonazo?
El hombre cerró los ojos, pero esta vez no para evitar la respuesta. Parecía volver a la plataforma.
—Retiré el pasador cuando Bellac dijo “uno”. Dejé el superior apoyado. Cuando dijo “dos”, miré a Léonie. Ella tenía una mano sobre el brazo de Gabriel y el pie detrás. Gabriel me vio.
—Por eso miraba hacia la galería.
—Sí.
—¿Lo reconoció?
—Creo que sí.
—¿Dijo algo?
—Movió la boca. Quizá mi nombre.
—Después llegó el fogonazo.
—Sí. Vi blanco. Escuché la cadena romperse y un golpe. Cuando pude distinguir algo, Léonie estaba en el suelo con la manga en las manos.
—¿Vio el empujón?
—No.
—Pero sabía qué había hecho.
—Sí.
—¿Cómo la miró ella?
Bastien abrió los ojos.
—No me miró.
La respuesta contenía toda la relación.
Él había retirado el pasador, aceptado la muerte de su amigo y esperado alguna señal de que ambos acababan de cruzar juntos un límite irreversible.
Léonie había comenzado de inmediato a representar su dolor ante los demás.
—¿Cuándo lo miró por primera vez? —preguntó Delacroix.
—Cuando encontraron el anillo.
—¿Qué expresó?
—Que hablara.
—No pronunció nada.
—No hacía falta.
—Y usted inventó la joyería.
—Sí.
—Después la abrazó y le entregó el pasador.
—Sí.
—¿Le dijo algo?
Bastien tardó en contestar.
—“Ahora compórtate como su amigo”.
Delacroix no necesitó formular otra pregunta.
Gabriel seguía cayendo entre las vigas y Léonie ya distribuía los papeles que cada uno debía representar: ella, la mujer que había intentado salvarlo; Bastien, el amigo que conocía la propuesta; Bellac, el fotógrafo culpable del destello; Gabriel, el enamorado enfermo que murió antes de formular su pregunta.
Todos tenían una función.
Solo Bastien había creído que era también un compañero.
Delaunay recogió las declaraciones y pidió que Sémard firmara el acta provisional. El abogado revisó cada página con cuidado y tachó dos expresiones que consideró interpretativas. Bastien firmó sin leer.
Antes de que lo llevaran, Delacroix se acercó a la puerta.
—Hay algo más —dijo Bastien.
—¿Qué?
—Léonie guardaba una máquina de escribir en una habitación de la rue Chaptal.
—¿A quién pertenecía?
—A Louise Arnaud.
Delaunay se volvió.
—¿Una oficina?
—Un cuarto alquilado bajo ese nombre. Redactaba cartas, facturas y notas que no quería escribir en casa.
—¿Dónde está la llave?
—La tenía ella.
—¿Dirección exacta?
Bastien la proporcionó.
—¿Qué encontraremos?
—No lo sé. Dejé de ir hace meses.
—¿Por qué no lo mencionó antes?
El hombre miró la fotografía de Gabriel.
—Porque era el único lugar que todavía pertenecía a los dos.
—No pertenecía a los dos —dijo Delacroix—. Pertenecía a una mujer que nunca existió.
Bastien dejó que el agente lo condujera al corredor.
Delaunay reunió los documentos.
—Registraremos primero su despacho y después la rue Chaptal.
—Envíe equipos distintos.
—¿Por qué?
—Si Léonie sabe que Bastien ha hablado, puede intentar llegar antes a la oficina de Louise Arnaud o hacer que alguien retire lo importante.
—Está vigilada.
—Bellac también lo estaba.
Delaunay aceptó sin discutir.
Cuando la puerta se cerró, Delacroix quedó solo unos segundos frente a las fotografías.
Bastien había confesado el fraude, la relación, la copia de la llave y la retirada del pasador. Había admitido que sabía que Gabriel probablemente moriría y que obedeció porque temía perder a Léonie. No era una víctima. Tampoco un hombre inocente utilizado sin comprender.
Era un cómplice.
Pero acababa de descubrir que la palabra no significaba lo que él había creído.
Un cómplice compartía el crimen.
Léonie nunca había pensado compartir las consecuencias.