Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 17 — El cómplice enamorado #2
79%

Capítulo 17 — El cómplice enamorado #2

—¿Qué escribió?

—Que Gabriel sabía lo nuestro y que pensaba denunciar.

—¿Ella respondió?

—Vino a la habitación.

—¿A qué hora?

—Cerca del mediodía.

—¿Qué hizo?

—Me preguntó exactamente qué había dicho, qué documentos llevaba y si había mencionado el banco.

—No preguntó cómo se sentía Gabriel.

—No.

—¿Ni si estaba enfadado por la relación?

—No.

—Preguntó por las pruebas.

Bastien cerró los ojos.

—Sí.

—¿Le contó entonces el plan completo?

—Dijo que ya no bastaba con asustarlo.

Sémard levantó la cabeza.

—Mi cliente debe detenerse.

Bastien no lo escuchó.

—¿Qué palabras utilizó? —preguntó Delaunay.

—Que Gabriel no podía bajar de la torre con la intención de hablar.

El comisario permaneció inmóvil.

—¿Dijo que debía morir?

—No.

—¿Qué entendió usted?

Bastien miró el reflejo de su propia figura en la fotografía.

—Lo entendí.

Sémard cerró la libreta con un golpe seco.

—No continúe.

—Ya no importa —dijo Bastien.

—Importará en un tribunal.

—Todo importa en un tribunal menos lo que uno creyó cuando hizo algo.

Delacroix se sentó frente a él.

—¿Qué creyó?

El hombre tardó en responder.

—Que si me negaba, ella me dejaría. Que acudiría a Gabriel, fingiría que yo había organizado el fraude y salvaría su vida entregándome. Que después él la perdonaría porque todavía la amaba.

—Así que eligió participar para no perderla.

—Sí.

—No porque pensara que Gabriel sobreviviría.

Bastien bajó la voz.

—No.

La palabra quedó suspendida sobre la mesa.

Delaunay no mostró satisfacción. Ninguno la sentía.

—Sabía que podía morir —dijo.

—Sí.

—¿Sabía que probablemente moriría?

Bastien miró a Delacroix.

—Sí.

El abogado se cubrió el rostro con una mano.

La confesión no era todavía una admisión de haber deseado la muerte, pero destruía la última posibilidad de presentar la manipulación como una amenaza torpe o un accidente no previsto.

—¿Qué debía hacer en la torre? —preguntó Delaunay.

—Entrar en la galería cuando Bellac preparara la placa. Retirar el pasador inferior y asegurarme de que el superior quedara apoyado sin encajar completamente.

—¿Cómo sabía hacerlo?

—Léonie me lo explicó.

—Entonces conocía el mecanismo.

—Lo había probado por la mañana.

—¿Y la cadena?

—Dijo que cedería con el peso.

—¿Debía conservar el pasador?

—Sí.

—¿Por qué?

—Para que pareciera que se había desprendido y caído con Gabriel o entre las vigas.

—Pero se lo guardó en el bolsillo.

—No podía arrojarlo sin que alguien oyera el metal.

—Después afirmó que guardaba un encendedor.

—Fue lo primero que se me ocurrió.

—¿Dónde está ahora el pasador?

Bastien levantó la mirada.

—Se lo di a Léonie.

Delaunay se inclinó.

—¿Cuándo?

—Después de bajar de la torre, antes de que nos separaran.

—¿Cómo?

—La abracé.

Delacroix recordó la fotografía tomada por la prensa: Bastien sosteniendo a Léonie con una familiaridad que parecía consuelo. Ella había dejado que apoyara una mano en su espalda mientras los periodistas construían la imagen del mejor amigo protegiendo a la prometida.

—Se lo puso en el abrigo —dijo.

—En un bolsillo interior.

—¿Ella se lo pidió?

—Habíamos acordado que, si algo quedaba conmigo, debía entregárselo.

—¿Qué hizo después?

—No lo sé.

—Podía ocultarlo, destruirlo o devolverlo a su apartamento cuando necesitara acusarlo.

Bastien negó.

—No entró en mi casa.

Delaunay lo miró.

—Tenía una copia.

—No.

—Encontramos una impresión de la llave de su apartamento entre los papeles de Léonie.

El hombre quedó inmóvil.

—¿Dónde?

—En una caja de costura del dormitorio.

—Eso no significa que hiciera una copia.

—El cerrajero Maret recuerda haber confeccionado una para una mujer con velo hace dos meses. No vio el rostro, pero la descripción coincide.

—¿Por qué querría entrar sin mí?

Delacroix respondió:

—Por la misma razón que usted entraba en casa de Gabriel. Para saber qué guardaba y disponer de un lugar donde colocar aquello que necesitara encontrar después.

Bastien apoyó la espalda contra la silla.

—No.

—¿Tiene escondites en su apartamento?

—No.

—Cajas, compartimentos, un escritorio que rara vez abre.

—Solo un armario en el despacho.

—¿Quién conoce la llave?

—Yo.

—¿Dónde la guarda?

—En el cajón de mi mesa de noche.

—Léonie conocía su dormitorio.

El hombre miró hacia su abogado.

—Registraron el apartamento.

—Sí —dijo Delaunay—. Pero no encontramos el pasador.

—Entonces no está allí.

—Todavía.

Bastien comprendió la última palabra.

—Va a ponerlo.

—Quizá ya lo hizo.

—No.

—También puede colocar grasa, herramientas o cualquier cosa que conecte el crimen únicamente con usted.

—No haría eso.

Delacroix señaló la carta de Gabriel.

—Compró el anillo sin decírselo. Preparó la cadena sin decírselo. Visitó a Bellac sin decírselo. Lo acusó públicamente de matar a Gabriel y sugirió que también pudo envenenar al fotógrafo. ¿Qué parte de su conducta le hace pensar que vacilaría ante una habitación cerrada?

Bastien respiró con dificultad.

—La sortija.

—¿Qué ocurre con ella? —preguntó Delaunay.

—Yo no sabía que la había comprado. Después de la caída, cuando apareció en el abrigo, creí que Gabriel realmente pensaba entregársela.

—Por eso inventó la visita a Maison Vautrin.

—Léonie me miró. Solo eso. Comprendí que necesitaba confirmar la propuesta.

—¿Habían acordado una señal?

—No.

—Entonces decidió mentir por ella sin que lo pidiera.

—Sí.

Delacroix observó al hombre.

Allí estaba la verdadera habilidad de Léonie. No necesitaba formular siempre las órdenes. Había enseñado a quienes la amaban a anticipar lo que esperaba, y después podía afirmar que nunca se lo había pedido.

—¿Por qué eligió Maison Vautrin? —preguntó.

—Léonie había hablado de la joyería meses atrás. Dijo que le gustaban sus piezas discretas.

—Así que construyó una mentira con información íntima.

—Sí.

—Y cuando ella la escuchó, no la corrigió.

—No.

—La difundió.

Bastien bajó la cabeza.

Delaunay cambió de asunto.

—Bellac. ¿Qué sabía usted de él antes de la muerte?

—Que la fotografía podía mostrarme.

—Preguntó si el movimiento quedaría registrado.

—Por indicación de Léonie.

—¿Después de la caída habló con él?

—No pude.

—¿Intentó enviarle un mensaje?

—No.

—Bellac anotó que pensaba ofrecer una copia a usted.

—Nunca la recibí.

—¿Sabía que Léonie fue al estudio?

—No hasta que ustedes me lo dijeron.

—¿Qué cree que ocurrió allí?

Bastien miró la taza fotografiada en el informe que Delaunay había dejado sobre la mesa.

—Ella intentó comprar la copia.

—¿Y Bellac se negó?

—Pidió demasiado.

—¿Cómo lo sabe?

El hombre se detuvo.

—Porque Bellac siempre pedía demasiado.

—No es una respuesta.

Bastien se pasó una mano por la frente.

—Léonie conocía sus hábitos. Había tratado con él en otras cenas y sesiones de Saint-Roch. Sabía que guardaba fotografías comprometedoras y que negociaba con ellas.

—¿Sabía que tomaba dos terrones de azúcar?

El hombre levantó los ojos.

—Sí.

Delaunay se inclinó.

—¿Por qué?

—Una vez cenamos con él. Bellac se burló de quienes bebían café sin azúcar y dijo que una taza amarga era una afectación de personas que necesitaban parecer serias. Léonie lo recordó porque detestaba que la gente repitiera costumbres como si fueran opiniones.

—¿Conocía el estudio?

—Había posado allí para Saint-Roch el año anterior.

—¿Entró en el laboratorio?

—Bellac le mostró cómo revelaba las placas.

—¿Vio los productos?

—Probablemente.

—¿Cianuro?

Bastien cerró los ojos.

—No sé.

Delacroix observó la reacción.

—Sí lo sabe.

—Una vez comentó que Bellac guardaba veneno al lado del azúcar y que algún día alguien confundiría los frascos.

Delaunay abrió la libreta.

—¿Cuándo lo dijo?

—Hace meses.

—¿En presencia de Gabriel?

—No. En el hotel.

—¿Le parecía gracioso?

—En ese momento sí.

El comisario anotó la frase.

—Bellac murió con cianuro colocado en terrones del fondo de la caja. Léonie estuvo sola en el estudio y tuvo acceso a la cocina.

Bastien no preguntó si estaban seguros.

Tampoco intentó defenderla.

Miró la mesa durante un largo rato.

—Lo mató.

—Eso creemos —dijo Delaunay.

—No por la fotografía.

—¿Entonces por qué?

—Porque él la había visto.

Delacroix esperó.

—Bellac podía contar que ella fue al estudio, que intentó pagarle y que sabía qué parte de la imagen debía desaparecer —continuó Bastien—. Incluso si recuperaba la copia, él seguía siendo una prueba.

—¿Cuándo comprendió que ella podía matar personalmente?

Bastien levantó la mirada.

La respuesta no apareció de inmediato.

—En la torre —dijo por fin—. Cuando vi a Gabriel caer.

—Pero siguió protegiéndola.

—Sí.

—¿Por qué?

El hombre miró la carta.

—Porque si admitía lo que había hecho, también tenía que admitir que ella nunca me había necesitado de la forma que yo creía.

Delaunay cerró la libreta.

—Eso no justifica dos días de mentiras.

—No intento justificarme.

—Lo ha hecho desde que llegó.

—Ya no.

Sémard intervino con voz baja:

—Mi cliente cooperará bajo un acuerdo formal que tenga en cuenta su confesión, su colaboración y el hecho de que no ejecutó el empujón.

Delaunay lo miró.

—Retiró una protección sabiendo que Gabriel probablemente moriría.

—No discuto su responsabilidad —respondió el abogado—. Discuto que sea idéntica a la de quien diseñó el crimen, eligió el momento y empujó a la víctima.

—Eso lo decidirá el juez.

Bastien no parecía escuchar.

—Ella sabe que he hablado.

—No conoce todavía el contenido —dijo Delacroix.

—Lo sabrá.

—¿Cómo?

—Siempre lo sabe.

—No es una facultad sobrenatural.

—No necesita que lo sea. Tiene gente que cree ayudarla. Marthe, periodistas, donantes, empleados. Alguien le contará que me han interrogado otra vez o que registran mi casa.

—Está bajo vigilancia.

—También lo estaba Bellac.

La frase produjo un silencio incómodo.

Bastien miró hacia la puerta.

—Quiero protección.

—Ya está detenido —dijo Delaunay.

—No aquí. Cuando me trasladen. Cuando hable ante el juez. No dejen que me envíe nada.

—No podrá acercarse.

—No necesita acercarse.

Delacroix recordó el cianuro colocado horas antes de la muerte, los mensajes entregados por niños y las notas filtradas a la prensa.

—¿Qué podría enviarle? —preguntó.

—Una carta. Comida. Un objeto. Cualquier cosa que parezca venir de otra persona.

—¿Lo ha hecho antes?

—No.