Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 17 — El cómplice enamorado
77%

Capítulo 17 — El cómplice enamorado

Bastien Cormier recibió la noticia de la carta de Gabriel con una pregunta que no parecía tener relación con ella.

—¿Léonie la ha leído?

Delacroix permaneció de pie junto a la ventana de la sala de interrogatorios. Delaunay ocupaba el lugar habitual frente al detenido y maître Sémard había colocado la libreta cerrada sobre la mesa, como si negarse a escribir pudiera impedir que la declaración existiera.

—No —respondió el comisario.

Bastien bajó los ojos.

—Entonces no sabe lo que dice.

—Sabía que Gabriel había preparado una maleta —dijo Delacroix—. También dónde ocultaba los resguardos de viaje.

—Eso no significa que conociera la carta.

—Significa que la buscaba.

Sémard levantó una mano.

—Mi cliente no puede responder por lo que mademoiselle Auber haya buscado o dejado de buscar en un apartamento al que él no tuvo acceso durante el registro.

—Tuvo acceso durante casi un año —respondió Delaunay—. Conservaba una copia de la llave.

—Mi cliente ya ha explicado esa cuestión.

—No. Ha admitido que entraba.

Bastien miró hacia Delacroix.

—¿Qué escribió Gabriel?

Sémard se inclinó hacia él.

—No necesita saberlo ahora.

—Sí.

—Bastien.

—Quiero saberlo.

El abogado cerró los labios.

Delaunay extrajo una copia de la carta, pero no la dejó sobre la mesa.

—Gabriel escribió que usted autorizó pagos falsos, que Léonie redactó las instrucciones y que ambos mantenían una relación. También escribió que la informó de que entregaría los originales a la Prefectura y que no volvería al apartamento después de la recepción.

Bastien no reaccionó a las cuentas.

Tampoco a la denuncia.

La frase que lo alcanzó fue otra.

—¿Sabía lo nuestro?

—Sí.

—No.

—Lo había comprendido dos días antes de morir.

—Léonie dijo que sospechaba algo, pero que no estaba seguro.

—Léonie sabía que estaba seguro.

—No podía saberlo.

Delacroix se acercó a la mesa.

—Gabriel se lo dijo la mañana de su muerte.

Bastien levantó lentamente la vista.

—¿A ella?

—Le comunicó que no regresaría a casa. También le preguntó por usted y por Louise Arnaud. Después preparó una carta donde explicó que había descubierto la relación.

El hombre se recostó en la silla, aunque no parecía buscar comodidad. Parecía necesitar una superficie que evitara que cayera.

—Ella me dijo que Gabriel no hablaría de nosotros.

—Le dijo lo que necesitaba para que continuara obedeciendo.

—No.

—Si usted sabía que Gabriel había descubierto la relación, el crimen dejaba de ser una operación para salvar las cuentas. Se convertía en una forma de impedir que él los abandonara, los denunciara y expusiera públicamente.

Bastien apretó la mandíbula.

—No quería que muriera.

—Ya nos lo ha dicho.

—Es verdad.

—Retiró el pasador.

—La cadena estaba preparada.

—Y usted sabía que la compuerta se abriría.

—Léonie dijo que Gabriel caería sobre una plataforma inferior.

—¿La vio?

—No.

—¿Preguntó a qué distancia estaba?

—No.

—¿Miró por la abertura antes de retirar el pasador?

Bastien no respondió.

Delacroix apoyó las manos sobre la mesa.

—Lo hizo.

—Había vigas debajo.

—A muchos metros.

—Podía quedar sujeto.

—¿A qué?

El hombre apartó los ojos.

—No sé.

—Sí lo sabía. Miró hacia abajo, vio el vacío y retiró el pasador de todos modos.

Sémard abrió la libreta.

—Mi cliente ya ha admitido una participación limitada en la manipulación de la compuerta. No toleraré que convierta una interpretación en confesión.

—No necesito convertirla —dijo Delacroix—. Necesito que deje de utilizar el amor como una forma de incapacidad mental.

Bastien se volvió hacia él con furia.

—No sabe lo que ocurrió.

—Usted puede contarlo.

—No me creerá.

—Eso dependerá de cuánto se parezca a la verdad.

Delaunay colocó sobre la mesa la ampliación donde se veía el pasador en la mano de Bastien. Después añadió la fotografía completa: Gabriel mirando hacia la galería, Léonie sujetando su brazo y el reflejo oscuro de la estructura.

—Empiece por el lunes —dijo—. La cera, la llave y la habitación treinta y dos.

Bastien miró a su abogado.

Sémard permaneció inmóvil. Había comprendido que el silencio ya no podía borrar las pruebas físicas. Su trabajo consistía ahora en reducir la intención, no en negar la presencia.

—Léonie llegó al hotel por la tarde —comenzó Bastien—. Llevaba una pequeña caja de metal y un trozo de cera envuelto en papel. Dijo que había conseguido la impresión de una llave.

—¿De quién? —preguntó Delaunay.

—No quiso decirlo.

—¿Le preguntó?

—Sí.

—¿Qué respondió?

—Que cuanto menos supiera, menos podría equivocarme si me interrogaban.

Delacroix observó al hombre.

—Ya estaba preparando su declaración.

Bastien no contestó.

—¿Le explicó qué abría la llave?

—Una puerta de servicio en la torre.

—¿Para qué la necesitaban?

—Dijo que Gabriel debía asustarse.

—¿Cómo?

—La sociedad de Saint-Roch iba a reunirse la semana siguiente. Gabriel pensaba entregar las cuentas antes. Léonie dijo que, si sufría un accidente y comprendía que alguien podía alcanzarlo incluso en un lugar público, quizá aceptaría retrasar la denuncia.

—¿Un accidente no mortal? —preguntó Delaunay.

—Sí.

—¿Qué clase de accidente?

—Una caída corta.

Delacroix señaló la fotografía.

—Sobre una compuerta abierta en la Torre Eiffel.

—Ella dijo que no atravesaría toda la abertura. Que lo sujetaría, que parecería que había perdido el equilibrio y que después lo salvaría. Gabriel entendería el mensaje.

—¿Y la manga?

Bastien miró la tela rasgada en la imagen.

—Dijo que lo tomaría del brazo.

—Así podría fingir que intentó rescatarlo.

—No lo planteó de esa forma.

—¿Cómo lo planteó?

—Como una garantía.

—¿Una garantía para Gabriel o para ella?

El hombre no respondió.

Delaunay continuó:

—¿Cuándo llevó la impresión al cerrajero?

—Aquella misma tarde.

—Léonie lo acompañó.

—Esperó fuera.

—¿Por qué?

—No quería que la recordaran.

—Pero lo dejó a usted entrar con el rostro descubierto, dar un nombre al pagar y regresar a la mañana siguiente para ajustar la copia.

—Utilicé un nombre falso.

—El cerrajero lo reconoció.

Bastien pasó una mano por la venda de la palma.

—No pensábamos que la policía llegaría hasta él.

—Léonie sí lo pensaba —dijo Delacroix—. Por eso esperó fuera.

El hombre lo miró.

—No.

—Usted copió la llave. Usted dejó la cera en el hotel. Usted llevó la caja de herramientas, pagó el trabajo y fue visto entrando en la galería. Léonie hizo que cada acto comprobable perteneciera a usted.

—Ella consiguió la impresión.

—Y no le dijo de quién.

—Intentaba proteger a otra persona.

—O protegerse a sí misma.

Bastien negó lentamente.

—No pudo preparar la cadena. No conocía el mecanismo.

—Había visitado la torre el día anterior y volvió esa mañana.

—Para ver el lugar de la fotografía.

—Y permaneció sola varios minutos.

El hombre miró a Delaunay.

—Dijo que alguien de la revista se ocuparía.

—Hemos interrogado a Adèle Montargis —respondió el comisario—. Admitió que el lunes entregó la llave temporal a Léonie durante unos minutos.

Bastien dejó de respirar por un instante.

—¿Por qué?

—Léonie le dijo que quería comprobar si el recorrido permitía abandonar la plataforma sin cruzarse con los periodistas. Montargis recibió una llamada y la dejó sola en la oficina de producción.

—Entonces otra persona tomó la impresión después.

—No —dijo Delaunay—. Montargis encontró restos de cera azul sobre la mesa cuando regresó. Pensó que procedían de las velas decorativas utilizadas para la recepción.

Delacroix añadió:

—No había otra persona. Léonie hizo la impresión.

Bastien miró la llave ampliada en la fotografía, como si la pieza pudiera ofrecer una explicación distinta.

—La cadena...

—Roussel calculó que podía debilitarse en menos de cinco minutos con una lima adecuada —continuó Delaunay—. Léonie estuvo sola en la galería durante siete.

—No.

—Clovis la vio salir de la zona de servicio con polvo oscuro en el guante. No lo recordó hasta que le mostramos el tipo de residuo.

—Eso puede ser grasa.

—Era metal y grafito.

Bastien bajó la cabeza.

La tercera persona que, según Léonie, había preparado el mecanismo no existía. Había sido una presencia inventada para separar a la mujer de la parte más directa del plan y para mantener a Bastien convencido de que no conocía el conjunto.

—¿Por qué le diría que había otro? —preguntó en voz baja.

—Para que no supiera que ella había cortado la cadena —respondió Delacroix—.

Si algo salía mal antes de la caída, usted buscaría a un cómplice inexistente.

Si la policía descubría la manipulación, podría afirmar que Léonie nunca entró en la galería y que otra persona le entregó la llave.

Y si usted decidía confesar, solo podría contar una parte.

Bastien miró hacia la puerta.

—Ella no confiaba en mí.

—Confiaba en que obedecería.

—No es lo mismo.

—No.

La diferencia pareció herirlo más que cualquier acusación.

Delaunay dejó la copia de la carta de Gabriel junto a la fotografía.

—¿Qué ocurrió la mañana del crimen?

Bastien tardó en responder.

—Gabriel vino a mi oficina.

—Lo sabemos.

—Llevaba varias copias de los pagos. No los originales. Me preguntó por Arnaud Services y por qué había autorizado facturas que nunca comprobé. Le dije que Léonie se ocupaba de los proveedores.

—¿La nombró?

—Sí.

—Antes afirmó que ella no tenía relación con las cuentas.

—Mentí.

—Continúe.

—Gabriel dijo que había encontrado cartas, que sabía quién era Louise Arnaud y que al día siguiente hablaría con la Prefectura. También dijo que después de la recepción se marcharía del apartamento.

—¿Mencionó la relación?

Bastien miró la carta.

—Me preguntó cuánto tiempo llevaba entrando en su casa con una llave que él no me había dado.

—Entonces lo sabía.

—Sí.

—¿Qué respondió?

—Que no entendía.

—Otra mentira.

—No podía decirle la verdad.

—¿Por qué no?

—Porque todavía creía que podíamos arreglarlo.

Delacroix lo observó.

—¿Arreglar las cuentas, la traición o el hecho de que Gabriel los había descubierto?

Bastien apretó los dedos.

—Todo.

—¿Cómo?

—Léonie siempre encontraba una forma.

—Esa mañana la forma ya era matarlo.

—No lo sabía.

—Después de que Gabriel se marchara, ¿adónde fue usted?

—Al hotel.

—¿Llamó a Léonie?

—Envié un mensaje.