Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 16 — El viaje de despedida #3
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Capítulo 16 — El viaje de despedida #3

Madeleine asintió lentamente.

—Cuando estaba enfadado, escribía. Léonie se burlaba de eso. Decía que él necesitaba poner cada emoción en un sobre para convencerse de que existía.

—Entonces temía que hubiera explicado la ruptura y la denuncia.

—Y que hubiese escrito que se lo dijo esa mañana —añadió Delaunay.

La carta no demostraba por sí sola que Léonie hubiera cometido el asesinato. Pero destruía dos partes esenciales de su relato: que ignoraba la denuncia y que Gabriel no pensaba abandonarla.

También explicaba por qué la recepción en la torre no podía posponerse.

Era la última oportunidad.

Después de la fotografía, Gabriel dejaría el apartamento. A la mañana siguiente, los originales llegarían a la Prefectura. Una vez fuera de la casa y bajo protección policial, sería más difícil silenciarlo, recuperar la documentación o construir una muerte romántica alrededor de su cadáver.

—¿Por qué aceptó ir a la torre después de decirle que se marchaba? —preguntó Delaunay.

Madeleine respondió antes que Delacroix.

—Porque había prometido ir.

El comisario miró la maleta.

—Murió por cumplir un compromiso con las personas que pensaba denunciar.

—No —dijo Delacroix—. Murió porque ellos sabían que sería incapaz de faltar.

Gabriel no había sido llevado mediante una amenaza ni engañado sobre el destino. Había acudido voluntariamente, convencido de que podía atravesar una última hora junto a Léonie y Bastien sin permitir que su desprecio se convirtiera en crueldad pública.

Ellos habían utilizado su decencia como parte del mecanismo.

Delaunay revisó el resto de la carpeta. Encontró otra hoja, más breve, sin sobre. Estaba dirigida a Léonie, aunque no había sido terminada.

Léonie:

No discutiré las cuentas esta noche. Tampoco hablaré de Bastien delante de otras personas. Después de la fotografía, te diré solo lo necesario para que comprendas que no volveré. Mañana sabrás lo demás por la vía que corresponda.

La frase siguiente había sido tachada. Aun así, podía leerse:

Quise darte una última oportunidad para decir la verdad. Ya no sé si era para salvarte o para no admitir que no podía hacerlo.

No había firma.

—Pensaba entregársela después de la recepción —dijo Madeleine.

—O utilizarla para ordenar lo que quería decir —respondió Delacroix.

—Léonie sabía que habría una conversación.

—Sí.

—Y por eso no podía permitir que Gabriel saliera de la torre.

Delaunay colocó la hoja junto a la carta.

—Ahora tenemos conocimiento, motivo y premeditación.

—Tenemos una carta del muerto —dijo Delacroix—. La defensa dirá que Gabriel interpretó erróneamente el fraude, la relación y las preguntas de Léonie.

—Bastien confesó que ella se ocuparía de hacerlo retroceder.

—Bastien es cómplice y está intentando reducir su responsabilidad.

—Solange oyó la planificación.

—Y Marot dirá que oyó frases aisladas.

El comisario lo miró con impaciencia.

—¿Qué falta?

—Una prueba que no dependa de lo que Gabriel creyó, Bastien afirma o una camarera escuchó.

—La compra del anillo.

—La sitúa preparando el relato.

—El cianuro.

—La sitúa con oportunidad de matar a Bellac.

—La carga de magnesio.

—Clovis sabe que pidió más luz, pero no la vio cambiar el recipiente.

—Los guantes.

—Siguen desaparecidos.

Delaunay cerró la maleta.

—Entonces debemos encontrarlos.

—O encontrar a quien la ayudó a preparar la cadena.

El comisario recordó la sombra de la fotografía.

—La persona que creyó estar colaborando con Bellac.

—Si todavía cree que su participación fue inocente, puede haber callado por miedo a parecer responsable. Después de la muerte del fotógrafo, su miedo habrá aumentado.

—Adèle Montargis.

—Tenía la llave.

—Clovis conocía el equipo y la posición.

—Pero no necesitaba que le explicaran cómo funcionaba una compuerta.

—Un empleado de la revista.

—O alguien de mantenimiento.

Madeleine volvió a doblar la carta.

—¿Puedo conservarla?

Delaunay negó con pesar.

—Será evidencia. Le daremos una copia.

Ella aceptó.

Antes de cerrar la maleta, tomó el libro de aventuras y lo sostuvo contra el pecho. A diferencia de Léonie, no necesitaba que nadie interpretara el gesto.

—Esto no será necesario para el juicio.

—No —dijo Delacroix.

—Entonces me lo llevo.

Delaunay asintió.

Salieron de la estación cerca del mediodía. La lluvia había terminado y una luz pálida se extendía sobre las vías. Madeleine subió a un carruaje con el libro sobre las rodillas.

Delaunay y Delacroix permanecieron en la acera.

—Léonie sabe que encontramos la maleta —dijo el comisario.

—Lo sabrá pronto.

—Intentará explicar la carta.

—No puede negar que Gabriel escribió que la informó.

—Dirá que mentía a su hermana.

—Sí.

—¿Y que el viaje no era una separación?

—También.

—¿Hay algo que no pueda convertir en otra cosa?

Delacroix observó a los viajeros que entraban y salían de la estación. Algunos se despedían con abrazos. Otros discutían con los empleados por equipajes perdidos. Un hombre corrió detrás de una mujer para entregarle un paraguas que había olvidado.

—Los objetos físicos —dijo—. Un pasador, una fibra, un guante, una llave. Las personas pueden discutir lo que significan las palabras. Les cuesta más explicar por qué una pieza de metal estaba en una mano o por qué un veneno apareció dentro de un terrón.

—Entonces seguimos buscando los guantes.

—Y al testigo que cortó la cadena.

Delaunay llamó al conductor del vehículo policial.

Antes de subir, Delacroix miró la fachada de la gare d’Austerlitz.

Gabriel había llevado allí su maleta antes de enfrentarse a Bastien, antes de subir a la torre y antes de posar junto a la mujer que sabía que iba a abandonar.

Había depositado unas camisas, un libro de la infancia y una carta para su hermana.

No preparó una fuga. Preparó la posibilidad de continuar después de decir la verdad.

Su viaje no llegó a comenzar.

Sin embargo, la maleta había llegado más lejos que él.

Había conservado la voz que Léonie intentaba borrar y había demostrado que, cuando Gabriel Montfort subió a la torre, no llevaba una sortija destinada a prometer un futuro.

Ya se había despedido de él.