Capítulo 16 — El viaje de despedida #2
—Entonces ¿por qué buscaba el comprobante?
—No lo buscaba.
—¿Quería llevarse la guía ferroviaria como recuerdo?
Léonie cerró las manos.
—Gabriel hablaba de viajar.
—Pensaba ir a Orléans —dijo Madeleine—. Sin usted.
—Eso no lo convierte en una ruptura.
—Reservó una habitación para no dormir aquí.
—Necesitaba estar solo.
—Y escondió el resguardo de la maleta donde usted sabía que podía encontrarlo.
Léonie se volvió hacia ella.
—Su hermano no le contaba todo.
—A usted tampoco. Por eso está muerto.
Marot pidió que se suspendiera la visita. Delaunay aceptó. Las maletas de Léonie serían revisadas antes de salir y entregadas después en presencia del abogado.
Marthe cerró las tapas con manos temblorosas.
—Mademoiselle solo quería sus cosas.
—Quería ese sobre —dijo Madeleine.
La criada miró a Léonie, esperando que lo negara.
Ella guardó silencio.
Antes de abandonar el apartamento, se detuvo frente a Delacroix.
—¿Qué cree que encontrará en esa maleta?
—Lo que Gabriel no quería dejar aquí.
—Podía ser ropa.
—Entonces no habría ocultado el resguardo.
—Gabriel ocultaba todo cuando estaba enfadado.
—¿También que iba a denunciarla?
Marot tomó a Léonie del brazo.
—No responda.
Ella no apartó los ojos de Delacroix.
—Gabriel no pensaba denunciarme.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque todavía me amaba.
—Eso no lo habría detenido.
La frase la hirió más que las acusaciones anteriores. No porque dudara del amor de Gabriel, sino porque comprendía que Delacroix lo consideraba compatible con abandonarla y decir la verdad.
Léonie salió.
En la calle, los periodistas comenzaron a gritar preguntas en cuanto apareció. Marot levantó una mano y declaró que su clienta había recuperado algunos efectos personales. No mencionó el resguardo ni la maleta.
Léonie llevó una mano hasta la sortija de la cadena.
Madeleine se acercó a la ventana y la observó desaparecer entre los paraguas.
—No debería llevar ese anillo.
—Es suyo —dijo Delacroix.
—Hace que parezca de Gabriel.
—Esa es la intención.
La mujer cerró la cortina.
—Mi hermano odiaba que alguien dijera una cosa para que los demás entendieran otra.
—Por eso era un contable excelente.
—No era solo un contable.
La defensa fue inmediata.
Delacroix la miró.
—Lo sé.
Madeleine apoyó una mano sobre la guía ferroviaria abierta.
—Cuando éramos niños, Gabriel escondía los billetes de tren dentro de los atlas. Nuestro padre olvidaba siempre dónde los guardaba y después culpaba a todos. Gabriel empezó a conservarlos él. Decía que un viaje podía arruinarse antes de comenzar si se perdía el papel adecuado.
—Léonie conocía la costumbre.
—Debió verlo hacerlo.
—Y sabía que el resguardo no estaba entre sus pertenencias cuando revisamos el cuerpo.
Delaunay guardó el sobre.
—Vamos a Austerlitz.
La consigna de equipajes se encontraba en un extremo de la estación, detrás de una fila de ventanillas y carros cargados con baúles. El encargado revisó el resguardo, la orden del juez y los documentos de Madeleine antes de conducirlos a un depósito.
La maleta era de cuero marrón, pequeña y resistente. En una de las asas colgaba una etiqueta con las iniciales G. M..
Madeleine la reconoció.
—Era de nuestro padre.
La cerradura no necesitó ser forzada. Entre las llaves encontradas en el cuerpo de Gabriel había una que encajaba.
Delaunay abrió la maleta sobre una mesa de inspección.
Dentro había dos camisas, ropa interior, un traje oscuro, artículos de aseo, un pijama y un par de zapatos. Todo estaba doblado con precisión. En un bolsillo lateral encontraron dinero, un horario de trenes y un billete de ida a Orléans para la mañana posterior a la cita con la Prefectura.
No había billete de regreso.
Madeleine pasó los dedos por el borde de una camisa.
—Pensaba quedarse más de unos días.
Delacroix examinó la cantidad de ropa.
—O no sabía cuándo regresaría.
Debajo del traje había un libro de aventuras con la tapa deteriorada. Madeleine sonrió por primera vez desde que Delacroix la conocía.
—Se lo regalé cuando cumplió doce años.
—No parece equipaje habitual para una denuncia policial —dijo Delaunay.
—Lo llevaba cada vez que creía que iba a empezar de nuevo.
La mujer abrió el libro. En la primera página aparecían los nombres de ambos escritos con letra infantil. Más abajo, Gabriel había añadido años después:
Madeleine siempre llega antes al final y luego finge que no lo ha leído.
Madeleine cerró el volumen con cuidado.
En el fondo de la maleta había una carpeta de cartón atada con una cinta. No contenía facturas ni documentos de Saint-Roch. Guardaba fotografías familiares, dos cartas antiguas de su madre y un sobre dirigido a Madeleine.
La fecha era la mañana de la muerte.
—Puede leerlo en privado —dijo Delaunay.
Ella negó.
—Si explica por qué lo mataron, debe oírlo.
Rompió el sello.
La carta ocupaba seis páginas escritas a mano. Las primeras líneas hablaban del viaje y de la posibilidad de quedarse en Orléans más tiempo del previsto. Gabriel no escribía con la frialdad de sus anotaciones contables. Tampoco intentaba adornar lo que sentía.
Madeleine comenzó a leer en silencio. Al llegar a la segunda página, se detuvo.
—Continúe usted —dijo, entregando las hojas a Delacroix.
Él tomó la carta.
Gabriel había escrito:
Querida Madeleine:
Cuando recibas esto, probablemente ya habré cumplido con una obligación que llevo semanas aplazando.
No la aplazaba por miedo a la policía ni por afecto al dinero.
La aplazaba porque denunciar lo que he encontrado significa destruir a dos personas que han ocupado casi toda mi vida en París, y porque he confundido durante demasiado tiempo la compasión con una forma de justicia.
Bastien autorizó pagos que sabía falsos.
No creo que haya inventado el mecanismo, pero lo siguió porque le proporcionaba dinero y porque Léonie consiguió que obedecerla pareciera una prueba de valor.
He tardado más de lo que debería en comprender qué existe entre ellos.
Quizá lo sabía desde antes y preferí llamar amistad a aquello que no quería mirar.
Madeleine bajó los ojos.
Delacroix continuó:
No me marcho solamente por la traición. Una infidelidad puede terminar una relación.
Lo que he descubierto en las cuentas la vuelve irrelevante.
Léonie utilizó una identidad falsa, redactó instrucciones y dejó que Bastien firmara la mayoría de los documentos.
Si la investigación llega hasta ellos, él dirá que actuó por amor.
Ella dirá que comprendió demasiado tarde.
Los dos dirán parte de la verdad y esperarán que las partes oculten el conjunto.
Delaunay levantó la vista.
La frase describía con precisión lo que había ocurrido después de la muerte.
Esta mañana le dije a Léonie que mañana entregaría los originales a la Prefectura.
No le mostré dónde están. Le dije también que, después de la recepción de esta noche, no volvería al apartamento.
No discutió. Solo preguntó cuánto sabía Bastien y si ya había hablado con alguien.
Debí comprender entonces que no temía perderme.
Temía no controlar lo que yo dijera cuando me hubiera ido.
Delaunay levantó la vista. Gabriel había cambiado el orden anotado a primera hora: después de enfrentarse a Bastien, decidió adelantar la despedida y hablar con Léonie antes de subir a la torre.
El encargado de la consigna se había alejado, pero el ruido de la estación seguía entrando desde las puertas: silbatos, ruedas sobre el suelo, nombres de destinos pronunciados por empleados que ignoraban la existencia de la carta.
Delacroix siguió leyendo.
No quiero que conviertas esto en una defensa de mi carácter.
He sido ingenuo, pero no inocente. Vi señales y elegí explicaciones cómodas.
Permití procedimientos que no comprendía porque confiaba en Bastien.
Presenté a Léonie ante donantes que creyeron en ella porque yo estaba a su lado.
Si parte del dinero no llegó a quienes debía, mi negligencia también tiene un peso, aunque la ley utilice otra palabra.
Mañana corregiré lo que pueda. Después necesitaré recordar quién era antes de pasar cada cena comprobando si la mujer a la que amaba estaba mintiendo y si el hombre al que llamaba amigo la ayudaba a hacerlo.
Madeleine se cubrió la boca con una mano.
La carta continuaba con asuntos menores: una petición para que no vendiera la casa familiar, instrucciones sobre ciertos libros y el deseo de caminar de nuevo junto al río donde habían jugado de niños.
Había una ternura contenida que Gabriel no mostraba en público.
No prometía empezar una vida mejor. Solo pedía un lugar donde no tuviera que decidir de inmediato qué parte de sí mismo aún podía conservar.
Las últimas líneas estaban escritas con menor firmeza.
No sé si dejar de amar a alguien ocurre de una vez. Creo que, en mi caso, ha sucedido como una cuenta mal llevada: pequeñas cantidades desaparecidas durante años hasta que un día se revisa el total y se comprende que ya no queda nada de lo que uno creía guardar.
No odies a Léonie por mí. El odio también es una forma de seguir obedeciendo a una persona.
Tu hermano,
Gabriel
Delacroix dejó de leer.
La estación continuó funcionando.
Un tren partió hacia el sur y las ventanas del depósito vibraron durante varios segundos.
Madeleine tomó la carta y alisó las hojas sobre la mesa.
—Escribía así solo conmigo.
—Confiaba en usted —dijo Delaunay.
—No lo suficiente para contarme antes lo que ocurría.
—Quería entregarle los hechos cuando estuvieran completos.
—Siempre necesitaba que todo estuviera completo.
La mujer miró la maleta abierta.
—Incluso su despedida.
Delacroix examinó el sobre. Había sido cerrado antes de que Gabriel saliera de casa. Léonie sabía que él entregaría los documentos y que no regresaría al apartamento. También sabía que había preparado equipaje, aunque quizá ignoraba dónde.
—Buscaba esta carta —dijo Delaunay.
—Buscaba el resguardo —respondió Delacroix—. No podía saber con certeza qué había dentro de la maleta.
—Sabía que Gabriel escribía a su hermana.