Capítulo 16 — El viaje de despedida
Léonie regresó al apartamento de Gabriel a las diez de la mañana, vestida de negro y acompañada por un abogado, una criada y suficientes periodistas para convertir la recogida de una maleta en una ceremonia pública.
Maître Marot había acordado con Delaunay que la visita duraría una hora.
Su clienta podría retirar ropa, correspondencia estrictamente personal y objetos que acreditara como propios.
No tendría acceso al escritorio precintado, a los documentos de Gabriel ni a ninguna estancia sin la presencia de un agente.
Léonie aceptó las condiciones después de protestar contra todas ellas.
Delacroix esperaba en el salón junto a Delaunay.
Madeleine Montfort se encontraba en la habitación contigua, fuera de la vista de Léonie.
Había pedido estar presente para impedir que la mujer se apropiara de objetos de su hermano, pero el comisario consideró más útil que observara sin ser observada.
Desde la calle llegaba el murmullo de la multitud reunida frente al edificio. El portero había cerrado la puerta principal y repetía a todo el que quisiera escucharlo que aquella casa no era un teatro. Nadie parecía dispuesto a creerle.
Léonie entró sin saludar a Delacroix. Llevaba todavía la sortija sencilla suspendida de una cadena. Marot depositó sobre una mesa la autorización firmada por el juez y repasó cada condición como si esperara descubrir una palabra añadida durante el trayecto.
Marthe avanzó hacia el dormitorio con dos maletas vacías.
—Una sola estancia cada vez —dijo Delaunay.
La criada se detuvo.
—Mademoiselle no puede recoger sus cosas con policías detrás.
—Puede.
—No es decoroso.
—La investigación ha superado ya varias veces la fase del decoro.
Léonie se quitó los guantes.
Eran negros y nuevos. Delacroix observó la mano izquierda cuando los dejó sobre una consola. La cicatriz curva de la muñeca quedaba oculta por la manga.
—Empezaré por el dormitorio —dijo ella.
—La acompañaremos —respondió Delaunay.
—¿También monsieur Delacroix?
—Especialmente monsieur Delacroix.
Léonie lo miró.
—¿Teme que robe mis propios vestidos?
—No me preocupan sus vestidos.
—A mí tampoco me preocupa su opinión, pero parece que ambos tendremos que soportar ciertas cosas.
El dormitorio conservaba el desorden contenido de una habitación registrada por policías cuidadosos.
Los cajones estaban cerrados, pero no exactamente alineados.
Las puertas del armario habían sido marcadas con pequeños sellos.
Sobre la cómoda permanecían frascos de perfume, cepillos, horquillas y una fotografía de Léonie tomada varios años atrás.
No había ninguna imagen reciente de Gabriel.
Marthe abrió las maletas. Léonie comenzó a escoger ropa sin vacilar. Separó vestidos, blusas y prendas interiores con rapidez, como si hubiese preparado mentalmente la lista. No tocó las joyas guardadas en una caja abierta ni preguntó por el dinero encontrado en el cajón.
Delacroix observó las cosas que dejaba.
Las personas obligadas a abandonar una casa solían demorarse ante objetos inútiles: un libro, una taza, una fotografía, una prenda que conservaba el olor de otra época. Léonie no miraba nada dos veces. Escogía según utilidad, no según memoria.
—¿No retirará sus joyas? —preguntó.
—Pueden inventariarlas.
—Son suyas.
—Eso no impedirá que las examinen.
—¿Y los perfumes?
Ella tomó el frasco de Violette de Parme y lo colocó en la maleta.
—Supongo que este les interesa especialmente.
—Ha aparecido con bastante frecuencia.
—También las violetas. No veo que hayan detenido a los floristas.
Marot se volvió hacia Delaunay.
—¿Es necesario este diálogo?
—No —respondió el comisario—. Por eso resulta difícil impedirlo.
Léonie continuó hasta completar la primera maleta. Después abrió la mesa de noche. Dentro había un libro, un pañuelo doblado y el frasco de gotas para dormir que Bastien había mencionado durante su interrogatorio.
Lo tomó.
—Eso permanecerá aquí —dijo Delaunay.
—Me pertenece.
—Será analizado.
—¿Por qué?
—Porque Bellac fue envenenado.
La mano de Léonie no se detuvo, pero sus dedos se cerraron con mayor firmeza alrededor del frasco.
—No pretenderá relacionar unas gotas para dormir con el cianuro.
Marot volvió lentamente el rostro hacia ella.
Delaunay no había mencionado la sustancia.
Delacroix observó cómo Léonie comprendía lo que acababa de decir. No intentó retirar la frase.
—Los periódicos hablan de veneno —añadió.
—Hablan de productos fotográficos —dijo el comisario—. El cianuro no ha sido comunicado.
—Bellac trabajaba con él. Cualquiera lo sabe.
—Yo no lo sabía antes del informe médico.
—Usted no es fotógrafo.
—Ni usted.
Léonie dejó el frasco en el cajón.
—Entonces consérvenlo.
No había sorpresa en su rostro. Tampoco miedo. Solo una molestia breve por haber entregado un dato antes de tiempo.
Delacroix se acercó a la mesa de noche. El libro era una novela que Gabriel parecía haber leído varias veces. Había marcas de lápiz en los márgenes y una entrada de teatro utilizada como señalador.
—¿Era suyo? —preguntó.
—De Gabriel.
—¿Lo leía?
—A veces.
—¿Qué le gustaba?
Léonie cerró uno de los cajones.
—No lo sé.
—Compartieron tres años de dormitorio.
—No hablábamos de cada libro.
—Bastien sabía dónde guardaba usted las gotas.
—Porque entró sin permiso.
—Y usted no sabía qué leía Gabriel.
—No todos practican la intimidad como un interrogatorio.
Delacroix dejó la novela donde estaba.
Léonie pidió pasar al vestidor. Retiró zapatos, sombreros y un abrigo de viaje. Una vez más, ignoró todo lo que no parecía necesario. Sin embargo, antes de abandonar la habitación recorrió con la vista la pared, la cómoda y el armario.
No buscaba ropa.
Buscaba una ausencia.
—¿Falta algo? —preguntó Delacroix.
—Muchas cosas.
—¿Cuál esperaba encontrar?
—No he dicho que esperara nada.
—Ha revisado la habitación como si el objeto no pudiera estar dentro de una maleta.
Marot se interpuso.
—Mi clienta no tiene obligación de explicar dónde dirige la mirada.
—No. Pero suele hacerlo sin que se lo pidan.
Léonie salió al corredor.
Pidió entrar en el despacho de Gabriel. Delaunay se negó.
—Mis cartas están allí.
—Los agentes separaron la correspondencia dirigida a usted.
—No toda.
—¿Cómo lo sabe?
—Gabriel guardaba algunas cartas dentro de los libros.
Delacroix se detuvo.
Durante el primer registro, Léonie había asegurado respetar el escritorio cerrado y desconocer los hábitos privados de Gabriel. Ahora sabía que ocultaba correspondencia entre volúmenes.
—¿Qué libros? —preguntó.
—No recuerdo.
—Entonces no podrá saber si falta alguna.
—Quiero revisar la biblioteca.
Marot mostró la autorización.
—La biblioteca se encuentra en el salón y no está precintada.
Delaunay aceptó con una condición:
—No tocará ningún volumen hasta que un agente lo haya examinado.
Regresaron al salón.
Léonie se acercó a los estantes sin mirar las flores, los cuadros ni la fotografía antigua de la pareja. Recorrió los lomos lentamente. No eligió novelas ni tratados de contabilidad. Se detuvo frente a una hilera de atlas, guías ferroviarias y libros de viajes.
Madeleine, que observaba desde la puerta entreabierta de la habitación contigua, hizo un movimiento apenas perceptible.
Delacroix lo advirtió.
Léonie extrajo una guía de los ferrocarriles franceses.
El agente extendió la mano.
—Primero yo.
Ella entregó el volumen.
Era grueso, de tapas verdes y bordes gastados. El agente lo sacudió, revisó las primeras páginas y recorrió el interior con el pulgar. No cayó nada.
—¿Satisfecho? —preguntó Léonie.
El hombre se lo devolvió.
Ella abrió el libro por la mitad, después cerca del final. Buscó algo entre el lomo y la cubierta trasera. Sus dedos encontraron una irregularidad.
Delacroix se acercó.
—Déjemelo.
Léonie cerró el volumen.
—Es una guía.
—Precisamente.
—No forma parte de los documentos investigados.
—Todavía no sabemos qué contiene.
—No contiene nada.
—Entonces no perderá nada al entregarlo.
Durante un segundo, Léonie mantuvo el libro contra el pecho. El gesto recordó las fotografías de la mañana anterior, cuando había sostenido la sortija sobre el corazón. Esta vez no había periodistas para interpretarlo.
Delaunay extendió la mano.
—Entréguelo.
Léonie obedeció.
Delacroix examinó la cubierta. La tela verde se había despegado ligeramente en el borde inferior. Introdujo la punta de una espátula y levantó con cuidado el cartón interior.
Detrás había un pequeño sobre marrón.
Madeleine salió de la habitación contigua.
—Lo sabía.
Léonie se volvió.
La presencia de la hermana de Gabriel fue la primera cosa de la mañana que pareció sorprenderla de verdad.
—No tenía derecho a esconderse.
—Es la casa de mi hermano.
—Era también la mía.
—No desde que él decidió marcharse.
Marot intervino.
—Madame Montfort, comprendo su dolor, pero esta visita...
—No comprende nada.
La voz de Madeleine no fue alta. No necesitó serlo.
Delaunay tomó el sobre. En el exterior aparecía un número escrito por Gabriel y dos palabras:
Austerlitz. Equipajes.
Dentro había un resguardo de consigna fechado la mañana del crimen. Correspondía a una maleta depositada en la gare d’Austerlitz a las ocho y diez. La recogida exigía el comprobante o una identificación acompañada de la descripción del equipaje.
—Gabriel preparó su viaje antes de ir a la oficina de Bastien —dijo Delacroix.
Madeleine miró a Léonie.
—Ya había sacado sus cosas de aquí.
—Una maleta no es una separación —respondió ella.
—La escondió para que no la encontrara.
—No sé por qué la escondió.
Delacroix sostuvo el resguardo.
—Pero sabía dónde buscarlo.
Léonie no contestó.
—Ha ignorado sus joyas, sus cartas y casi todos los recuerdos de Gabriel —continuó—. Fue directamente a los libros de viajes y escogió la guía exacta.
—Lo vi guardar papeles allí otras veces.
—¿Qué papeles?
—Billetes, recibos.
—En el dormitorio afirmó que no recordaba qué libros utilizaba.
—No quería que convirtieran otra costumbre privada en una acusación.
—Llegó un poco tarde.
Delaunay mostró el resguardo.
—¿Sabía que había depositado una maleta?
—No.