Capítulo 15 — Una viuda antes de tiempo #3
Querida Célestine: necesito que revises las órdenes y corrijas lo necesario antes de mañana. Confío en tu criterio. Hazlo como creas conveniente y no permitas que nadie te haga dudar. Cuando todo termine, sabré cómo agradecerte tu lealtad.
La escritura coincidía con las invitaciones de Saint-Roch. También con los hábitos disimulados bajo la firma de Louise Arnaud.
—Nunca daba una orden completa —dijo Célestine—. Dejaba una parte sin decir. Después, si algo salía mal, afirmaba que una había entendido lo que deseaba entender.
Delaunay guardó la carta en un sobre de evidencia con autorización de la mujer.
—¿Estaría dispuesta a declarar?
Célestine miró otra vez la fotografía de Léonie.
—¿Servirá?
—Demostrará un patrón de falsificación y manipulación.
—Eso no demuestra que matara a nadie.
—No —respondió Delacroix—. Demuestra cómo consigue que otros preparen el lugar donde después los abandona.
Célestine se levantó y abrió la puerta.
Antes de que salieran, tomó el recorte donde Léonie aparecía con la sortija.
—¿Era su marido?
—No —dijo Delaunay.
—¿Su prometido?
—Tampoco hay prueba de que llegara a serlo.
La mujer devolvió el periódico.
—Entonces ya era viuda antes de que él muriera.
El tren de regreso llegó a París pasada la medianoche.
Durante el trayecto, Delaunay leyó varias veces el expediente antiguo y la carta de Célestine. Las semejanzas no eran perfectas. En Rouen no había cadáver provocado por Léonie, solo dinero, documentos y una mujer débil que aceptó firmar lo que no comprendía. Pero el método permanecía.
Crear una identidad falsa.
Utilizar a alguien con acceso.
Hacer que esa persona ejecutara los actos visibles.
Guardar para sí misma las decisiones que daban sentido al conjunto.
Y cuando la investigación se acercaba, declarar que también había sido engañada.
—Bastien es Célestine —dijo el comisario.
—Con una diferencia.
—Él sabía que preparaba un delito.
—Sí. Célestine creyó corregir cuentas. Bastien retiró una protección sobre el vacío. Su culpa es real.
—Pero Léonie esperaba que las pruebas recayeran sobre él.
—Desde el principio.
—¿Incluso antes de la muerte?
—Compró el anillo sin contárselo. Le dejó manipular la compuerta, copiar la llave y aparecer en la fotografía. Cuando todo terminara, él tendría el motivo, la herramienta, la grasa y las mentiras.
Delaunay miró por la ventanilla. Las luces de los pueblos pasaban como líneas breves sobre el cristal oscuro.
—¿Y ella?
—Tendría una manga rasgada que demostraba que intentó salvar a Gabriel.
—Los guantes desaparecidos.
—El único objeto que podía mostrar que había tocado el cierre antes de la caída o manipulado la carga de magnesio.
—Bellac vio suficiente para amenazarla.
—Y murió.
Delaunay cerró el expediente.
—Puedo acusarla del fraude anterior, del actual, de falsificación, obstrucción y asesinato.
—Puede acusarla. Todavía debe conseguir que la historia se sostenga sin depender de Bastien.
—Tenemos a Solange.
—Una conversación oída en un hotel.
—Cécile.
—La compra del anillo.
—Clovis.
—La carga de magnesio.
—El cianuro en los terrones.
—Oportunidad y mecanismo.
—La fotografía.
—Muestra a Bastien, no el empujón.
El comisario dejó el expediente sobre el asiento.
—Siempre falta una cosa.
—Por eso seguimos investigando.
Cuando llegaron a la Prefectura, un agente los esperaba en el andén. Había un nuevo mensaje de Léonie dirigido a Delaunay.
No estaba mecanografiado.
La letra era la misma de las invitaciones.
Comisario: ahora que Bastien ha decidido mentir para salvarse, solicito permiso para visitar el apartamento de Gabriel y recoger efectos personales. No deseo que aquello que queda de nuestra vida sea entregado a extraños. Confío en que sabrá distinguir entre una investigación y una profanación.
Delaunay leyó la nota.
—Quiere entrar en el apartamento.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Gabriel escondió algo que todavía no hemos encontrado.
—Los originales estaban en el banco.
—No busca las cuentas.
—¿Entonces?
Delacroix miró la firma.
Léonie no había pedido recuperar ropa, documentos propios ni dinero. Había hablado de aquello que queda de nuestra vida. Una expresión suficientemente amplia para justificar cualquier objeto que decidiera llevarse.
—Busca lo que Gabriel escribió sobre ella —dijo—. No las cifras. La despedida.
—La carta a Madeleine ya está en evidencia.
—Gabriel era meticuloso. No terminaría una relación de años sin explicar sus razones.
Delaunay guardó la nota.
—No le permitiré entrar.
—Dígale que sí.
El comisario lo miró.
—¿Para tenderle una trampa?
—Para descubrir qué teme encontrar antes que nosotros.
Fuera de la estación, París permanecía iluminada a pesar de la hora. En algún quiosco nocturno todavía colgaba el retrato de Léonie con la sortija sobre el pecho, convertida por segunda vez en la mujer que había confiado demasiado.
No era esposa de Gabriel.
Probablemente tampoco habría llegado a ser su prometida.
Pero ya vestía su muerte, hablaba en nombre de su memoria y distribuía culpas como una viuda con autoridad sobre el cadáver.
Léonie Auber no esperaba a que los hombres murieran para empezar a heredarlos.
Primero se apropiaba de la historia.
Después dejaba que otro cargara con el crimen.