Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 15 — Una viuda antes de tiempo #2
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Capítulo 15 — Una viuda antes de tiempo #2

Todos eran de papel marfil, sin remitente. Las notas habían sido mecanografiadas, salvo una frase manuscrita al pie de la primera. Informaban sucesivamente de la propuesta de matrimonio, la compra realizada por una mujer, la detención de Bastien y el descubrimiento del hotel.

No entregaban datos completos. Cada una proporcionaba exactamente lo necesario para dirigir el relato hacia una nueva etapa.

La primera nota decía:

Gabriel Montfort llevaba un anillo y pensaba entregarlo aquella noche. Su amigo más cercano conocía el secreto. La mujer no sabía nada.

La segunda:

La joyería no demuestra que Léonie comprara la pieza. Bastien conocía su medida y podía utilizar a otra mujer.

La tercera:

La fotografía sitúa al mejor amigo junto al mecanismo. Pregunten qué sostenía.

La cuarta:

La habitación treinta y dos demuestra una obsesión prolongada. Ella quiso terminar la relación. Él habló de huir y no aceptó la negativa.

—Esto fue escrito por alguien que conoce la investigación —dijo Delaunay.

—O por alguien que conoce a los implicados —respondió Féraud.

Delacroix examinó los sobres.

El papel no llevaba marca visible, pero desprendía un olor tenue a violetas. Podía proceder de las manos de quien los había preparado o de un cajón donde Léonie guardaba su correspondencia.

—¿La criada que entregó la primera nota volvió? —preguntó.

—Dos veces.

—¿La reconocería?

—Sí.

—¿Marthe?

Delacroix colocó una fotografía de la criada del apartamento sobre la mesa.

Féraud la miró.

—Es ella.

Delaunay ordenó que la llevaran a la Prefectura.

Marthe llegó llorando antes de que nadie la acusara. Negó haber leído los mensajes y repitió que Léonie solo intentaba evitar que los periódicos inventaran atrocidades.

—Mademoiselle estaba destruida —dijo—. No podía salir y necesitaba que se supiera la verdad.

—¿Qué verdad? —preguntó Delaunay.

—Que monsieur Gabriel iba a pedirle matrimonio. Que monsieur Bastien sabía cosas que ocultaba.

—¿Ella redactó las notas?

—Sí, pero no hizo nada malo.

—La segunda intentaba culpar a Bastien de comprar el anillo.

—Mademoiselle dijo que la policía ya lo sospechaba.

—La tercera conocía la ampliación de Bellac.

Marthe bajó la cabeza.

—Mademoiselle oyó hablar a su abogado.

—Marot todavía no conocía el detalle de la mano.

—Entonces no lo sé.

—¿Cuándo le entregó esa nota?

—Ayer por la tarde.

Léonie había sido informada de que la fotografía mostraba a Bastien cerca del mecanismo, pero no de que se distinguiera el pasador. La frase pregunten qué sostenía revelaba que sabía más de lo que Delaunay le había dicho durante los interrogatorios.

—¿Quién llevaba las notas después de que usted dejó de salir? —preguntó Delacroix.

Marthe se secó las mejillas.

—Un muchacho de la calle. Mademoiselle le daba unas monedas.

—¿También envió una al estudio de Bellac?

La criada levantó la vista.

—No.

—Piénselo.

—Vi un sobre gris sobre la mesa, pero ella lo guardó en el bolso cuando salió.

La nota que prometía a Bellac el pago.

—¿Sabía que iría a verlo? —preguntó Delaunay.

—Dijo que necesitaba pedirle que no vendiera una fotografía cruel.

—¿Regresó con la misma ropa?

—Sí.

—¿Llevaba guantes?

Marthe tardó en responder.

—Al salir.

—¿Y al volver?

—No me fijé.

—¿Preparó café después de regresar?

La mujer pareció confundida.

—No. Mademoiselle no bebe café de noche.

—No le preguntamos si bebió.

Marthe comenzó a comprender que cada gesto que había considerado una ayuda podía ser una pieza del crimen.

—Mademoiselle Léonie no mató a nadie.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Delacroix.

—Porque es buena conmigo.

La respuesta fue tan sencilla que ninguno la contradijo.

Delacroix acercó las notas.

—¿Esta frase la oyó antes?

Marthe leyó en voz baja:

—“También yo fui engañada”.

—La pronunció hoy ante la prensa.

—Sí.

—¿Y antes?

—Durante la noche. Dijo que si Bastien había hecho aquello, nos había engañado a todos.

Delaunay guardó los sobres.

—Puede marcharse, pero no entregará más mensajes ni destruirá ningún papel del apartamento.

Marthe se puso de pie.

—¿Van a detenerla otra vez?

—Eso dependerá de lo que encontremos.

—Todo lo que encuentran lo convierten en algo terrible.

Delacroix la miró.

—A veces lo terrible ya estaba allí antes de que alguien lo encontrara.

La criada salió acompañada por un agente.

Poco después llegó un telegrama de Marescot.

La investigación sobre Louise Arnaud había producido una coincidencia en un expediente antiguo conservado en Rouen.

Siete años antes, una organización llamada Œuvre Sainte-Cécile había denunciado el desvío de fondos mediante facturas falsas emitidas por una proveedora inexistente.

La firma utilizada en varias cartas era Louise Arnaud.

Una auxiliar contable llamada Célestine Ravier había sido condenada.

Delacroix y Delaunay tomaron el tren de la tarde.

Rouen los recibió con lluvia, humo y una estación donde las personas parecían caminar más deprisa para escapar del frío. El expediente se conservaba en el archivo del tribunal, dentro de una caja que nadie había abierto en años.

La acusación contra Célestine Ravier había parecido sólida.

Trabajaba en la contabilidad de Sainte-Cécile. Tenía acceso a los libros, a los sellos y a las órdenes de pago. En la habitación donde vivía se encontraron cartas firmadas por Louise Arnaud, una llave duplicada del archivo y parte del dinero desaparecido.

Célestine confesó haber corregido cantidades y autorizado dos transferencias.

Negó haber creado la empresa falsa.

La directora social de la organización declaró que la joven llevaba meses comportándose de forma extraña, que había intentado ocultar documentos y que probablemente engañó a todos aprovechándose de la confianza depositada en ella.

La directora social se llamaba Léonie Béraud.

—Béraud —dijo Delaunay—. No Auber.

El archivero buscó una ficha civil.

Léonie Béraud había nacido en Limoges. Su madre se apellidaba Auber. Pocos meses después del proceso, abandonó Rouen y empezó a utilizar legalmente el apellido materno. No era una identidad falsa, pero permitía que cualquier búsqueda superficial perdiera el vínculo con el escándalo.

Delacroix examinó la declaración.

Una frase aparecía subrayada por el juez:

Mademoiselle Ravier nos engañó a todos. Yo fui quizá la última en comprenderlo porque la consideraba una amiga.

Delaunay dejó junto a ella la nota enviada a Féraud.

También yo fui engañada.

—No cambia de historia —dijo.

—No lo necesita. Le ha funcionado antes.

Célestine Ravier había cumplido catorce meses de prisión. Después desapareció de los registros de Rouen. El archivero encontró una dirección más reciente en París, facilitada años atrás para recibir la devolución de unos documentos.

Vivía en Belleville y trabajaba reparando encuadernaciones para una imprenta.

Regresaron esa misma noche.

El taller ocupaba la planta baja de una casa estrecha. Célestine tenía treinta y pocos años, aunque el cansancio endurecía su rostro. Sus manos estaban manchadas de cola y tinta. Cuando Delacroix colocó la fotografía de Léonie sobre la mesa, la mujer no preguntó por qué habían ido.

—Tardaron bastante —dijo.

Delaunay se quitó el sombrero.

—¿Sabía que volvería a ocurrir?

—Sabía que ella volvería a necesitar a alguien.

—¿Para qué?

—Para poner su firma donde Léonie no quería poner la suya.

Célestine les permitió entrar en una habitación trasera. Sobre una estufa había una tetera y varias herramientas de encuadernación. No ofreció asiento hasta haber cerrado la puerta con llave.

—Yo no robé aquel dinero —dijo—. Corregí libros porque Léonie me aseguró que eran errores. Firmé dos órdenes porque la directora estaba enferma y ella dijo que tenía autorización. Después encontraron las cartas en mi habitación.

—¿Cómo llegaron allí? —preguntó Delaunay.

—Léonie tenía llave.

—¿Se la dio?

—Creía que éramos amigas.

La frase no contenía amargura. Parecía haber sido repetida demasiadas veces para conservarla.

—¿Utilizaba ya el nombre Louise Arnaud? —preguntó Delacroix.

—Lo utilizaba para las facturas. Yo no lo supe hasta el juicio.

—¿Cómo obtuvo la identidad?

—Léonie trabajó un tiempo con archivos parroquiales. Buscaba nombres de niñas muertas que hubieran nacido el mismo año que nosotras. Decía que servían para completar listas de beneficiarias.

Delaunay tomó nota.

—¿Conoció a Bastien Cormier?

—No.

—¿Gabriel Montfort?

—Tampoco.

Delacroix colocó los recortes de prensa sobre la mesa.

Célestine observó el dibujo de Léonie con el anillo colgado del cuello.

—Otra vez de luto.

—¿Otra vez?

La mujer levantó la vista.

—Durante mi juicio, el presidente de Sainte-Cécile murió de un ataque. Léonie apareció en el funeral vestida como una viuda, aunque nunca había tenido relación con él. Dijo que la organización era su familia y que había perdido al hombre que más había confiado en ella.

—¿Había intervenido él en el fraude?

—Había firmado sin leer. Como todos.

—¿Léonie mantenía una relación con él?

—No que yo supiera. Pero sabía que el luto impedía que la gente hiciera preguntas desagradables.

Delaunay señaló la declaración antigua.

—Usted fue condenada porque las pruebas aparecieron en su habitación.

—Y porque confesé haber firmado.

—¿Por qué lo hizo?

Célestine miró sus manos.

—Léonie vino a verme antes del interrogatorio. Dijo que si admitía las correcciones, el asunto se resolvería como negligencia y las dos conservaríamos el trabajo. Me prometió que explicaría que yo había actuado por orden.

—Después declaró que la engañó.

—Sí.

—¿Por qué confió?

La mujer sonrió sin alegría.

—Porque cuando Léonie pedía algo, conseguía que pareciera una oportunidad para demostrarle que una era digna de su amistad.

Delacroix pensó en Bastien retirando el pasador, convencido de que preparaba una caída no mortal, una amenaza o la última prueba de amor necesaria para huir juntos.

—¿Conserva alguna carta suya? —preguntó.

Célestine abrió un cajón y sacó un sobre gastado.

Dentro había una nota breve escrita por Léonie pocos días antes de que el fraude fuera descubierto.